El Trofeo Ciudad de Valladolid, un histórico
El Valladolid y el Valencia disputarán el XL Trofeo Ciudad de Valladolid (Foto: blanquivioletas.es).

Con la excusa del parón liguero por partidos internacionales, el Real Valladolid y el Valencia se medirán en un emocionante encuentro por conseguir el trofeo de la ciudad que, precisamente, celebra sus fiestas patronales en esas mismas fechas por lo que algunos lo llaman “partido de ferias”.

La historia de estos partidos se remonta al 1972, cuando el franquismo llegaba a su fin. El viejo José Zorrilla se llenaba como pocas veces lo había hecho para ver una liguilla de cuatro de la que saldría vencedor el equipo local en la apertura de dicho acontecimiento futbolístico anual. El Valladolid derrotó al Nacional de Montevideo y por su parte, el Vasas húngaro, a un pobre Burgos. La eliminatoria sería entre los panonios y los castellanos que acabarían venciendo por un tanto al final del partido. El primer Trofeo Ciudad de Valladolid descansaría en las vitrinas del club morado.

Inicios del Trofeo. Buenas sensaciones
La segunda edición tuvo un discurso parecido, un cuadrangular esta vez con el Salamanca, Peñarol de Montevideo y Dinamo de Kiev como participantes en la contienda. Los charros y los uruguayos quedaron apeados a las primeras de cambio y locales y soviéticos se medían por el trofeo. El resultado fue favorable para los visitantes que por aquellos años, tenían a Oleh Blokhin y a Veremeev como estrellas principales; dieron una clase magistral de fútbol a un Real Valladolid que lo intentó pero que no tuvo suerte en una noche en la que se medía a un entonces “grande”. La tercera edición fue calcada a la anterior, de hecho, los ucranianos no se volvieron de vacío de Castilla. La enorme estatuilla con el Conde Ansúrez en la cima del trofeo volvía a presidir algún lugar ilustre del estadio Lobanovsky Dynamo. El Valladolid ni siquiera ejercía la hegemonía de su propio trofeo; el Boca Juniors de Rogelio Domínguez lo conseguía en el 1974.
Al año siguiente, el equipo comandado por Rusky, Moré, Landaburu y Palacios se agenció el trofeo contra un más que combativo Racing de Santander. El formato de juego seguía intacto, una liguilla de cuatro en la que los participantes esta vez fueron el CSKA Sofía, Os Beleneses y Santander. En el 1976, los invitados fueron Burgos, Salamanca y la selección japonesa de Ken Nagamuna que dos años atrás se hizo con el tercer puesto en los Juegos Olímpicos de México. Los salmantinos perforaron las redes defendidas por Llácer en los penaltis. El trofeo, otro año más se quedaba en tierras meseteñas pero no en la ciudad que inauguró la competición allá por el 72.

La séptima edición acabaría como la sexta, con una derrota injusta desde la línea de los once metros, ésta vez a cargo del Espanyol del prolífico delantero Marañón tras vencer también al equipo extranjero de turno, el Beroe Stara Zagora que, a su vez doblegó por cuatro goles a un mermado Rayo Vallecano que veía como los Zelenite le arrebataban un honroso tercer puesto. El 79 sería por fin el año en el que se volvió a la senda de la victoria en la competición casera. Un escueto 1-0 contra el Guimaraes llevaba al Real Valladolid directo a la final contra un poderoso OFK Belgrado que había hecho las delicias de los espectadores contra un Palencia que más que un equipo pareció un juguete a manos del conjunto yugoslavo. Los locales se llevaron el galardón por 2-1.

La selección de Honduras, el Tampico y el Burgos fueron los invitados de un anfitrión que se adjudicaría su segundo trofeo consecutivo. Primero con una victoria ante el peleón combinado centroamericano que se había clasificado para el mundial de España 82 y más tarde, ya en la final, contra el conjunto mexicano al que derrotó por un socarrón gol en un partido que lejos de mostrar un buen fútbol, mostró patadas. La década de los 80 se avecinaba bonita, con más luces que sombras en un cómodo lugar en la tablilla con vistas hacia arriba, expectante de ver como los Real Madrid, Barcelona y Real Sociedad ganaban sus ligas, y hacia abajo, observando como los rivales iban descendiendo.

Debacle

El aniversario por la décima edición del Trofeo Ciudad de Valladolid lejos de ser un camino de rosas fue un camino de agrias espinas que dejaba fuera de la lucha a los pucelanos a las primeras de cambio. Tatabanya, club de mineros húngaros, disipó la utopía de los blanquivioletas de conseguir por tercer año consecutivo su trofeo. El tercer puesto sí fue logrado al vencer por 2-1 a los vecinos norteños de Santander. Fue el Gremio de Porto Alegre el agraciado con la estatuilla por endosar un contundente 3-0 a los santanderinos y un 2-1 al Tatabanya.

La participación de los vallisoletanos cayó en picado al año siguiente, esta vez en la final, cuando locales y el Cruzeiro de Belo Horizonte se enfrentaban. 'Manita' de los brasileños y trofeo en que viajaba en la bodega de un avión que cruzaría el Atlántico destino América. En el 1983 la siempre dudosa economía del club llevó a clausurar momentáneamente la competición que se reanudaría al año siguiente, cuando el equipo empezó a bajar el pistón y unas buenas deportivas llamadas Da Silva evitaban que el Valladolid cayera por el precipicio por el que descendió Mallorca, Cádiz y Salamanca.
Los cuatro equipos que se disputaban el trofeo encarecían los precios y por ello, la directiva optó por cambiar el formato “liguilla” por un triangular. El estreno lo disfrutaron el Boavista y el MTK Budapest; ambos salieron derrotados del Nuevo José Zorrilla, así conseguía el Valladolid su trofeo tras tres años en blanco.

La consecución del torneo con tan solo tres clubes le restó vistosidad, con lo cual, se volvió al antiguo sistema de cuatro equipos. La reinauguración corrió a cargo de tres conjuntos extranjeros, el Gremio, que repetía participación, el Universidad Católica de Chile y el Ujpest Dosza. Los de Eusebio, Minguela, Yánez y Moré revalidaron título al ganar por tres tantos al equipo andino y por uno a los húngaros.

Fin de la primera etapa e inicio de la segunda de Cantatore

La campaña venidera fue una de las más movidas para los castellanos, los cambios de entrenador propiciaron un descontrol poco típico en las tierras del Zorrilla, que, afortunadamente, plantaron cara a la situación consiguiendo un décimo puesto en la clasificación liguera. La destitución de Cantatore en la primera jornada, la estancia de Azkagorta y la contratación final de Pérez García para los últimos seis partidos hizo que la plantilla más joven de Primera diese por fin ese salto de calidad que le faltaba para equipararse con los gigantes de una liga cuyo comandante era el Real Madrid de Hugo Sánchez.

El gran Cantatore
Aunque se vio un cambió, una transición post-Cantatore; el trofeo seguía resistiéndose, de hecho, los penaltis volvían a ser la quimera de Fenoy, quién dejaba en la estacada al Valladolid frente al Nacional de Montevideo en la primera semifinal. El torneo finalmente se lo llevaría un Zaragoza que vivía un momento de esplendor balompédico al quedar quinto en la clasificación gracias a las excelentes apariciones de Señor y Pineda.
En la temporada 87/88 se acabó en una reconfortante octava posición de la mano nuevamente de Vicente Cantatore, entrenador laureado y recordado por todo vallisoletano, sea o no aficionado al mundo del fútbol. Ésta vez, la historia del buen hacer del Pucela en Liga se calcaba en el Trofeo, batiendo al Colo-Colo y a los Pumas de UNAM por tres goles.

La escalada del Valladolid empezaba a ser una realidad y es que, en pocos años, aquel equipo que generaba inseguridad y desconfianza se había transformado en un club potente que procuraba de jugadores importantes a nivel nacional e internacional, sin embargo, el trofeo de la ciudad carecía de interés y estaba lejos de ser reconocido como lo son el trofeo Santiago Bernabéu, el Gamper y sucedáneos, el trofeo estaba avocado a la desaparición si no se hacían cambios radicales. Así se hizo, y los cuadrangulares y triangulares pasaron a ser un partido único, un K.O. al más fuerte. El Atlético de Madrid de Baltazar fue el invitado en este caso, saliendo derrotado del feudo blanquivioleta por tan solo un gol. Empezaban a destacar Caminero, Amavisca y Hierro en un equipo que, sin saberlo, estaba plagado de estrellas que pronto emigrarían a otros clubes, como el malagueño que, tan solo un año después, ya estaría en el Real Madrid.

Alineación del 89
Los cambios en el banquillo pese a la buena situación del club no se hicieron esperar y el chileno fue cesado en favor de Skoblar, Moré y Redondo, en una temporada para olvidar, sumidos en el borde de un precipicio del que lograron salir gracias a los goles de Jankovic y Moya. Aunque hubo cambios sustanciosos en la participación y formato del trofeo, el público seguía sin responder, el partido único y los rivales españoles no sirvieron para llenar las gradas y volver al éxito que se tuvo en los inicios. El Real Zaragoza de Antic ganó la estatuilla por un gol.
Numerosos cambios. Periplo por Segunda
Ahora con el colombiano Maturana al frente, el Valladolid volvió a la senda ganadora y alcanzó un noveno puesto gracias a la magnífico registro goleador del extremo Fonseca. El invitado al trofeo fue el Barcelona, el rival más fuerte que había participado en toda la historia del torneo, aún así, los blanquivioletas plantaron cara a los de Cruyff hasta el último suspiro, sucumbiendo en una tanda de penaltis memorable.

Fue en la 91/92 cuando el cuadro castellano sufrió un varapalo histórico, un descenso inesperado de la mano del Mallorca. Una plantilla muy nacional excepto por el entrenador y su influencia, el portero Higuita, Valderrama y Leonel; además del portero titular hasta entonces, Mauro Ravnic, no fue suficiente para conseguir la permanencia. Fonseca volvió a ser el motor de un equipo que contaba con jugadores que fueron importantes como Onésimo, Minguela o Caminero.

La suerte cambió en un trofeo que dejó de importar después de un descenso tan clamoroso. El invitado fue el Internacional de Porto Alegre, que cayó derrotado en los penaltis. El Valladolid recogía dos años después al mini Conde Ansúrez que ya lucía un cartel oxidado que rezumaba desinterés por parte de jugadores, periodistas y aficionados.

César Sánchez con el Valladolid
La pena no duró mucho, tan solo un año en el que el Valladolid vagó por los desangelados campos de Segunda División y poco a poco fue escalando posiciones hasta acabar segundo, empatado a puntos con el Rácing, tercero, y a tan solo dos del Mallorca, a punto de subir a la máxima categoría. El campeón fue el Lleida, cuyo portero, Ravnic, hasta hacía una campaña guardameta del pucela, conseguía el premio Zamora. Los grandes goles de Amavisca y de Alberto López Moreno ayudaron al equipo a conseguir su objetivo primordial, ascender a una categoría de la que nunca debería haber salido. Los entrenadores Saso y Mesones fueron los partícipes de tal hazaña. El trofeo seguía sus derroteros de pesimismo, aburrimiento e intrascendencia. El rival escogido fue el Atlético de Madrid de Donato y Schuster que fue batido en los once metros al final de un partido que lejos de ser vistoso, provocó que Morfeo hiciera acto de presencia.
Vuelta a la élite y tercera etapa de Cantatore
El regreso a la Primera División fue agrio, y como siempre en el Valladolid, intenso. Hasta la última jornada los de Moré no se salvaron de la quema, tanto es así que quedaron 18º, es decir, en el farolillo rojo, sin embargo, fue el Rayo Vallecano – 17º- quién finalmente descendió. Baraja y César Sánchez empezaron a despegar en un equipo cuyo único salvador en ese momento podía ser el delantero Alberto. El Palmeiras fue el visitante en el partido del trofeo. Dos goles sirvieron a los pucelanos para que éste luciera en sus vitrinas. Los ánimos seguían exasperados hacia el torneo y parecía que aquellos años de esplendor jamás se volverían a repetir.

Los tiempos en los que el Zorrilla era una fiesta quedaron atrás y ahora, el nerviosismo impregnaba el frío ambiente de los domingos por la tarde en las gradas albivioletas, anhelantes de conseguir la salvación lo antes posible. El juego local dejó mucho que desear y acabaron la Liga penúltimos, aunque en este año, el Valladolid también se salvó de la debacle futbolística que supone la Segunda División al bajar solamente el Logroñés. La fórmula para atraer espectadores al trofeo cambió radicalmente; el formato de un único partido se suprimió, optando por un triangular de 45 minutos por encuentro. El Atlético de Madrid y el Tenerife estrenaron dicho modo de juego. Sendos empates de los colchoneros y una victoria local contra los isleños decantaron la balanza a favor de la franquicia vallisoletana una vez más.

La 95/96 fue una campaña de reorganización táctica y técnica, la renovación de la plantilla rejuveneció al equipo, y la directiva escogió a un joven Rafa Benítez para dirigir desde el banquillo aunque pronto fue sustituido por el hijo, más bien abuelo pródigo, Vicente Cantatore. El estilo de juego cambió radicalmente; ahora primaba la defensa en vez del ataque adoptando una formación 6-3-1 con Marcos – actual director deportivo – y Torres Gómez – actual entrenador del Real Valladolid B – en los extremos, Quevedo y Peternac como las principales referencias de ataque y el ya histórico César Sánchez en la portería. Finalmente, se alcanzó un 16º puesto que dejó un buen sabor de boca.

Los invitados para conseguir el trofeo ese año fueron Atlético de Madrid y la Real Sociedad de Gica Craioveanu y Karpin. Dos empates a nada dejaron a los locales fuera de la pugna por su estatuilla que finalmente, consiguió el Atlético de Madrid. La afluencia de público aumentó ostensiblemente pero el desembolso económico para el club era desmedido.

Peternac, delantero del Valladolid
La temporada venidera fue realmente buena, obtuvieron un séptimo puesto gracias a la pizarra del entrenador chileno que cambió el pelotón defensivo por un convencional 4-4-2 con numerosas incorporaciones, entre los más sustanciales están los de Edu Manga por banda derecha, Fernando por banda izquierda y Víctor Fernández en la punta de ataque, formando pareja con el croata Alen Peternac. Los goles de Víctor, Quevedo y Fernando ayudaron al equipo a escalar posiciones y colocarse en la zona ambiciosa de la tabla. Visto el despilfarro de dinero empeñado para sacar adelante el trofeo ciudad de Valladolid, se prefirió volver a la dinámica de un solo encuentro, y con ella, la expectación estuvo bajo mínimos. El Racing de Santander de Marcos Alonso sucumbió en los penaltis al conjunto local.
Cantatore fue destituido en la tercera jornada, la cesión de su puesto fue, al menos, curiosa. El chileno entraba a un programa deportivo de radio y a los pocos minutos de su irrupción, hacía acto de presencia el vicepresidente, que tras una acalorada discusión, no dudó en despedirle. Aquel que llevó al Valladolid a lo más alto se quedaba a las puertas de ver como su equipo derrotaba al Skonto de Riga en UEFA. Con Vicente aún a la cabeza del barco morado, se disputó la edición XXV del Trofeo frente al Salvador de Bahía brasileño, con el que perdió por un gol. Los partidos eran cada vez más tediosos y ni siquiera los medios locales se hacían eco del resultado. Sergio Kresic fue el sustituto del longevo entrenador que acabaría fichando por el Betis.
Kresic, Manzano y Moré. Los años de la calma

La formación cambió radicalmente a una más atacante, con tres delanteros de referencia como eran Víctor, Klimowicz y Peternac. Fueron los trece goles del último los que hicieron que el Valladolid alcanzara una reconfortante onceava plaza. La temporada 98/99 no distó mucho de la anterior, los jugadores eran prácticamente los mismos a excepción del destacado Caminero que volvía a casa después de una larga estancia por el Vicente Calderón, Alberto también fue repescado del Santander, al igual que Turiel del Toledo, dónde estuvo cedido durante un año y el ya talludo extremo Vizcaíno, también de la disciplina colchonera. El trofeo, como cada año, discurría sin más trascendencia que unos forofos aglutinados en un sector del Zorrilla animando al frío o al calor del imprevisible agosto vallisoletano. El Betis se lo llevaba por un solo gol, siendo ya dos años seguidos los que los blanquivioletas se quedaban sin su premio.

Los numerosos cambios parecieron no afectar a la plantilla, que, estoicamente, llegaba a coronar un octavo puesto a manos de Gregorio Manzano. Víctor y Rodrigo – fichado al Real Madrid - pusieron el gol, mientras que Caminero, Vizcaíno y Harold Lozano, pusieron la calidad en un esquema que volvía a ser más defensivo que ofensivo con una línea de cinco zagueros. Tercer año consecutivo sin “galardón”, el trofeo viajaba a algún ilustre sitio del Sardinero de forma más que merecida, batiendo tres veces la meta defendida por César Sánchez.

Milenio nuevo, vida nueva y entrenador nuevo. Goyo Manzano fue destituido en el verano y sustituido por el argentino Francisco Ferraro, quién siguiendo la línea de su predecesor, optó por no hacer muchos cambios en el once inicial pero volver al 4-3-3. César y Peternac se marcharon de la filosofía blanquivioleta y su puesto lo ocuparon con mucho menos acierto Albano Bizarri y Kaviedes. Eusebio entró en la formación inicial, mientras el cafetero Harold Lozano descansaba en el banquillo junto a otro que durante largas temporadas fue fundamental, el central boliviano Peña.
Los malos resultados estuvieron a pique de mandar a los vallisoletanos a Segunda División, por lo que Moré volvió a tomar las riendas de la nave y redirigió a la plantilla para salvar la categoría. El trofeo por fin se ganó con una victoria contundente por cuatro goles a uno al Aris de Salónica griego; equipo que, tradicionalmente, ha tenido buena relación con el Real Valladolid. Después de algunos años de sequía, el trofeo volvía a lucir en el estadio local.

Moré siguió a cargo del equipo durante toda la temporada siguiente, renovó totalmente la plantilla y consiguió un doceavo puesto, bastante más aceptable que el del año pasado, al borde del abismo. Óscar González y Javi Baraja ya asomaban la cabeza aunque aún estaban lejos de ser importantes en el equipo. Los que sí lo fueron son Fernando Sales, Fernando, Tote y Luis García, los dos últimos fichados de Real Madrid y Tenerife, respectivamente. La luz que había otorgado Caminero todos esos años en Valladolid se apagaba lentamente y el juego se resentía sin la mejor versión de un medio centro de garantías como él. Por otra parte, el torneo se desarrollaba esta vez contra el Perugia, y, de nuevo, el Valladolid se lo llevaba en un emocionante encuentro que terminó con un 3-2. Pequeños núcleos de aficionados estaban diseminados por todo el José Zorrilla, aumentando la media de público de los últimos años.

Una campaña más Moré dirigió al equipo, cosa que no pasaba desde tiempos de Cantatore. La alineación volvió a ser la básica en esa época, un 4-4-2, con cambios importantes en los tres cuartos de cancha. Aganzo y Nico Olivera se desmarcaron como delanteros titulares, Colsa se convertía en el nuevo extremo izquierdo y el salmantino Óscar González era titular en el medio centro, formando pareja con un deslucido Caminero que ya contaba con 35 primaveras. Los resultados no fueron muy alentadores aunque el descenso quedaba lejos. El peso del equipo se dividió sobre todo en el centro del campo y en la delantera, ambas demarcaciones con medias de edad en torno a los 22 años si el actual director deportivo del Atlético de Madrid no hubiese sido integrante del once base.

Vuelta a Segunda. Fernando Vázquez y Kresic

El trofeo se quedaría de nuevo en manos de los pucelanos al vencer en la tanda de penaltis al Deportivo de la Coruña. Aún sin la repercusión mediática de los inicios, el trofeo iba ganando prestigio y adeptos. Moré fue sustituido en el verano por Fernando Vázquez con un resultado realmente nefasto. El club, después de una década en la máxima categoría del fútbol español volvía a dar con sus huesos en los hostiles y difíciles campos de Segunda.

Makukula, delantero del Real Valladolid
La alineación volvió al 4-3-3, con Makukula, Chino Losada y Sousa en la punta de ataque, Fernando Sales, Óscar González y Jesús Sánchez en el centro del campo, y en la defensa Richetti y Julio César de centrales y los laterales Marcos y Torres Gómez, custodiando las bandas menores desde hacía ya muchas temporadas. El único jugador que dio la cara fue Óscar que con sus diez goles estuvo a punto de salvar al Valladolid de ir de la mano de Celta de Vigo y Murcia. El rival por el trofeo fue en este caso el Girondis de Burdeos al que los de Vázquez marcaron dos goles. El liderazgo del pucela en el torneo era ya un hecho tras muchos años dejando el premio gordo en manos ajenas.
El nuevo destino del Valladolid en la 2004/2005 fue una sexta posición, muy lejana de la tercera conseguida por el Alavés y que certifica el ascenso. El once inicial cambió por completo, en la zaga solo quedaba Alberto Marcos, el siempre capitán. Mario, Mateo y Óscar Sánchez completaban dicha línea. Robles, Figueredo y Chema formaban en el centro del campo y Sousa, Aduriz y Víctor arriba.

Aduriz llegó a la ciudad del Pisuerga con tan solo 23 años procedente del Burgos de la mano de Víctor, éste procedente del Villarreal, viviendo su segunda etapa con los castellanos. Entre Aduriz, Víctor y el suplente argentino Hoyos se repartieron los goles, además de algunos de Losada, Antón, Sousa, Figueredo y Óscar Sánchez. El boliviano Peña, ya veterano en el equipo, se marchó al submarino amarillo, Sales al Sevilla y el gran Óscar al Zaragoza.

Obviamente, el de Castrofeito fue cesado y Sergio Kresic volvía al timón del barco, ahora más bien barca. Visto que el objetivo redentor quedaba lejano, el croata fue también destituido a falta de 10 jornadas para la conclusión de la Liga en favor de Marcos Alonso, ex de Racing, Sevilla, Atlético de Madrid y Zaragoza. La participación en el trofeo corrió a cargo del Sevilla, que, después de empatar a uno, sucumbió a los penales lanzados por los locales por 3 a 2. El torneo volvía a tener la aceptación que tuvo aunque nunca llegó a ser un Colombino o un Teresa Herrera.

La segunda temporada en la ponzoña que siempre ha supuesto tanto económica como socialmente la División de Plata al Real Valladolid no mejoró, todo lo contrario, el equipo se quedaba a mitad de la tabla. Trató de renovarse nuevamente con jugadores españoles y algún que otro uruguayo. El fichaje más destacado de los de Marcos Alonso fue el guiputxi Joseba Llorente que llegaba procedente del Eibar. El esquema táctico seguía siendo el mismo, un 4-3-3 al uso con mucha movilidad arriba. El tridente Sousa, Llorente y Víctor funcionó a las mil maravillas, marcando 28 goles entre los tres. La conexión arriba fue magnífica, de hecho, Sousa podía ser sustituido por Aduriz con facilidad ya que la calidad de los suplentes no distaba tanto de la de los titulares. Alberto Merino se hizo cargo del equipo a falta de diecisiete encuentros para echar el cierre a la competición ya que ni mucho menos se iba a conseguir el objetivo del ascenso con unos resultados como los que estaba consiguiendo Alonso en su día.

El trofeo siguió ya su discurso normal como un día conmemorativo más, incluido en el programa de fiestas de la ciudad y con una afluencia de público que aumentó exponencialmente según pasaban los años. El Zaragoza fue el invitado para batir el récord del Valladolid, pero éste tampoco lo consiguió, siendo los locales justos ganadores en un bonito duelo cuyo broche lo puso Aduriz.

Ascenso gracias a la conexión vasca

El inminente cambio llegó con Mendilibar, el equipo sufrió una metamorfosis sorprendente. Todos los jugadores que el año pasado conformaban el once inicial habían sido sustituidos, solo quedaron dos, Víctor y Llorente; se vendió a todos los futbolistas que irrelevantes y se dio entrada a distintas nacionalidades y nuevas ideas de fútbol. Aduriz, tristemente, se marchó al Athletic de Bilbao y el portero titular, Bizarri, al Tarragona. Los jugadores que saltaban al campo habitualmente eran todos españoles, siendo Kome, De La Cuesta, Manchev y Gonzalo Vicente los recambios extranjeros. Se volvió al 4-4-2, con Alberto, casi cuarentañero, en los palos – acabó siendo Zamora -, Marcos en el lateral izquierdo, Baraja e Iñaki Bea en el centro y Pedro López en el lateral derecho. Por bandas jugaron Sisi y Álvaro Rubio, en una posición que, claramente, no fue la suya, Capdevila y Borja Fernández completaron la línea de mediocampistas. Víctor y Llorente fueron fijos en el ataque.
Con trabajo duro y paciencia se consiguió alcanzar la primera plaza, haciendo del ascenso un ascenso imborrable de la memoria de los aficionados, el mejor de toda la historia del club. Se llegó a los 88 puntos, cosa que nunca se había materializado en Segunda División y sus killers se quedaron a las puertas de conseguir el premio al máximo artillero. Víctor hizo 19 goles mientras que Llorente convirtió 17. Todo gracias al coraje de unos jugadores que no se rindieron nunca y al carisma de un entrenador trabajador, de los de antes, que tiene las cosas claras y al que no le vale quedar segundo, su ambición le llevó siempre a ganar. El fervor del público asistente llevó a que el trofeo de ese año fuera un éxito, el rival, el Getafe, y el resultado, 4-5 desde el punto de penalti.
El retorno del rey de Segunda fue a la par emocionante y a la par desastroso, llegaban esos años de incertidumbre cuando la última jornada era el juez que sentenciaba si eras carne de primera calidad o de segunda. El partido en cuestión fue contra Recreativo de Huelva, el perder llevaba al pozo, empatar o ganar significaría que el Zorrilla volvería a lucir anuncios en neones y no volver a los papelones de Helios que pateaba insistentemente Joseba cada vez que marcaba gol. Finalmente, esos carteles publicitarios estuvieron electrificados. La pareja de centrales cambiaba por completo, Iñaki Bea y Baraja daban paso a Rafa y a García Calvo, que volvía al Valladolid para terminar su andadura futbolística. Vivar Dorado sustituía a Borja en el centro del campo formado por tres efectivos, arriba, Sesma, Llorente y Víctor. Un arriesgado 4-3-3 para un equipo que volvía a Primera tras unos cuantos años en el calvario del segundón. Llorente volvió a dar una clase de cómo ser delantero, mientras que Víctor bajó su gran marca goleadora. El vasco se ganó un puesto entre los Van Nistelreooy, Eto’o o Forlán, también con dieciséis goles a sus espaldas. La afición vivía unos momentos espléndidos aunque aún quedaba mantenerse otros años más y hacer sólido el argumento de que el Valladolid es un equipo de Primera. El trofeo se disputó en octubre en vez de en agosto contra un rival de altura, el Lille, ciudad hermanada con Valladolid. Los franceses ganaron por dos goles a uno, llevándose la estatua lejos de casa. Mendilibar había creado un grupo humano impresionante, con jugadores que eran una piña y con una afición crítica que no dudaba en denunciar aquello que no veía con buenos ojos.
La tercera temporada del de Zaldívar fue más emocionante si cabe que la anterior, con la salvación conseguidaen el último suspiro gracias a un gol de Aguirre contra el Betis, el Valladolid saltaba de júbilo pese a que nuestra permanencia significaba el descenso de los verdiblancos después de largos años en la cima del fútbol español. La marcha más memorable fue la de Sisi al Recreativo de Huelva, jugador querido por toda la afición blanquivioleta, recordado por las magníficas tardes y deleites que propuso a un público que sufría en cada partido por rascar algún punto. Manchev se marchó al CSKA de Sofía, éste aunque nunca sobresalió, ayudó enormemente en la sombra para que el Valladolid cumpliera sus metas. Pero la noticia que más dolió al pucelano de a pié fue el fichaje de Llorente por el Villarreal. Su goleador se marchaba y encontrar al sustituto ideal iba a ser muy difícil. Se incorporó al sueco Henok Goitom, pero no logró hacer olvidar a Joseba. Sus diez goles se quedaban lejos de los registros conseguidos por el vasco y la errante búsqueda por un delantero fiable se demoró hasta volver a caer por el precipicio.

Pedro León partía como ese fichaje que sería el pilar fundamental de la permanencia, y, en parte, así fue, sin embargo, la avaricia rompe el saco, y el jugador se marchó en busca de horizontes más prósperos, llegando a fichar por el Real Madrid y siendo vapuleado por el mundo de las estrellas al que él no estaba acostumbrado. El partido de ferias de ese año quizá sea uno de los más bonitos que se recuerdan, el resultado acabó con un Real Valladolid 5 – 2 Athletic de Bilbao, ganando ya por tres goles en la primera mitad. Los goles fueron del jugador del filial Kike, tres de Vivar Dorado y el último de penalti, obra de Javi Baraja.

Mendilibar y Carlos Suárez
Los números en la siguiente campaña no fueron nada buenos pero sobre todo, lo que le faltó al equipo fue continuidad. El descenso estuvo más apretado que nunca, solo tres puntos separaban al último de la cola y al 17º, que, en este caso fue el Málaga, el que se salvaba. El último partido debería ser épico para que el Valladolid siguiera en Primera; el Barcelona de los 99 puntos esperaba con cuatro goles que acabarían con la utopía pucelana. Los cambios fueron importantes, muchos de aquellos que un día fueron primordiales decían adiós, como es el caso de Víctor o de García Calvo. Los fichajes prometían ver un fútbol vistoso, la llegada de Manucho procedente del Manchester, la vuelta de Sisi, la incorporación de Nauzet Alemán, la de Alberto Bueno o la del mismo Diego Costa. Jugadores que prometían mucho y que finalmente, se quedaron en nada como el caso de Bueno y Manucho, ambos vinieron por millonadas y nunca destacaron por sus virtudes, más bien, por sus correrías nocturnas como ocurrió con el angoleño.
Descenso y reconstrucción íntegra del equipo
La cadena de malos resultados llevó a la destitución del siempre querido Mendilibar; el entrenador del filial, Onésimo, se hizo cargo del equipo pero su incompetencia hizo que se tuviera que buscar de urgencia a un entrenador con experiencia. El nombre fue Javier Clemente que, a punto estuvo de salvar la categoría. El trofeo se lo volvió a adjudicar el Real Valladolid, el oponente fue el Villarreal tras una gira por Inglaterra donde los pucelanos se pudieron medir con Ipswich Town y Stoke City.

Los años precedentes fueron un transcurso de vivencias por Segunda División, la primera temporada fue de prueba, faltaban jugadores y la dirección deportiva no era la mejor que se podía tener. Se fichó a un entrenador sin ninguna experiencia, simplemente fue el mano derecha de Rafa Benítez en el Liverpool. Marc Valiente, Jesús Rueda, Javi Guerra, Nafti, Peña y Óscar González - volivó del Olympiakos - fueron los principales artífices de que el Real Valladolid tuviera una sólida base que llevaría a un ascenso muy esperado. Antonio Gómez fue destituido, se fichó a Abel Resino, y, aunque los resultados no fueron del todo alentadores, sirvieron para disputar el play-off de ascenso en el que los errores en defensa y portería sepultaron los sueños de volver a medirse con un Madrid o Barcelona. La delicada situación económica no permitió que se pudiera disputar una nueva edición del Trofeo Ciudad de Valladolid, cosa que no pasaba desde el 1983; y es que, la deuda aliñada con la recesión formó un cóctel explosivo que obligó al presidente, Carlos Suárez a comprar la mayor parte del club, y salvarle de la desaparición. Inmersos en un proceso de concurso de acreedores, los fichajes se limitaron y se inspeccionaron con lupa.

Óscar, el hijo pródigo
La llegada del serbio Mirsolav Djukic creó expectación e incertidumbre ya que el equipo, necesitado de savia nueva, tenía unos claros objetivos; conseguir el ascenso a Primera. El eje fundamental de jugadores del año anterior seguía intacto, Javi Guerra volvió a ser el punto de inflexión de la plantilla y el jugador más destacado en un ascenso que no se hubiera producido sin sus goles, al igual que los de Óscar. La filosofía Djukic caló hondo en la ciudad, basada siempre en la austeridad, humildad y buen trato del balón, logró enarbolar la blanquivioleta hacia lo más alto bajo un lema: “Somos Valladolid”.
El ascenso volvía a jugarse en los play-off, una vez derrotado el Córdoba, tocaba medirse con el Alcorcón de Anquela y, tras dos emocionantes partidos, la alegría volvió a una ciudad que pasaba por malos momentos y tenía dudas sobre si su equipo seguiría existiendo o no. Un ascenso que movió a masas y que estuvo a punto de borrar el conseguido por Mendilibar. Pese a que la hucha del club no era aún muy boyante, el trofeo siguió el curso de su historia. El Getafe se vio las caras con el Valladolid en un partido somnoliento, aburrido, con menos espectadores que en las últimas ediciones y con un solitario gol al final del mismo, obra de Casquero.
Ascenso con Djukic, una nueva forma de ver el fútbol

Ya de vuelta a la cabeza del fútbol mundial, el Valladolid de Djukic seguía impartiendo clases magistrales de cómo tocar un balón con cabeza, estilo y precisión. Muchos alabaron su juego y sus exitosos fichajes a coste cero; un trabajo bien hecho del director deportivo, Alberto Marcos, y de un ayudante en la sombra, Iñaki Bea. La salvación se consiguió pronto, con menos apuros de los esperados en una temporada para enmarcar con un equipo magnífico que predicaba el juego de posesión, la velocidad a la contra y un equilibro ataque-defensa que sorprendió a los gigantes de la categoría. El invitado este año para disputar el torneo local serían los vecinos vascos del Athletic. Después de salir malparados hacía algunos veranos en el trofeo al caer 5-2, los de Bielsa intentaron al menos mostrar una mejor cara en una tarde que, afortunadamente, recordó a la del 2008. El encuentro acabó con 2-2, de Ebert y Neira por parte del cuadro local y de Ibai y Toquero por parte de los visitantes. Finalmente, los leones ganaron por 1-3 en los penaltis.

Ya en la actualidad, Juan Ignacio Martínez es el nuevo entrenador. Djukic marchó a Valencia, su segunda casa, ya que la primera fue La Coruña. Buscando retos más ambiciosos que salvar la categoría. Por ello se disputa la XL edición contra los de la ciudad del Turia que cuenta con un ex blanquivioleta en sus filas, Barragán, y al ya mencionado Mirsolav en el staff técnico. Un partido que será recordado por el regreso al que un día fue su hogar, y que, dado que implantó una nueva forma de ver el fútbol en una ciudad chapada a la antigua, lo sigue siendo.
Muchos años de historia, cuarenta que se dice pronto. Con sus virtudes y defectos, buenas épocas y otras no tanto. Ilusión y cariño en un día de fiestas reservado para los futboleros que desde tiempos inmemoriales han formado una hinchada formidable que casi siempre respondió a la llamada de su club; en los momentos difíciles se mantuvo incorruptible, y, en los de mayor gloria, animó hasta que las gargantas carraspeaban melodías inaudibles. Por todo ello el Valladolid es un club grande, por sobreponerse a los obstáculos que le ha deparado el camino y por plantar cara al Goliat. Nadie dijo nunca que esto del fútbol fuera fácil pero sí precioso.

Datos generales del Trofeo

Equipo con más trofeos Real Valladolid (20)
Segundo(s) equipo(s) con más trofeos Dinamo de Kiev, Zaragoza, Atlético de Madrid y Getafe
Equipo con mayor participación después de la del Valladolid Atlético de Madrid
Mayor goleada a favor de los locales 5-2 (2008, Real Valladolid-Athletic de Bilbao)
Mayor goleada a favor de los visitantes 0-5 (1982, Real Valladolid-Cruzeiro)

Palmarés

Fotos: Wikipedia | Zimbio | Blanquivioletas | Prosoccerstars | El Norte de Castilla | Real Valladolid | PasionVioleta

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