Aquello de lo que ya nadie se acuerda
Imagen: Javier Robles - VAVEL

Ya nadie se acuerda del último gol porque ya pasó, queda tan lejano el primero que parece que nunca existió. Como de una época desaparecida la portada de un diario, una crónica fantasma, una foto sepia y un titular de un tiempo borrado. Qué jodido es el tiempo que desmenuza los detalles ya olvidados, qué largo parece el fugaz verano, porque aunque con Mundial de por medio el balón hace creer al mundo que no sigue rodando. Y todo es nuevo, atrás queda lo perdido y lo ganado, la amnesia temporal del volar de los años.

Pese a ello quizás no todo esté perdido, pues afortunadamente aún quedan reductos de memoria en el desván de la memoria de los aficionados, que vinculan jugadores, jugadas, equipos, goles, victorias e incluso derrotas, a momentos personales, vivenciales, que les permitieron afrontarlos de una manera especial, como aprendizaje para poder sobrellevarlos. Y en este fútbol que viene, que ilusiona y a su vez produce vértigo, uno de los más grandes valores que existen son precisamente esos momentos que dejaron huella en la arena mojada de un tiempo que se lleva la marea, pero les marcaron. Aquella estantería de la memoria del aficionado en la que guarda aquello de lo que ya nadie se acuerda. De lo olvidado, porque el olvido es la firma de la memoria del recuerdo, pues de esa experiencia se nutre y construye aquello que queda por vivir y venir. Evidentemente la ilusión se fabrica sobre la línea del horizonte de los próximos días, pero se genera sobre la orilla de lo vivido, lo olvidado.

En la Liga además del enorme vacío que deja Iniesta con su fútbol hecho brisa y se llevó el viento del tiempo al Oriente lejano, fundamentalmente se pierde la colosal pelea mediática y futbolística de Messi y Ronaldo. Todo ha cambiado y Cronos devoró el pulso más grande mantenido en el tiempo en la historia de la competición española, que sin duda acusará el golpe. Sencillamente porque en Madrid hay vértigo ante un nuevo tiempo incierto, también porque en Barcelona saben que ambas estrellas se retroalimentaron con desafíos enormes, difícilmente antes contemplados.

No es menos cierto que los jugadores vienen y van, pero los colores quedan, quedan muy por encima de ellos, pues se fueron tantos y tan grandes, que sería absurdo enumerarlos porque en esencia lo importante es lo que queda, la entidad, el equipo, esa historia de la que ya nadie se acuerda. Aun así el desafío de lo que está por venir es de proporciones tremendas, pues difícilmente se podrá ver en un mismo torneo semejante duelo, a tal altura de profesionalidad, ambición y talento.

El Real tendrá que aprender a vivir sin un futbolista con una transcendencia similar a la que tuvo Di Stéfano en su época -si sobrevivió a ello lo volverá a hacer ahora- y el conjunto azulgrana tendrá que tomar nota de esa tremenda ausencia como una sonda, una probeta de ensayo de lo que podría ser un Barça sin la más grande estrella de su historia. Sobrevivirá también el Barça, que debe apurar hasta el último instante de la carrera del diez y sobrevivirá el fútbol. También la Liga, pero no lo olviden porque aunque quedan incesantes momentos mágicos por vivir y dolorosas derrotas por vivir -esto es deporte-, harán bien en dejar en uno de los huecos privilegiados la estantería de la memoria/olvido, aquello de lo que ya nadie se acuerda.

Eso es el fútbol, la rueda de la vida, aquello que acaba, ese tiempo que no vuelve pero alimenta la ilusión de todo lo que comienza. Eso es lo que consiguieron en España y el mundo del fútbol, Messi y Ronaldo, a los que ahora además del tiempo les desafía la distancia, la de los últimos retos...

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