Moses Malone, la enana marrón de la NBA
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En el arte del rebote fue leyenda y referencia, en la guerra de codos y espaldas de la zona defensiva, el pívot echa raíces sobre el mejor lugar para recuperar ese planeta giratorio que escupe el aro. El balón vuela perseguido por ávidas miradas, pero solo una de ellas se anticipa a la trayectoria, su cuerpo parece entrar en otra línea temporal y se adelanta en el tiempo y el espacio. Una vez más las pequeñas pero prodigiosas manos de Moses Malone, que son poderosos imanes que todo lo atrapan, recuperan el rebote ofensivo y sellan la jugada con dos puntos más para su equipo. El profeta del rebote, Mr.Rebound emerge siempre de la nada, el pesado bigfoot se transforma en felino, entre un bosque de manos un inmenso bailarín cobra vida para atrapar un planeta naranja que gira en el universo NBA.

Paradójicamente no es un pívot inmensamente alto, mide 2.08 m. pero es de aquellos que no retrocede un solo milímetro en las trincheras del rebote, esa zona de pintura a la que Malone llamaba ‘potro de tortura’. Nadie lo pelea con tanto poder y determinación, nadie como Big Mo para ubicarse en la zona, para conocer el lugar exacto hacia el que el balón se dirigirá tras el impacto con el tablero o el aro. Pero en la virtud llevaba implícita una elevada dosis de corazón, de amor por el baloncesto, de entreno y trabajo. Todo ello le convirtió en una auténtica máquina de rebotear, pues Malone hizo del rebote su sello personal, desde muy pequeño, se quedaba en la cancha tirando el balón una y otra vez contra el tablero, entrenando el rebote ofensivo. Así lo contaba su entrenador colegial Dick Vitale, que se sorprendía al verle incidir una y otra vez en ser el mejor en la citada faceta del juego. La pequeña ciudad de Petersburg, su instituto, logró el campeonato estatal dos años consecutivos gracias a aquel depredador de la zona.

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En guarismos, en estadísticas puras, Mr. Rebound, es uno de esos colosos que se elevan hacia el cielo del basket. Moses es el doble doble, la constatación física de un pívot nada convencional que supo rentabilizar al máximo su fortaleza. Se podría explicar con un video homenaje su pequeña y elástica grandeza, pero en el caso de este extraordinario jugador los números componen el perfil de su leyenda. No en vano promedió un doble-doble (20.6 puntos y 12.2 rebotes) durante sus 20 temporadas en la NBA. Malone fue máximo reboteador de la NBA en seis ocasiones, sus 16.212 rebotes le sitúan como la quinta mejor marca de la historia y sus 27.409 puntos anotados le ubican en el octavo puesto del ranking histórico. Desde que en 1974 firmó su primer contrato (directamente de la escuela a la Liga profesional) con los Utah Stars en la ABA, hasta que en 1995 se retiró en los San Antonio Spurs, jugó en ocho equipos.

Muy pronto el apodado como “Chairman of the Boards” comenzó a destacar por sus habilidades reboteadoras, pero en el proceso de fusión y absorción de la ABA y la NBA pasó por varios equipos hasta asentarse definitivamente en la NBA. Pasó por el Spirits of St. Louis y Buffalo Braves antes de recalar en los Houston Rockets, franquicia en la que causó sensación. En 1979 consiguió el primer MVP de su carrera dejando para la historia los 32 puntos y 38 rebotes que consiguió ante los Seattle Supersonics, convirtiéndose así en el primer jugador en la NBA en superar los 30 puntos y 30 rebotes en un partido. Muchos por entonces no se explicaban cómo un pívot undersized, un jugador sin demasiada altura y sin una gran mecánica de tiro, promediaba treinta puntos y esa cantidad estratosférica de rebotes. El secreto radicaba en que nadie saltaba a la cancha con la convicción de que el balón era una posesión absolutamente suya, nadie lo peleaba con tanta voracidad, determinación y firmeza. Roca entre las rocas, la zona era una cordillera montañosa en la que el pívot de Virginia era el escalador más predispuesto al riesgo para alcanzar la cima naranja. En Houston vivió sus mejores años, preludio también de lo que mostraría en Philadelphia 76ers, equipo al que llegó en 1982 tras consagrarse con dos MVP y alcanzar la final de la NBA con los Rockets.

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Malone es icono legendario de la NBA, incluido entre los 50 mejores jugadores de la historia y muy especialmente pilar inolvidable de la familia de los Sixers por la sencilla razón de que Malone aportó a Philadelphia 76ers, ese punto de poderío, seguridad y agresividad que le faltaba al equipo para dejar de ser el perdedor de las finales de 1977, 1980 y 1982. El legendario Big Mo aportó el acero necesario a un equipo único en el que brillaban Julius Erving, Maurice Cheeks, Andrew Toney, Bobby Jones.... Y Moses abrió las aguas del rebote para llevar a los Sixers a la tierra prometida del anillo en 1983. Con un récord de 67 victorias y 15 derrotas, y con Moses Malone como MVP (el tercero de su carrera) Philadelphia encontró a su profeta del rebote. Los Sixers lograron su primer título de la NBA en 16 años gracias en gran medida a esa bestia agazapada en busca del rebote ofensivo.

Posiblemente Malone no vivió mejores años que aquellos, pues los Sixers no volvieron a encontrar el camino y Moses fue traspasado a los Bullets en 1986, pero la leyenda de este jugador siguió creciendo en el tiempo. En la Gran Manzana de la zona, repleta de rascacielos, un edificio de ocho plantas desafío a la altura y la fortaleza de cristal. Atlanta Hawks, Milwaukee Bucks, de Nuevo Philadelphia 76ers y San Antonio Spurs, fueron testigos del poderío del hombre de las pocas palabras. Su parquedad verbal contrastaba con la abrumadora ferocidad con la que peleaba un rebote. En el silencio de la roca, Malone, al fondo la canasta y un mundo de pívots que sobre el sólido cuerpo asentado quieren apartarle de sus sueños naranjas. En el panegírico de la zona, el de los grandes nombres interiores, Shaquille, Kareem, Chamberlain, Russell.. y Moses Malone, rústico estibador del rebote que picó piedra para convertirse en leyenda.

En la pintura no hubo mayor guerrero que Malone, que jamás fue temido por su altura, pero fue profundamente respetado por su corazón, aquel que le falló a la edad de 60 años para hacernos recordar que el olvido temporal de su figura fue solo un espacio entre líneas. Entre estas líneas que hoy le rescatan y acompañan al infinito universo del basket, en el que a pesar de ser una enana marrón logró hacerse ver y brillar con tanta inmensidad como las más grandes de las estrellas.

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