El Zar
El Zar visto por David Juncal

22 de agosto de 1968. Leningrado, Unión Soviética. Tierras lejanas. Ese día nacía un niño que poco a poco, fue creciendo en el frío. Entre la nieve, el pequeño soñaba fútbol. Jugaba en el barrio, con sus amigos. Se divertía. Con el paso de los años las cosas cambiaron. Leningrado se transformó en San Petesburgo. La Unión Soviética cayó y solo quedó Rusia. El crío que pateaba el balón bajo su casa se convirtió en un hombre que vestía la camiseta del Spartak de Moscú, uno de los mejores equipos del país. Algo no había cambiado: la pelota. Su diversión. El pequeño Sasha se convirtió en Mostovoi, sin embargo su felicidad cuando acariciaba el cuero seguía intacta.

Buscando la identidad

La desorbitada calidad que atesoraba el chico no encontraba acomodo. Sin continuidad. De este modo, habiendo ganado dos ligas y una copa en Rusia, Mostovoi prueba suerte en Lisboa. El Benfica es su destino. Sin fortuna, ficha por Caen primero y por el Estrasburgo después, pasando sin pena ni gloria por la liga francesa. Un azucarillo diluido en el café. Otra joven promesa desperdiciada, otro talento inadaptado. Todo lo hacía indicar, hasta que el Celta se cruza en su vida.

Su enorme calidad no encontraba estabilidad

Corría el año 1996 y llegaba a Vigo un futbolista desconocido. ¿Quizá otro fichaje fracasado? Sus primeros tiempos en la ciudad olívica hacían presagiar ese desenlace. En la primera temporada en el club, la cabeza del por aquel entonces ‘24’ celeste cortocircuitó en El Molinón. El Sporting acababa de hacer el 2-1 y Mostovói amagó con irse del campo con lo cambios agotados. Patxi Salinas, capitán de aquel equipo, le agarró de la camiseta y le obligó a volver al césped gijonés. Una situación esperpéntica. Todo hacía indicar que su carrera seguiría dando tumbos lejos de Vigo y más cuando el ruso afirmó que se iba del club al acabar la temporada. No fue así. Se arrepintió, pidió disculpas y tanto compañeros como afición supieron perdonarlo. Fue el punto de inflexión.

Fútbol de quilates

En el siguiente curso, Javier Irureta se hizo cargo del Celta y el equipo realizó una gran campaña clasificándose para la Copa de la UEFA. La época dorada daba comienzo. El ‘24’ pasó a ser el ‘20’. El ruso rebelde se convirtió en un compañero más. Mostovoi pasó a ser el Zar. Actuaciones memorables en derbis contra el Deportivo, partidos contra Real Madrid o Barcelona y, sobre todo, sus excelentes apariciones europeas en Villa Park y en Anfield Road, en donde puso a The Kop a sus pies; era el bautismo de fuego del talentoso mediapunta celeste en el planeta fútbol.

La llegada de Víctor Fernández impulsó todavía más el juego de Mostovói así como el del Celta, llegando a ser conocido en todo el continente como la máquina celeste. Europa fue testigo de las gestas viguesas: las goleadas a Benfica (7-0) y Juventus (4-0). El único lunar de aquel grupo fue no haber tocado metal. La final de Copa del 2001 en Sevilla contra el Zaragoza, su mejor ocasión. La exhibición del ruso, con gol incluido, no significó el tan ansiado título para los gallegos.

El fútbol del Celta, con Mostovoi a la cabeza, maravillaba a toda Europa

El juego del Zar se reflejaba en el equipo. Fútbol preciosista. Arte en movimiento. Finalmente, el 10 pasó a ser el dorsal que luciría en su espalda, del mismo modo que siempre lo llevó grabado en su alma. Un diez puro. Sus botas eran un manantial de calidad, que brotaba a borbotones en todas direcciones. La zona de tres cuartos era suya. Le pertenecía. De su caricia podía surgir la diferencia en cualquier momento. Rodeado de los fantásticos jugadores que conformaron la mejor etapa histórica del club (Mazinho, Revivo, Karpin, Gustavo López…), Mostovoi sobresalía por encima de todos. Se asociaba con todos. Era una solución para todos. Regates, visión de juego, asistencias. También goles. Muchos de ellos de bella factura. Precisos golpeos de pelota parada, certeros disparos de media distancia o en bellas jugadas individuales o colectivas. Factor diferencial. Decisivo. Cada quince días la grada de Balaídos se rendía a su rey o, mejor dicho, a su Zar. También sus compañeros, que acostumbran a describirlo como el mejor futbolista con el que compartieron caseta. Su vida había cambiado. Su felicidad con la pelota seguía intacta.

El mito

A toda esa desmesurada calidad había que unirle su carácter ganador. Frío fuera del campo. Ardiente sobre el verde. Su liderazgo se contagiaba y hacía de aquel Celta un equipo irreductible. Toda esa inestabilidad, ese temperamento que le hacía capaz de lo peor dentro de un terreno de juego, lo fue enfocando con el paso de los años hacia objetivos positivos. De este modo, la arrebatadora pasión que mostraba sobre la cancha, la transformó en amor por la camiseta celeste. A pesar de nacer a miles de kilómetros de distancia de la ciudad olívica, Mostovoi se convirtió al celtismo, volviéndose un enfervorizado devoto del sentimiento celeste. Así lo demostraba en cada derbi contra el Deportivo de La Coruña, vaciándose y dejando actuaciones memorables contra el eterno rival. También contra los grandes. Su facilidad para ser decisivo, para aparecer en los momentos importantes, siempre fue una de sus mejores armas.

Su identificación con el club y con la ciudad le permitieron alcanzar una regularidad en su juego nunca antes conocida y que le otorgó el brazalete de capitán, plasmando su liderazgo en una cinta en su brazo izquierdo. De esta manera, se convirtió en el jugador con más partidos en primera de la historia de la entidad. Todo lo que el ruso volcó en el Celta, le fue devuelto con creces en forma de un afecto y una admiración desmesuradas. Idolatrado. Mostovoi es historia viva del celtismo Una iniciativa popular para erigirle una estatua en las proximidades de Balaídos habla de la dimensión que alcanzó Mostovoi en Vigo. Toda una autoridad. Cada quince días suena una canción que lleva su nombre en los descansos de los partidos del municipal vigués. Su figura sigue muy presente en el imaginario celeste. Un recuerdo que habla de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sobre todo los tiempos en los que un ruso con el diez a la espalda dejaba fluir su magia cada semana. Tiempos en los que un equipo liderado por un vigués de San Petesburgo encandiló con su juego a todos los aficionados al fútbol. Tiempos en los que el mejor jugador de la historia del Real Club Celta hacía soñar a una afición que, todavía hoy, lo sigue añorando.

Fotos cuerpo del artículo: 1. Emilio Lavandeira | EFE / 2. Faro de Vigo

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