Chris Andersen, el pájaro que voló del infierno al cielo
Chris Andersen durante el último partido de las Finales ante San Antonio Spurs. (Foto: Lynne Sladky | AP Photo).

La carrera de Chris Andersen es una de tantas que se perderán en la memoria de muchos aficionados. En el recuerdo quedarán unos promedios normales, propios de la clase media-baja de la NBA: 5.4 puntos, 5.1 rebotes y 1.5 tapones por partido. Sin embargo, la suya es una de las pequeñas grandes historias que hacen que este deporte crezca. La historia de un jugador muy peculiar, la de un luchador, la de un ave fénix que tuvo que arder por completo para resurgir y volar más alto de lo que nunca habría imaginado. Es la historia de Chris Andersen, el autodenominado hombre pájaro (birdman).

Todo comenzó un 7 de julio en Long Beach, California, pero la infancia de Andersen discurrió en Iola, un pueblo perdido en lo más profundo de Texas. Su padre lo abandonó a una muy temprana edad, junto a su madre y sus hermanas. En la adolescencia probaría desde el fútbol americano hasta el béisbol, sin demasiado éxito en ellos, hasta que descubrió el baloncesto.

De su infancia dura surgió un joven con carácter, que lo daba todo por adaptarse físicamente a dicho deporte. Llegó a, prácticamente, convertir el gimnasio en su casa. La canasta de su jardín pasaría a ser el altar en el que rezaba por hacer realidad un sueño prácticamente inalcanzable. El deporte era lo único que le permitiría abrir sus alas y volar lejos del pueblo en el que le había tocado vivir.

La casa de la infancia de Chris Andersen. (Foto: Chris Palmer | ESPN).

A pesar de que se observaba en él un gran potencial como jugador defensivo, sus malas calificaciones académicas le alejaron de la University of Houston, donde habían comenzado su carrera hombres como Clyde Drexler o Hakeem Olajuwon. Finalmente, Andersen recaló en una pequeña universidad, Blinn Junior College. Desde el principio destacó como taponador, siendo el líder del campeonato con 4.7 por partido, a lo que añadía 10.7 puntos y 7.7 rebotes. A pesar de su buen rendimiento (estos números los alcanzaba en tan solo 21.7 minutos por partido), si algún problema tenía Andersen era el estar mal aconsejado. Tanto era así que su intención era dar el salto a la NBA al año siguiente, pero nadie le explicó que había que presentar una solicitud para entrar en el Draft.

Despegue

De la mano de esta falta de planificación, llegó el precipitado comienzo de la trayectoria profesional de Chris Andersen. Después de no haber conseguido ser fichado por ningún equipo de la NBA y ante la tentación del dinero rápido, Andersen firmó un contrato de un año con el Jiangsu Nangang chino. El propio jugador duda de lo acertado de su decisión: "Cuando dejé Blinn no tenía ni idea de lo qué estaba haciendo. No tenía un plan. No quería trabajar, así que acepté la oferta", comenta al respecto. Un año más tarde, con 22, el joven pívot volvería a Estados Unidos, donde desarrollaría el resto de su carrera. Tras recalar en New Mexico Slam y Fargo-Moorhead Benz, de las ya desaparecidas IBL e IBA, Andersen acabó siendo el número 1 del Draft de la recién fundada D-League y pasó a formar parte de los Fayetteville Patriots. Al mes siguiente de debutar se convirtió en el primer jugador de la D-League en acceder a la NBA al ser fichado por Denver Nuggets.

"No tenía ni idea de lo que estaba haciendo"

De este modo, un joven Andersen sin demasiado rumbo aterrizó en la mejor liga del mundo, gracias a un contrato de un año por un total de $289.747. Esta cifra, en principio escasa teniendo en cuenta los estándares de la NBA, fue suficiente para hacer que el joven pívot perdiese totalmente el control. Empezaron a aparecer los tatuajes, su cresta característica... y las multas. En uno de sus primeros viajes con los Nuggets, Andersen compró un pitbull, Red Sonja (que ahora adorna su pecho, grabado en tinta), que escondió en el autobús del equipo. Esta conducta no estaba permitida, por lo que el jugador recibió su primera sanción.

Chris Andersen en su primera etapa con Denver Nuggets. (Foto: Brian Bahr | Getty Images).

Lejos ya de lo extradeportivo, Chris Andersen dejó claro desde el primer momento lo que aportaría a la NBA: rebotes, tapones, mates y una entrega fuera de toda duda. En los tres años que pasó en Denver promedió 3.9 puntos, 4 rebotes y 1.3 tapones en 13.6 minutos. Además de por su extravagante imagen, se hizo famoso por extender sus brazos como un pájaro después de cada mate, ganándose el apodo de Birdman, un nombre que él acogió con gusto. El problema al que se enfrentaba Andersen era la separación entre el personaje que él representaba sobre la pista y quién era realmente fuera de ella. La frontera entre ambos se diluía cada día, convirtiendo al hombre que había detrás del jugador en un hombre cada vez más inestable, incapaz de moderar sus excesos y manejar la cantidad de dinero que atesoraba.

Caída y redención

En 2004 era traspasado a New Orleans Hornets, donde militaría en los siguientes dos años. Sus números y sus minutos se incrementaron, llegando a promediar 6.4 puntos, 5.5 rebotes y 1.4 tapones en 19.6 minutos. Sin embargo, el continuo coqueteo de Andersen con las drogas acabó pasándole factura: el 25 de enero de 2005, durante un entrenamiento, Byron Scott (el por aquel entonces entrenador de New Orleans) le llamó para hablarle de los recién llegados resultados de los análisis de sangre de la NBA. Andersen ya sabía que había dado positivo por consumo de cocaína y lo que eso conllevaba, por lo que, después de escuchar cabizbajo la reprimenda de su entrenador, se fue en silencio, después de haber vaciado su taquilla. El consumo de drogas de abuso conllevaba dos años de suspensión: parecía que había llegado el fin de su carrera.

Fue expulsado de la NBA dos años por consumo de cocaína

Es entonces cuando entra en escena la madre de Chris, Linda. Durante los años anteriores había intentado sin demasiado éxito ni empeño encauzar la vida de su hijo, pero tras enterarse por la televisión de lo que le había sucedido, acudió en su ayuda inmediatamente. El propio Andersen reconoció posteriormente lo importante que había sido su figura: "Toqué fondo. Me desvié del camino pero, por suerte, mi madre estaba ahí. Recuerdo todo lo que me gritó... pero lo hizo por mi bien. No supe apreciarlo en su momento, pero ahora sí. Le debo la vida por ello", confiesa viendo la situación en perspectiva. Después de un año de suspensión empezó a entrenar más duramente que nunca, con el regreso a la élite entre ceja y ceja. Los Hornets le firmarían un contrato en 2008, pero se lo rescindirían al finalizar la temporada.

Auge

En la temporada 2008-2009 Andersen volvería a Denver, la ciudad en la que comenzó a desplegar sus alas, unas alas que, vía tatuaje, habían pasado a formar parte de él. Su primer año con los Nuggets sería el mejor de su carrera, promediando 6.4 puntos y 6.2 rebotes por partido, así como unos sorprendentes 2.5 tapones, la segunda mejor marca de la NBA. Pasaron los años, y Andersen se había convertido en una pieza fundamental de la rotación de los Nuggets. Desde el banquillo, el extravagante pívot aportaba su intensidad característica. Su peculiar imagen y su actitud le convirtieron en un icono para la afición, muchas veces caracterizada como él. Sin embargo, algo había cambiado con respecto al hombre que había sido suspendido en 2006. Andersen estaba centrado en el deporte, asistía a todos los entrenamientos y había abandonado los hábitos que tan malos resultados le habían dado en el pasado: era un hombre totalmente nuevo.

Chris Andersen desplegando sus alas. (Foto: Jed Jacobsohn | Getty Images).

A pesar de su buen rendimiento, el general manager de Denver Nuggets (Masai Ujiri, mejor ejecutivo de la temporada 2012-13) decidió prescindir de sus servicios, aplicando sobre él la cláusula de amnistía para evitar superar el límite salarial. Andersen se quedaba sin equipo.

Volando alto

La temporada pasada empezó con Andersen como agente libre. Intentó buscar equipo en verano, sin éxito. Siguió ejercitándose, sin perder la esperanza de volver a la liga. El destino es caprichoso y demostró que la espera, a veces, merece la pena. Los campeones de la NBA, Miami Heat, buscaban la forma de reforzar su endeble juego interior sin exceder el límite salarial, algo complicado con los masivos contratos de Lebron, Wade y Bosh. Si había un jugador libre con la capacidad de aportar fuerza al juego interior y con un contrato no demasiado elevado, ese era Chris Andersen. El 20 de enero de 2013, Miami le ofrecía al pívot un contrato de diez días. Cumplió con creces las expectativas y, tras ponerle a prueba durante un segundo período de diez días, sería oficialmente fichado por los Heat hasta final de temporada.

Miami le ofreció dos contratos de diez días antes de ficharlo

El impacto de Andersen en el juego de Miami fue inmediato, dotando a la segunda unidad de una consistencia en su juego interior que hasta el momento era impensable. Desde la llegada de Andersen, el récord de los Heat fue un espectacular 37-3. Su papel fue clave, además, en la racha de 27 partidos sin conocer la derrota de Miami Heat en la segunda mitad de la temporada. Alcanzaron holgadamente la postemporada, donde Andersen siguió contribuyendo en momentos puntuales. El culmen de su temporada fue la serie ante Indiana, que Miami comenzó anotando 15 canastas sin un solo error ante el poderoso juego interior de los Pacers. Una vez en las Finales, Spoelstra decidió apostar por el small ball ante San Antonio Spurs, por lo que Andersen no llegó a tener demasiados minutos. A pesar de su relativa ausencia, los Heat consiguieron ganar la serie (4-3) y alzarse como campeones de la NBA.

Chris Andersen a día de hoy. (Foto: Chris Totman | Getty Images).

La consecución del anillo habría sido algo impensable para el Chris Andersen que no encontraba equipo a principio de temporada, y más todavía para el que seis años antes había estado suspendido. Probablemente no fuera más que un sueño en la mente de aquel chico que comenzó a botar el balón en su casa en Iola. La historia de Birdman demuestra que, a veces, los sueños se cumplen. A pesar de encontrar obstáculos en el camino o (como en el caso de Andersen) de haberlo abandonado, la determinación acaba llevando al éxito.

Cuando se hable de los mejores jugadores de la década o, más concretamente, del anillo de Miami en 2013, no será la figura de Andersen la que pase a la historia. Puede que su nombre se desvanezca en el tiempo, pero para algunos quedará el recuerdo de un jugador diferente. Un hombre que superó una infancia dura y, tras caminar sin un rumbo fijo, logró encauzarse y llegar a lo más alto. Un espíritu libre (o un pájaro libre, como indica su cuello en referencia a la mítica canción de Lynyrd Skynyrd), capaz de consumirse, renacer de sus cenizas y reinventarse, alzando el vuelo por encima de lo que jamás habría creído posible.

Un pájaro que puede volar más alto todavía... o volver a caer.

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