Diego Armando Maradona
Diego Armando Maradona

Football Player

Soccer

Diego Armando Maradona

1960 Lanús, Buenos Aires


Diego Armando Maradona es un exfutbolista y actualmente entrenador argentino del equipo méxicano Dorados de Sinaloa de la Liga de Ascenso MX. 

Nació el 30 de octubre del año 1960 en la ciudad Lanús de la provincia de Buenos Aires en Argentina. Es considerado por los expertos en la historia del fútbol como el mejor jugador de la historia.

Predestinado

Maradona solía comentar que había nacido en un “barrio privado. Privado de agua, privado de luz, privado de teléfono”. La ironía con la que recordaba su infancia enmascaraba su dureza. Villa Fiorito era un arrabal de Buenos Aires, donde crecer era complicado y convertirse en un triunfador, una utopía.

"Nací en un barrio privado: privado de agua, privado de luz, privado de teléfono..."

Pero el pequeño Diego era distinto. “Un milagro”, en palabras de Francisco Cornejo, su primer entrenador, el que le fichó para Los Cebollitas cuando apenas tenía diez años. Su aspecto débil, su baja estatura y su mirada perdida dejaron de ser impedimentos cuando aquel pequeño acarició la pelota. Eso hacía Maradona. Eso hizo toda su carrera. Acariciar la pelota. Una relación de afecto cultivada desde la más tierna infancia, ya fuera esférica, o un trozo de trapo moldeado entre la chatarra, o cualquiera de las naranjas con las que daba toques sin que se rompieran. Dulzura. Aquel equipo se convertiría en una apisonadora infantil acumulando 136 partidos invicto. Dieguito era el artista en toda su extensión. El crío amenizaba los descansos de los partidos de Argentinos Juniors con sus malabarismos y su pericia era tal que se comentaba en las crónicas de los diarios. Aquel pequeño fenómeno también conoció la amargura del fútbol cuando Los Cebollitas cayeron en semifinales del torneo nacional de categorías inferiores. Lloraba desconsoladamente cuando un compañero se le acercó y secándole las lágrimas le dijo: “No llores Diego. Algún día vos serás el mejor diez del mundo”. El destino.

“No. Como mi hermano no. Mi hermano es un marciano, no se puede discutir”. De esta manera respondía Huguito, el más pequeño de los hermanitos de Diego, cuando le preguntaban si quería ser futbolista y si le gustaría ser como él. En aquel reportaje, un adolescente Maradona contaba que su sueño era “jugar un Mundial con Argentina y ganarlo”. A los 15 años, el de Fiorito ya era relativamente conocido en el país y más después de debutar en Primera con Argentinos Juniors. Su progresión era meteórica.

Menotti: piedras en el camino

Maradona vivió en primera persona una de las grandes dualidades históricas del fútbol argentino. Menotti y Bilardo. Bilardo y Menotti. Dos campeones del mundo y dos formas de entender el juego. El Flaco le dio la posibilidad de debutar con solo 16 años. Sus capacidades ya eran una realidad cada domingo cuando se ponía la camiseta roja de Argentinos Juniors. Diego estaba a punto de seguir los pasos de Pelé y jugar un Mundial con 17 años, pero el técnico no le incluyó en la lista que salió campeona en el 78. Aquello le dolió a Diego, pero sobre todo le motivó.

“Eres un tonel regordete: nunca podrás hacerme un gol”, Hugo Gatti a Maradona, antes de que le metiera cuatro 

Durante varias ocasiones en su carrera, Maradona demostró que cuando aunaba determinación y convencimiento a su colosal talento, sencillamente hacía posible lo imposible. Pasó en el 86, pasó en Nápoles y pasó en un Boca - Argentinos Juniors. El día anterior, el portero xeneize, el mítico Hugo Gatti se despachó a gusto: “Eres un tonel regordete: nunca podrás hacerme un gol”. Sobre el césped, la rabia de Diego se convirtió en magia. Una magia que ajustició al portero que parecía haberse ganado a pulso el sobrenombre de el Loco. Cuatro goles le metió el tonel regordete. Maradona tenía 20 años.

Pero antes de aquello, tras ser descartado para el Mundial del 78, el Pelusa se conjuró para no volver a sufrir un sinsabor así nunca más. Al año siguiente comenzó un trienio en el que fue pichichi en la liga argentina. Menotti sí le llamó para el Mundial Juvenil de Japón, en el verano de aquel año 79 que muchos consideran el inicio de un crecimiento irremisible, año a año. Hasta el cielo. Su superioridad fue insultante. Llevó a su equipo a ganar el campeonato y el trofeo de mejor jugador se lo adjudicó de calle.

El Flaco había aprendido la lección. Aquel crío era un fenómeno irrenunciable, al que nunca más dejaría fuera de la Albiceleste. El Mundial de España esperaba y Argentina defendía el título. Pero la falta de entendimiento entre Menotti y Maradona continuó en el 82. El entrenador colocó a Diego como delantero, pensando que la capacidad goleadora exhibida en la Liga sería mejor aprovechada como punta de lanza. La decisión contra natura la completaba la posición del Matador Kempes, en el centro del campo. Ni Argentina ni Maradona pudieron brillar y fueron eliminados a manos del Super Brasil del 82. La frustración de Diego por no tocar la pelota todo lo que querría se tradujo en una autoexpulsión en el choque contra la Canarinha. Una espina clavada que tardaría cuatro años en sacarse.

Entre el amor y el odio

Después del Mundial español, un Maradona que ya había ganado la Liga con Boca Juniors y puesto de acuerdo a todos en que era el mejor jugador argentino, fichó por el FC Barcelona por la desorbitada cifra de 1.200 millones de pesetas de la época. Pero las cosas en la ciudad condal nunca terminaron de arrancar. Al poco de llegar una hepatitis le dejó fuera de combate tres meses y a su vuelta el equipo culé no pudo pasar de la cuarta plaza. Por el camino tuvo tiempo de firmar una obra de arte en el Bernabéu que le sirvió para ser aplaudido por la afición del eterno rival. Juan José golpeado contra el palo, daño colateral de su magia.

“No importa nada que naciera en Argentina, Maradona es napolitano”, Luciano de Crescenzo

El prodigioso talento de Maradona empezaba a escocer entre los rivales. En la liga española comenzaron los marcajes violentos e inhumanos a los que fue sometido durante toda su carrera. Violencia física y verbal. La palabra sudaca era una constante en los oídos del genio. Fue Goikoetxea el que ejemplificó esta nueva realidad, con una entrada escalofriante que pudo haber retirado para siempre al diez del fútbol. Las patadas fuera de lugar eran algo demasiado habitual, inconcebible en el fútbol moderno. Si a Messi le dieran la mitad de las patadas que le daban a Maradona, incluso la mitad de fuertes, ningún equipo acabaría con once.

Diego no estaba a gusto y en el Barça querían más. Aquella relación acabó prematuramente, en el segundo año y el Pelusa embarcó rumbo a Nápoles, hacia un equipo que se había salvado del descenso por un solo punto. Hacia el amor incondicional. Hacia el altar.

“Maradona non si discute, si ama”. La frase originaria hablaba de la ciudad de Nápoles, pero la llegada del mesías celeste la adaptó rápidamente. Fue un flechazo. Un amor apasionado, recíproco, único. Diego despertó la locura entre los napolitanos, que veían en su dios el único capaz de llevar a su modesto equipo a tocar metal.

“No importa nada que naciera en Argentina, Maradona es napolitano”. Así resumí el escritor Luciano de Crescenzo la relación de Diego con Nápoles. Pura pasión. Su desorbitado talento hizo posible lo imposible (una vez más) y llevó a un equipo modesto a ganar dos Scudettos y una UEFA. Inigualable.

Dudas, dudas y más dudas

De sobra son conocidas las críticas que Messi sufrió en Argentina por no estar a su nivel con la selección. No es de extrañar, cuando en su momento también criticaron por lo mismo a Maradona. Los meses previos al Mundial del 86 trajeron un reguero de tinta en los medios argentinos poniendo en duda las capacidades de Diego para ser factor diferencial de su selección. Una lesión de rodilla puso en jaque su participación en el torneo y, a pesar de que muchos le acusaron de quererse borrar, el Pelusa se sometió a varias extracciones de líquido sinovial de su articulación. Diego quería estar. Diego iba a estar.

"Maradona ya no es el de antes", Menotti antes del Mundial 86

Pero las críticas no solo llegaban desde la prensa. César Luis Menotti volvía a aparecer en la escena, para decir abiertamente que creía que el declive del diez había comenzado: “Maradona ya no es el de antes”. Profético el Flaco. En una entrevista a un diario alemán, el exseleccionador argentino avivó la llama de la polémica sobre Diego, acusándole de ser mal profesional, de haber perdido la ilusión por jugar y de estar en el principio del fin. Con 25 años. El paralelismo con Messi es brutal.

Pero si alguien no dudaba de Maradona era Bilardo. El Narigón se empeñó no solo en llevarle a México y convertirle en su jugador franquicia, sino que además le dio el brazalete soñando con que Diego levantase la Copa del Mundo. Seguramente en sus sueños no entraba todo lo que ocurrió en el torneo. Y desde luego tampoco en los de la prensa y afición. El empeño del seleccionador le trajo numerosos editoriales criticándole a él y por supuesto a Maradona, al que consideraban incapaz de tirar del carro de la Albiceleste.

Maradona y diez más

En medio de un ambiente enrarecido, con el seleccionador y el capitán en entredicho, arrancó Argentina en México 86. Aquel equipo no era ninguna maravilla. De hecho, en la cabeza de pocos estaba que superase los octavos o los cuartos de final. Pero aquellos jugadores del montón tenían una idea clara. Tenían fe. Fe en Maradona. Nunca un sistema de juego fue tan sencillo. Todos a trabajar y a dársela a Diego para que invente. Luego, Dios proveerá. Nunca mejor dicho.

Argentina empezó contra Corea del Sur y pronto se vio que su juego carecía de ritmo y de recursos para llegar lejos en un Mundial. Un equipo tan flojo como asiático puso en dificultades a la Albiceleste que se encomendó a la magia de su capitán. Sin embargo, los problemas físicos de Maradona, agravados por un festival de patadas y acciones antideportivas de los coreanos, no dejaron al Pibe de Oro mostrar todo lo que tenía preparado para las rondas finales. No obstante, Diego dejó un esbozo de lo que era capaz: tres asistencias en los tres tantos argentinos que pusieron el 3-1 final y la primera victoria en el bolsillo.

El siguiente rival en el grupo era la campeona del mundo de la época. Italia partía como clara favorita, pero su empate inicial con Bulgaria había puesto en la picota a la Azzurri. No obstante, el gen competitivo italiano aparecía en los grandes momentos. Igual que Gentile logró anular a Maradona en España 82 con un marcaje al borde de la legalidad, la defensa transalpina confiaba en volverlo a lograr, con Bagni y Bergomi pendientes del genio.

El partido se puso de cara pronto para los azules que se adelantaron transformando un penalti. Escenario perfecto: ventaja en el marcador y a defender. Fue entonces cuando Maradona apareció de verdad en el Mundial 86. Movilidad y personalidad. Diego quería todos los balones. Iba, venía, tocaba de primeras, mandaba. El hombre-equipo del Nápoles había aparecido. La principal virtud de Diego, hacer mejores a sus compañeros. Estaba ahí y Argentina ya no parecía una selección del montón. Esa fue la constante en todo el torneo.

Maradona logró el primero de sus cinco tantos contra Italia, el que significó la igualada. Movimiento de ruptura al espacio y toque sutil para definir. El punto parecía valer a los dos y el resultado no se movió. En la última jornada, Argentina derrotó a Bulgaria 2-0 con una nueva asistencia de Diego.

Derbi rioplatense: empieza el festival

Si en la prensa argentina quedaba alguna duda de que Maradona era el mejor jugador del mundo, se disipó después de su portentosa actuación en octavos de final contra Uruguay. Un partido de alta tensión, entre dos enemigos de siempre. Aunque la Albiceleste llegaba como favorita, cualquier cosa podía pasar con un Uruguay que contaba con el gran Enzo Francescoli.

“Cuando Maradona funciona, funcionamos todos”, Pasculli

“Cuando Maradona funciona, funcionamos todos”. Así de tajante fue Pasculli, autor del único tanto en la victoria contra Uruguay que además añadió: “Posiblemente haya sido el mejor partido de Maradona con Argentina, pero no será mejor que el próximo”. Sus compañeros lo tenían claro. Diego era el faro, era la luz que les guiaba. Y ante Uruguay su exhibición fue increíble. Apareciendo por todo el campo, de un lado al otro, acertando en las decisiones. Jugando fácil cuando requería y acelerando para desequilibrar. Dos prodigiosas acciones suyas terminaron en asistencias que Valdano y el propio Pasculli no pusieron aprovechar. Una falta contra el larguero, su mejor ocasión. La precisión de cirujano de su pie izquierdo seguía asombrando. Parecía de otra galaxia.

La incertidumbre había desaparecido. Maradona era el hombre. La prensa argentina no escatimó en elogios para el diez, al que por fin le pusieron al mismo nivel que lo veía el resto del planeta: el mejor jugador del mundo.

“Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?”

La procedencia interplanetaria de Maradona fue cuestionada en cuartos de final por Víctor Hugo Morales, narrador argentino que contó como nadie el mejor gol de la historia. Pero todavía no es el momento.

Argentina alcanzó la antepenúltima ronda y en ella se encontró a Inglaterra. Excusa perfecta para alimentar el orgullo patrio y la necesidad de ganar por la felicidad de un país. Era la primera vez que Maradona se veía en esa tesitura tan usada por el poder, que le puso como salvador de la patria para darle la espalda ocho años después en USA 94.

Tan solo habían pasado cuatro años desde la guerra de las Malvinas y el partido tomó tintes dramáticos de venganza nacional, a pesar de que aquellos chicos solo eran futbolistas. El círculo del odio siguió girando y el partido se convirtió en un sinsentido. Hooligans y Barras Bravas estaban de lleno dentro de esa espiral, con imágenes lamentables de quema de banderas rivales antes del choque. Afortunadamente la sensatez caló en ambas selecciones. Las dos estrellas tenían claro que aquello solo era fútbol y se negaron a avivar la llama encendida por la prensa sensacionalista. Lineker, pichichi del torneo, fue tajante: “Soy futbolista, no político”, declaró desentendiéndose de la polémica. Pero más claro fue Maradona, que apeló al sentido común antes del partido: “No saldremos al campo con armas. Vinimos aquí a jugar al fútbol, y eso es lo que haremos. Esto es un Mundial deportivo, no una batalla”.

En lo deportivo las cosas estaban claras. Inglaterra tenía un equipazo realmente sólido y Argentina, aunque tenía a un Maradona que había deslumbrado, solo se había encontrado con un rival de entidad: Italia, con la que empató. Había incertidumbre de cómo podía responder la Albiceleste ante una superpotencia y en una ronda final. Los jugadores sabían que era el partido. Maradona sabía que era el partido.

“De cualquiera de los dieciséis equipos que llegó a octavos, el que tuviera a Maradona sería campeón del mundo”. Así de sencillo lo vio Emilio Butragueño, que no destaca precisamente por ser una persona impulsiva y visceral. Así es. Se acostumbra a decir que Maradona ganó “él solo” el Mundial de México. Diego subió un escalón. De gambeteador incansable, de factor diferencial, de jugador desequilibrante, subió al estatus de futbolista total. Lo hacía todo y lo hacía bien.

La tensión se palpaba en el Azteca. El miedo a equivocarse dominó toda la primera parte, en la que el centrocampismo estuvo muy presente. Pocas ocasiones. Los argentinos estaban preocupados por el bloque inglés y los ingleses estaban obsesionados con Maradona, al que no dejaban respirar ni a sol ni a sombra. A pesar de todo, el escurridizo genio siempre acababa creando distensión. Su catálogo de recursos técnicos, ilimitado, siempre dejaba algún detalle. Una falta directa a escasos centímetros de la portería inglesa fue su ocasión más clara.

“De cualquiera de los equipos que llegó a octavos, el que tuviera a Maradona sería campeón”, Butragueño

En la segunda parte llegó lo que todo el mundo conoce. Dos goles de Maradona con apenas cuatro minutos de diferencia. Antagónicos. El primero, con la mano, amagando un remate de cabeza ante la salida de Shilton, que enfureció a los ingleses. Durante muchos años, Diego negó haber marcado con la mano, alegando que en tal caso sería la "mano de Dios". Ante esa afrenta al fair play de la que hablaban jugadores y periodistas británicos, Maradona decidió zanjar el asunto haciendo el mejor gol de la historia. Arrancando desde su campo, dejando en el camino a media Inglaterra, incluido el portero, en una cabalgada prodigiosa con la pelota siempre pegada a su pie izquierdo. Diego tocaba el cielo, mientras el narrador Víctor Hugo Morales lloraba impresionado por lo que había visto. Era real, Maradona había dejado tirados en el suelo a Reid, Beardsley, Butcher, Fenwick, Stevens y Shilton. El Azteca se venía abajo. Era real, Maradona era el mejor.

Hasta la gloria

A pesar de que Lineker puso la intranquilidad en los minutos finales, Argentina aguantó y pasó a semifinales, donde esperaba la gran revelación: Bélgica. Los diablos rojos habían cuajado un gran Mundial, con su fútbol rápido y vigoroso. Pero ya no había quien frenase a Maradona. Iba sin cadena. En una nueva exhibición volvió a destrozar a su rival. Dos goles para un 2-0 que ponía a Argentina en la final. El primero, con un fantástico movimiento al espacio y una precisa definición. El segundo, de los que la historia dio en llamar maradonianos. Arrancando desde la línea de tres cuartos, con la pelota pegada, librando a todo el que le salía al paso y marcando en el último momento cuando parecía que iba a caer. Diego ya no era simplemente el mejor jugador del mundo. Sus exhibiciones eran el broche de oro a una trayectoria espectacular. Y solo tenía 25 años.

“Si Maradona hubiera jugado en Bélgica, habríamos ganado 2-0. Esa es la diferencia”. “Si yo tuviera a Maradona en mi equipo, seríamos finalistas”. Tanto el defensor belga Gerets como su seleccionador Guy Thys coincidieron en sus análisis tras la semifinal. Todo era demasiado sencillo con Diego. No hay tácticas, ni planteamiento, ni situaciones que no pudiera superar. En el 86, Maradona era la diferencia. Tenerlo o no tenerlo marcaba la victoria o la derrota.

Y llegó la final. Y “Alemania siempre es Alemania”. Y dicen que fue el peor partido de Maradona en su Mundial. Dio igual. Diego siempre estaba y en el partido definitivo también estuvo, aunque desempeñando un papel distinto. El seleccionador Beckenbauer tenía claro que dejar fuera de combate al diez argentino era un billete directo hacia la Copa. Por ello no tuvo reparos en sacrificar a una estrella como Mathäus para atar en corto al Pelusa los 90 minutos. Un marcaje pegajoso, insistente, tenaz y muy agresivo. La de Gentile en el 82.  Pero Diego ya no era el chico de hacía cuatro años. Su madurez y su inteligencia táctica fueron clave para desnivelar la balanza para Argentina.

"Si yo tuviera a Maradona en mi equipo, seríamos finalistas", Guy Thys

No solo Matthäus. Todo el centro del campo germano estaba obsesionado con anular a Maradona. Esta situación fue magníficamente interpretada por el de Fiorito, que retrasó su posición muchos metros, hasta campo propio, para dejar espacios a sus compañeros en ataque. De esta situación se aprovecharon Brown y Valdano que pusieron el 2-0 en el marcador, un resultado que ponía la Copa al alcance de los dedos argentinos.

Pero la inercia cambió. Alemania se fue con todo al ataque. Alemania fue Alemania. De esta forma, primero Rumennigge y después Vöeller igualaron el partido. Los germanos iban lanzados a culminar la remontada. Quizá por ello se olvidaron de su obsesión: maniatar al pequeño genio bonaerense. Y después de maravillar al planeta entero durante un mes, parecía lógico que en la final, con el partido empatado y todo por decidirse, apareciese Maradona, ¿no?

Poco a poco creció más en el partido, con más balón, más próximo al área rival, y en un instante de magia, con un toque de su bisturí dejó solo a Burruchaga ante Schumacher. El argentino no perdonó. 3-2. Campeones del Mundo.

Directo al Olimpo

Sueño cumplido. Jugar un Mundial con Argentina, y ganarlo. Lo había logrado. Muy por encima de cualquier expectativa, de cualquier predicción optimista. Maradona había ganado el Mundial prácticamente solo. Maradona había logrado convertir a unos futbolistas del montón en guerreros campeones. Maradona había trascendido a su categoría. Estaba en el cielo.

No importaba que su carrera acabase aquel 29 de junio del 86. Ya era un mito. Sin embargo todavía tenía que trasladar su magia a Nápoles para hacerle campeón del Calcio al año siguiente. 40.000 solicitudes de abono registró el club napolitano después del Mundial del 86. Con la selección, Diego fue subcampeón en Italia y apartado de USA 94 por la FIFA, en un caso de dopaje que nunca se esclareció del todo y ante el que los poderosos que antes le ensalzaron, le dejaron solo y abandonado.

“No llores Diego. Algún día vos serás el mejor diez del mundo”, predicción de un compañero con 10 años

Con todo y a pesar de todo, Maradona es ya un icono en el imaginario del mundo del fútbol. Blanco de amores, de pasiones desenfrenadas, de palabras llenas de admiración de grandes jugadores. También de odios, por su vida fuera de los campos y por su persistente negación a ponerse del lado del poder. Pero Diego nunca fue de los despachos. Diego siempre fue de la gente, de la pelota, aquella que defendía entre lágrimas el día de su despedida: “Aunque yo haya hecho cosas malas, no lo tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué. La pelota no se mancha”. Aquel Mundial del 86 fue el clímax, el summun de su magia en una carrera inolvidable, repleta de heroicidades de pequeños contra poderosos. La historia de un sueño hecho realidad. La historia de hacer posible lo imposible. La historia del mejor jugador de todos los tiempos.

Oh mamma mamma mamma 
oh mamma mamma mamma 
sai perche' mi batte il corazon? 
Ho visto Maradona 
Ho visto Maradona 
eh, mamma', innamorato son.