Rexach, el Liverpool y los 29 contactos
Overmars en 2001 (foto:skysports)

El caso es que no siempre fue maravilloso. No, nada lo es eternamente. Como en todo, la exigencia tiene distintos niveles. El posicionamiento o alcance de cualquiera de ellos, es decir, la demanda que de ser correspondida saciará al interesado, va a depender de los ofrecimientos que haga el producto en cuestión durante un prolongado período de tiempo. Así, el grado de satisfacción, o simplemente el de conformidad, es tan relativo que estando ante el mismo estímulo con una diferencia temporal no necesariamente amplia, lo que hoy nos hace llorar de pena o temblar de impotencia, otrora nos hubiese hecho saltar de alegría.

Y en el fútbol no podía ser distinto, porque este deporte no es más que eso, es la cotidianeidad de la vida. Son las relaciones sociales, las conversaciones diarias, los ensueños y desvelos, las horas de televisión en familia -o en detrimento de ella- o las disputas entre cerveza y cerveza. Las emociones terrenales elevadas al grado superlativo, pero, al fin y al cabo, un conjunto de básicos sentimientos fácilmente modificables.

En el presente, después de acumular 28 títulos en algo más de diez años, de ver cada semana al mejor futbolista de la historia superarse, de haber disfrutado del poder de la pelota sobre todas las artimañas urdidas para pervertirla, de alzar sin freno ligas y copas de distinta índole… tras todo esto, no se toleraría ni el más ligero desliz. Sea futbolístico o conquistador. Si el FC Barcelona de Luis Enrique juega de fábula pero cae en la final, será acribillado. Si gana pero no convence cada minuto de cada partido será despellejado. Nuestro actual grado de exigencia se mueve en esos parámetros. Es la realidad. Pero es una certeza tan irreal, tan volátil y engañosa, como la seguridad que nos debería proporcionar la pared de la pompa de jabón en la que vivimos. Y el caso es que, valga reincidir, ni todo es, ni fue siempre maravilloso.

No hace tantos años, cuando el FC Barcelona ganaba títulos esporádicamente, más o menos año sí año no pero sin una mínima estabilidad ni en la importancia de los mismos ni en su cadencia, el aficionado esperaba simplemente un cambio. No un vuelco revolucionario y genial, sino sencillamente un estabilizador. Se rezaba por un giro que permitiese al seguidor de uno de los mejores clubes de la historia poder encontrar la calma dos temporadas seguidas. Eso bastaría y dejaría conforme, sin más florituras, sin metas más complejas.

Entrenadores azulgranas (foto:toqueygambeta)
Entrenadores azulgranas (foto:toqueygambeta)

Después de Helenio Herrera, de Kubala, Rifé, de Rinus Michels o Udo Lattek, de Menotti, Terry Venables y Aragonés, grandes entrenadores, cada uno con sus maneras y estilo, proponiendo durante todas sus carreras ideas futbolísticas diversas y enriquecedoras, llegó Johan Cruyff. En Barcelona, inicialmente, a Herrera no se le exigiría el catenaccio, a Michels no el fútbol total, a Lattek tampoco la maquinaria perfecta de su Bayern de Munich o el profesionalismo alemán, ni a Menotti el fútbol canchero. Estos genios del pensamiento fueron contratados por su capacidad de vencer. A Helenio y Udo se le iban a pedir sus Calcios y Bundesligas, a Rinus o César Menotti sus exhibiciones en los Mundiales. Algunos más que otros, según qué etapas, levantaron títulos en la Ciudad Condal, pero nunca llegaron a continuar el mínimo tiempo necesario para implantar su estilo a largo plazo. Y es que en aquellos años 70 y 80 no había tiempo para permitírselo, la demanda de la afición era ganar o ganar. Ganar y seguir venciendo. La derrota y desilusión prolongada obliga a eso. Satisfacer esa necesidad, que pasaba a ser primaria, exclusiva e innegociable. Y entonces se probó una nueva opción. Otra de tantas con el mismo objetivo. Esta vez fue un entrenador novato, nada contrastado. Se fichó por ser persona grata, ex jugador del club e importantísima figura sobre el césped y personalidad querida por sus dirigentes. Apostaron por él porque ya no se sabía, después de haber traído a las principales espadas, qué carta jugar para romper la hegemonía del máximo rival. Un Real Madrid que sí ganaba lo habido y por haber y se distanciaba insalvablemente.

Aterrizó Johan Cruyff, y al principio nada cambió. El Flaco ni convenció ni venció inmediatamente, y nosotros seguimos demandando las victorias, y por tanto, pasamos a maltratarlo sumarísimamente. Por fortuna, dos títulos consecutivos en sendos años iniciales permitieron a Johan una reválida. Fueron copas menores y alzadas sin excesos, la Recopa de Europa y la Copa del Rey, conquistas que nada variaban a las que los anteriores entrenadores habían conseguido, pero que impidieron que la feroz crítica, que ya florecía como rápida enredadera, alcanzara los niveles elevados que acabasen en una prematura destitución.

Y dio inicio la década de los 90. Y La idea cruyffista comenzó a crecer, y a cuajar. El tornado hizo volar rivales como si de plumas de ave caídas se tratasen. Y en 1992 llegó la primera Copa de Europa. Acompañada la Orejona por la segunda Liga se etiquetó la faena de exitoso doblete.Tras cuatro años de victorias y mejoría de juego el aficionado, como normal ser humano que es, dio un paso más. Ahora incluso los dos títulos iniciales nos parecían fenomenales. Cinco entorchados y tres años vista a las espaldas (el tiempo moderadamente dilatado que al inicio se referenciaba), embelesaron y satisficieron la necesidad básica del triunfo.

Primera Orejona (foto:elperiodico)
Primera Orejona (foto:elperiodico)

Ya ganábamos, por lo que ya no nos conformábamos con ganar. Ascendimos en la escala de peticiones. Estábamos empezando a soñar con el buen fútbol, dando por descontado que ya éramos un equipo vencedor y que esto difícilmente cambiaría. El juego, una necesidad que en la pirámide que Abraham Maslow reflejase en su obra Una teoría sobre la motivación humana los aficionados la hubieran situado cerca del vértice hacía escasos tres años mutaba ahora a la base, nos pusimos a su altura. Juego y victoria pasaban a ser un todo, y lo contrario sería etiquetado de fracaso.

Y Johan nos la entregó. Nos dio la pelota. Y nos la proporcionó a tan grandes dosis que nos costaba digerirla. Y rápidamente estuvimos ebrios de ella. Beodos de balón, de ideas de belleza. Cruyff insistió en su fútbol. Cuando los resultados acompañaban nosotros éramos felices, ya que teníamos lo que ansiábamos. Pero cuando algo salía mal ya no nos acordábamos con facilidad de Aragonés ni de Venables, que tanto tuvimos presentes en rachas de desolación, sino de la Copa de Europa o las victorias en los clásicos inmediatos. Y ni nos conformábamos ni nos saciábamos, pasábamos, por contra, a castigar, a zaherir.

El inescrutable paso del tiempo dictó la habitual sentencia. Llegaron los años 94/95 y 95/96 donde un equipo cansado y un entrenador derrotado dejaron paulatinamente de ofrecer. En el primero de ellos, 1994, la exigencia del seguidor seguía estable, ya que la consecución de las tres últimas Ligas (máxime con la explosión de adrenalina al vencerlas en la jornada final) era un recuerdo demasiado reciente. La temporada siguiente el presente absorbió al pasado y el descontento se desbordó. A fuer de ello, la demanda volvería a bajar progresivamente. El FC Barcelona de Johan Cruyff dejó primero de jugar y luego de ganar. Nuestra confianza y alegría claudicaron en lo que el verdugo ajusticia al hereje, y todos quisimos y conseguimos echar al holandés. Ganar todo y dominar a todos a lo largo de cuatro años seguidos soportó en nuestra mente alrededor de un año y medio de sequía.

Tras la marcha de Cruyff llegó Robson y una temporada después recaló Van Gaal. Fueron tres cursos exitosos principalmente en cuanto a resultados, pero irregulares en juego. El descalabro del Dream Team, los dos años de transito que dicha situación se prolongó, esa acumulación de malos momentos, nos arrastró nuevamente a los más primitivos niveles, a los suburbios de la exigencia. Lo cierto es que ahora, en el año 1998, nos volvíamos a conformar con poco; con jugar bien a ratos, con medirnos de igual a igual contra cualquiera, y con ganar títulos aunque fuese por desmerecimiento del rival más que por dominio.

Rexach entrenando (foto:sport)
Rexach entrenando (foto:sport)

La temporada 1999/00 sería la última de Van Gaal y del presidente Núñez. Y los hinchas nunca olvidaríamos lo aciago de ese año. Y mucho menos de los venideros. Las siguientes cuatro campañas se produciría el mayor descontrol institucional y el más grande desastre profesional de la historia del FC Barcelona. Joan Gaspart en la presidencia durante tres años, sumado al ya citado en que marchó Núñez y al 2003, primero de Joan Laporta, completarían el peor lustro azulgrana. Los cinco años fueron un baile de entrenadores mediocres, empezado por Serra Ferrer y continuado por Carles Rexach, nuevamente Louis Van Gaal y finalmente Radomir Antic, un despilfarro de dinero de dimensiones estratosféricas y rendimiento nulo, y un vaivén de futbolistas de toda estofa.

Nos costó pisar el suelo, volver a la cruda realidad. Ya nos sentíamos aficionado de etiqueta, acosumbrados a ganar. Pero volvimos, claro que lo hicimos. Los infiernos se apoderaron otra vez, como no podía ser e otro modo, de la esperanza de los azulgranas. Era disparatado pensar que el equipo de Rexach, con jugadores como Christanval o Rochemback siendo importantes, o componentes como Coco o Roberto Bonano pudiese conquistar algo. ! Pero qué utopía esperar buen juego de ellos, de los sistemas de esos entrenadores, de las ideas de ese presidente, de la manera de ver el fútbol de esos jugadores !

Nos engañábamos, y lo hacíamos porque tanto como en la bonanza se suspiraba por Europa, ahora, en la pobreza, también necesitábamos algo en que creer, algo con lo que alimentar esa pasión del hincha.

Año a año volvíamos a esperanzarnos con los fichajes, por más insignificantes que fuesen cada vez, ya que nuestra exigencia iba disminuyendo inconsciente pero implacablemete con el paso de las temporadas. Fichaban a Patrick Andersson o Alfonso, jugadores que ya habían dado lo mejor de sí, y nos autoconvencíamos de que podrían recuperar su nivel y aportar éxitos. Nosotros nos lo creíamos. Nos vendían que Simao o Geovanni eran los extremos del futuro, los sustitutos de Figo y Rivaldo, y felices aguardábamos. Pero no, nunca era cierto. Nos engañábamos, y lo hacíamos porque tanto como en la bonanza se suspiraba por Europa, ahora, en la pobreza, también necesitábamos algo en que creer, algo con lo que alimentar esa pasión del hincha. Y seguro que nuestra frustración final era mayor, pero los momentos inmediatos a la noticia los sentiamos como la conquista de un título. Esos caprichosos niveles de exigencia y conformidad.

Rivaldo en acción (foto:liverpoolfc)
Rivaldo en acción (foto:liverpoolfc)

Fue en el año 2001, en noviembre. El FC Barcelona de Carles Rexach llevaba dos años y medio sin acercarse a copa alguna, marchando hacia cualquier campo europeo sin saber si se conseguiría puntuar, fuera el rival de la entidad que fuese. Estábamos en la Champions League, concretamente en la segunda fase de grupos. El ejemplo de la primera de ellas refleja la situación de manera cristalina. La clasificación azulgrana se había fraguado cosechando tres empates (contra Roma y Galatasaray) y una derrota por 3-0 contra la Loba. Sólo las dos victorias conseguidas en la primera y última jornada del grupo sirvieron para pasar a la siguiente ronda. El periplo en esa Champions League finalizaría de la peor manera posible, cayendo derrotados contra el Real Madrid en semifinales. Pero todo eso formaba parte de lo normal. Se venía de haber quedado clasificados en cuarta posición en la competición doméstica los dos últimos cursos y de haber dejado ir a De la Peña y a Guardiola por falta de minutos. Nada se esperaba ya. La exigencia era centesimal. Eran ya cinco años sin juego y casi tres sin noticias en la añorada fuente de Canaletas.

Cubiertos de falso oro, envueltos en un aire frío de pelarse, y ante el Liverpool vigente campeón de Copa de la UEFA y con el mejor jugador del mundo en sus filas, el actual Balón de Oro Michael Owen, el FC Barcelona de Rexach se presentaba en Anfield a escuchar el “Your Never Walk Alone” y dejarse intimidar por ello. Quién lo diría una década antes…

Bonano, Andersson, Christanval y Frank de Boer, Gabri y Coco en las bandas, Xavi y Cocu para generar y Luis Enrique, Rivaldo y Kluivert como principales y únicas estrellas. Eso era lo que teníamos. El partido fue igualado, como podía esperarse dada la calidad real de ambos conjuntos. El resultado final fue de victoria azulgrana por un gol a tres. Pero nadie recordaría, años después, el encuentro en sí. Ni el marcador. Y nadie lo hará porque sabiendo que nunca se alcanzaría la gloria ya no importaban los partidos ganados, esas victorias por resultados ajustados que mayoritariamente se decidían por azar o buen día.

Pero aquella noche sucedió algo. Algo que sí se rememora, y nítidamente. El balón partió de Cocu, pasó por ocho jugadores de campo en todas las parcelas del terreno. El esférico circuló a velocidad punta, a un máximo de dos toques. Los jugadores rojos lo persiguieron con el alma y con las piernas, los aficionados colorados los buscaron con la mirada. Pero ni unos ni otros consiguieron alcanzarlo. Sólo fue un minuto. Algo más de 60 segundos en los que el Liverpool fue un títere en Anfield ante un FC Barcelona venido a menos que parecía ser nuevamente aquel gigante. Fueron pases, fueron ofrecimientos continuos e inteligentes. Fue poco más de lo que hoy desechamos después de habernos contagiado de cuatro años de guardiolismo y otros tantos de messianismo. Eso que ya no nos llena fue lo que en otro tiempo se valió solo para marcarse a fuego en nuestro interior. Fue, nada más, la intención de los once futbolistas azulgranas con armadura dorada. El minuto y los 28 toques de balón consecutivos que finalizaron en un excelente envío a la espalda de la defensa, al desmarque de ruptura de Marc Overmars, para que éste hiciera caer al suelo a Dudek y anotara el gol barcelonista que daba la victoria a los suyos. Esa noche, aunque sólo fuera por ese escaso período de tiempo, los cinco yermos años quedaban olvidados, el FC Barcelona volvía a ser el de Cruyff, el de las grandes citas. Las exigencias estaban colmadas, por paupérrimas que pareciesen.

Recodar el reciente juego de toque y posesión interminable del Barsa de Guardiola, hacerlo hoy, nos llena de felicidad. Nos parece que siempre fuimos así. Llegó un momento en que dominar al rival, someterlo, parecía ir por defecto. Nuestras peticiones abarcaban mucho más. Ése es el poder, para bien o mal, de la mente. Y ése es el injusto juicio que las personas hacemos de las cosas según desde donde vengan dadas. Muchas veces sirve. Sirve recordar que no siempre fue así, que nada lo es para siempre. Evocar este sencillo momento del Barsa de Carles Rexach cuando ya me disponía a vituperar a los futbolistas actuales por cualquier fracaso, me hace contener ese instante, replantearme el pensamiento, comprender la verdadera realidad de las cosas y, finalmente, eliminar esa rabia y disfrutar de lo que el fútbol, y concretamete el reciente del FC Barcelona, nos está permitiendo vivir a los amantes del balón. Son segundos de análisis y decisión, como lo fueron los 29 pases de Rexach. Segundos que permiten ser una persona más justa.

Conquista europea (foto:telegraph)
Conquista europea (foto:telegraph)

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