Serial Real Madrid - F.C Barcelona en Copa: 1953/54 - Ida y vuelta antagónicos sin Di Stéfano ni Kubala
La década de los 50 sería el inicio de una época dorada para el Real Madrid

En 1953 el Real Madrid se hacía con uno de los nombres propios en los que algunos años más adelante se sustentaría el inicio de su leyenda. Tras una ardua 'batalla' con el F.C Barcelona, Alfredo Di Stefano recalaba en las filas del club de Chamartín, procedente de Millonarios. No obstante ni el estelar fichaje del conjunto blanco ni la gran estrella del barcelonista, Ladislao Kubala, estarían presentes en ninguno de los dos partidos de Semifinales que enfrentaron a los dos grandes y que a la postre darían el acceso a la final a un Barcelona que acabaría sucumbiendo ante el Valencia en la capital española.

El 6 de junio de 1954, Alonso, Navarro, G. Alonso, Muñoz, Zárraga, Atienza, Mateos, Molowny, Joseito y Gento, por parte del Real Madrid, se verían las caras con Velasco, Seguer, Biosca, Segarra, Flotats, Bosch, Basora, Suárez, César, Moreno y Manchón, por el F.C Barcelona. Pese al calibre del partido y al soleado firmamento, las gradas de Chamartín presentaban algunos claros, cuyos ausentes parecían vaticinar lo que estaba por verse... o lo que no. En un partido caracterizado por la lentitud, la falta de ritmo y el juego anodino de uno y otro equipo, lo único destacable sería, prácticamente el gol madridista.
Arrancaron los culés, para colmo de males en feudo 'merengue', exponiendo su superioridad sobre el terreno de juego. El trío en defensa azulgrana se bastaba y se sobraba para cubrir las llegadas con escasa profundidad de la delantera local. En la media culé, además, un soberbio Flotats lograba cubrir una extensa zona de campo asistiendo de forma brillante a su defensa. La delantera, algo más espesa acusaba una falta de decisión y empuje, que les hacía abusar de los pases, sin poder contar en demasía con sus interiores, que habían retrasado inexplicablemente su posición. No obstante el Real Madrid parecía reacio a aprovechar el factor campo y su ausencia de ambición trató de aprovecharla, finalmente, el Barcelona, que fue incrementando de forma paulatina la osadía de su juego. Pronto empezaron a llega las ocasiones visitantes, y tal fue el desequilibrio que se generó que a la conclusión del choque la diferencia de corners era de 2 a 7, favorable al conjunto azulgrana. De igual manera y a modo de dato indicativo, Alonso (guardameta madridista)acabaría convirtiéndose en el mejor jugador de los suyos, asistido, eso sí, por una buena defensa, que suficiente tuvo con detener las embestidas del Barcelona.
En medio de este clima enrarecido para los locales se llegaría al descanso sin que ninguno de los dos hubiera logrado avanzarse en el marcador,algo que se prolongaría durante prácticamente toda el segundo tiempo. No varió la dinámica del choque, sino a peor para el Real Madrid. Luis Molowny, que se había lesionado en la primera mitad, lo acusaría de forma más acentuada en el segundo tiempo. El Barcelona continuaría aumentando su dominio y las sensaciones serían cada vez menos alentadoras para el conjunto blanco. Pese a todo-cosas del fútbol-cuando los madridistas daban ya por bueno el empate y los barcelonistas se resignaban a aceptar que aquella no era su tarde de suerte, sucedió lo inesperado. A falta de sólo 3 minutos para la conclusión de un choque que no pasaría, precisamente a los anales del fútbol, Mateos le enviaba un buen balón a Gento, que se la devolvió al interior madridista. Con gran habilidad y destreza, este se escurriría entre la defensa azulgrana para lanzar un disparo cruzado que haría inútil la salida de Velasco.
En el último respiro del encuentro, los blancos se vieron con una recompensa que en ningún momento hubieran podido imaginar, mientras los barcelonistas se llevaban un jarro de agua fría,cuya sensación desapareció al cruzar el túnel de vestuarios a la finalización del partido.
Tal había sido su sensación de superioridad que en ningún momento dudaron de ser capaces en darle la vuelta a la eliminatoria en Les Corts; por el contrario el ambiente en el vestuario blanco mostraba la contención de un trabajo inacabado y el recelo ante los acontecimientos que depararían una vuelta en absoluto sencilla.
Contundencia, susto y confirmación en Les Corts
Todo lo que una semana antes había faltado en prácticamente 90 minutos de partido en Chamartín, rebosó en los 15 minutos iniciales del choque de vuelta; intensidad, buen fútbol, actitud y ambición. El Barcelona trató de prolongar la inercia positiva de sus mejores minutos en Madrid, sabedor de que en aquella ocasión el tiempo era un factor en contra. Y su lucha, así como lo 25 minutos de oro que lo azulgrana regalaron a su afición, vieron recompensa a tan sólo 9 del pitido inicial. Flotats, que había desarrollado un partido soberbio en la ida, mandó un pase en profundidad a Suárez para que este disparase un balón que acabaría rebotando en la parte interior del travesaño y que cazaría, en última instancia, un hábil César para rematar de cabeza, transformado así el 1-0. 3 minutos más tarde llegaría el tanto que haría presagiar una goleada culé. En esta ocasión sería Seguer y lo haría mediante el saque de una falta que Moreno recogería para enviar un pase en lateral y fusilar, previo intento de robo de Oliva, al guardameta madridista. 2-0 y la sensaciones que habían despertado en Chamartín, se confirmaban en Barcelona.
Barcelona - Real Madrid (1954)
Pero precisamente emulando percepciones de la ida, un nuevo jarro de agua fría sacudió a los locales cuando transcurridos 25 minutos del primer tiempo, Gabriel Alonso sacaría una falta demasiado alta y el nulo de entendimiento entre Velasco, que no midió bien el salto con el puño y Biosca, que le estorbó, acabó propiciando que Perez Payà rematase de cabeza aún estando de espaldas a la portería; una jugada casual y de fatales consecuencias para el Barcelona, que veía como los blancos recortaban distancias y daban un vuelco a la eliminatoria. A partir de ese momento el juego de los locales se desinfló. Incluso Suárez, que hasta ese momento había parecido empecinado en hacer olvidar a Kubala, cejó en el fútbol sublime que había brindado a su afición. La batalla en el mediocampo se igualó e inexplicablemente el Madrid decidió no aprovechar la circunstancia para tratar de asestar a su rival el zarpazo final. Tras un atisbo de mejoría en su juego, que logró hacerles dueños del partido por unos minutos, los blancos recularon, acusando, notablemente la ausencia de su gran estrella, Alfredo Di Stefano.

Esta fue la dinámica, también, de la segunda mitad, en cuya recta final los barceloneses impusieron de nuevo su juego y su ambición por encima de la nula intención madridista en ir a por más. Y así las cosas llegó el momento culminante del partido. No resignándose a tan injusto resultado, los culés tratarían de aprovechar su último coletazo a un minuto y medio del final. Lo harían a través de un córner, que no obstante la defensa blanca enviaría nuevamente a saque de esquina. Esta vez sí sería la última oportunidad. El lanzamiento lo recibió Biosca, que había subido a rematar en un desesperado intento por enmendar el error que le costó un tanto a los suyos; su remate de cabeza lo rechazaría Alonso con la mano pero esta vez la fortuna, que en la ida se había aliado con los blancos, lo hizo con los culés, devolviéndole el balón de nuevo a Biosca que no perdonaría una segunda vez. Su tiro raso suponía el 3-1 y daba el pase a la gran final al F.C Barcelona. Biosca, el héroe culé
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