El 'León' de la vieja escuela
Foto: johanmuseeuw.com

Reservado, en busca de que la cámara y los micrófonos se apaguen. Todos los grandes campeones tienen determinadas curiosidades que hacen que su figura crezca y crezca. Este es el caso de Johan Museeuw, un ciclista de la vieja escuela, cuya profesión era correr y todo aquello que fueran portadas de periódicos, ser mediático y salir en la prensa trataba de evitarlo. Tras el triunfo, buscaba el anonimato. Y los encontraba igual de bien a uno y a otro.

Muy cerca de Brujas, hogar de mil y una leyendas sobre ciclismo de pavés, nació Johan Museeuw en 1965. Su vida consistía en el ciclismo, en seguir mejorando día a día, en dejarse ver sobre la carretera. Era un corredor de la vieja escuela flamenca, clasicómano por naturaleza, ofensivo sobre la bicicleta y un gran rematador. Punta de velocidad, carácter, sentido de la carrera y valentía. Lo tenía todo para triunfar. Los ingredientes eran los adecuados, el producto final fue legendario.

Dicen que los mejores platos son aquellos cocinados con amor y a fuego lento, aquellos que tardan en salir a la luz para deleitar a los paladares más exigentes. Museeuw fue uno de estos ejemplos. Su primer gran éxito no llegaría hasta 1993 cuando, con 28 años, ganó en su casa, en Flandes. De Ronde Van Vlaanderen, la prueba con la que soñaba todo ciclista flamenco, lucía en su palmarés. Dos años después, la conseguiría de nuevo.

Mapei, equipo clasicómano por naturaleza le quería. Le anhelaba. Giorgio Squinzzi soñaba con tener a Museeuw en su plantilla, y en el invierno de 1995 lo logró. El flamenco clasicómano correría en el equipo de las pruebas de un día por excelencia. Squinzzi fantaseaba con ganar Roubaix, Musseuw quería añadirla a su palmarés para extender su imperio de piedra. Este cruce de deseos ocasionó la mayor exhibición jamás presenciada en el Infierno del Norte.

Era 1996 y tres Mapei se escaparon: Museeuw, Bortolami y Tafi. A un ritmo infernal, de más de 43km/h, volaban hacia el velódromo de Roubaix. ¿Quién lograría la victoria? En la dirección del equipo lo tenían claro: el belga tenía que ser el ganador. Squinzzi llamó a Patrick Lefévère y se lo dejó claro: nuestro hombre es Johan Museeuw. Las órdenes se llevaron a rajatabla y el flamenco conquistó las piedras galas, con dos compañeros escudándole en el podio.

Meses después llegaría el Campeonato del Mundo, donde Eddy Merckx le seleccionó, aunque Museeuw se planteaba rechazar la invitación. ¿Es posible rechazar la invitación del Caníbal si este está dispuesto a ponerte el maillot arcoíris? No. Merckx le convenció para viajar a Lugano, donde partía como uno de los grandes candidatos. Junto a Gianetti se escapan y, como buen rematador, le vence al sprint. Ahora se planteaba un nimio dilema para Museeuw: no sabía que maillot vestir la temporada que viene, ya que era campeón belga, campeón mundial y campeón de la Copa del Mundo.

Pero no todo fue un camino de rosas. Museeuw también protagonizó capítulos de sangre y dolor. En 1997, en el tramo de Arenberg, el flamenco se cayó. El pavés le traicionó, le tendió una trampa con adoquines separados y a distintos niveles que le hicieron irse al suelo. El trazado de Roubaix, dolido por la exhibición del año anterior, no podía permitir que el flamenco tiranizase su Infierno. Museeuw cayó y no podía levantarse: una dolorosa y sangrante herida en la pierna izquierda le iba a hacer retirarse... por esta vez. Se pagó servicios de kinesiterapia, y trabajó para volver a conquistar Roubaix. Lo hizo en el año 2000 con 35 años y finalizó su gesta en 2002, con 37 años logrando su tercera piedra del Infierno del Norte. Antes, en 1998, completaría su hat-trick particular en Flandes.

El León de Flandes es uno de esos genios que aparecen en el ciclismo cada equis tiempo. Introvertido fuera de la carrera, su personalidad era totalmente distinta sobre la bicicleta. Buscaba el protagonismo, dejarse ver, ser atrevido y valiente, para rematar a sus rivales con una punta velocidad digna de los sprinters. Johan Museeuw protagonizó verdaderas dictaduras sobre el pavés de Flandes y de Roubaix, sobre los adoquines de las calles que le conducían de su Varsenare natal a Brujas.

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