Menos corazón, más cabeza
La impulsividad de algunos canteranos como Iago Aspas privó al Celta de la victoria en algunos derbis; con el paso del tiempo y la llegada de fichajes, el equipo consiguió por fin derrotar al eterno rival (Foto: Mundo Deportivo)

En el año 2011 se producía el ansiado reencuentro entre dos enemigos irreconciliables. Los dos máximos exponentes del fútbol gallego, que habían maravillado al planeta fútbol solo un puñado de años antes y que habían regalado escenas inolvidables y alguna que otra bronca en sus enfrentamientos, volvían a verse las caras. En los cuatro años anteriores, el Celta tuvo que reinventarse ante unas penurias económicas que a punto estuvieron de asfixiarlo. La consecuencia positiva fue una amplia nómina de canteranos, que reforzaron la lógica identidad colectiva del celtismo. Pero la parte negativa de tanto sentimiento aparece, inevitablemente, ligada a o noso derbi.

En Segunda mandó el Deportivo

Tras unos años de sobresaltos, el Deportivo también acabó por descender a Segunda. Sin embargo, Augusto César Lendoiro seguía intentando perpetuar su modelo, y en la temporada 2011-12 apostó por mantener el bloque del año anterior, lo que le acabaría costando entrar también en ley concursal. Y así, con un Deportivo fuerte y un Celta de casa volvían los derbis cuatro años y medio después.

Los gestos de Yoel a la grada delataban que los canteranos vigueses sentían algo similar a su afición

Sin duda, quien más los esperaba era el celtismo, ansioso por recuperar su lugar junto a los grandes. En la ida en Riazor, donde el Celta llegó por delante en la clasificación, Paco Herrera alineó a nada menos que seis futbolistas gallegos, por dos de Oltra. Pero fue un partido decidido en pequeños detalles, que cayeron todos del lado local.

Más cruel si cabe para los intereses vigueses fue el partido de la segunda vuelta en Balaídos. El partido más esperado durante años. La revancha. Y los gestos de Yoel a la grada en el calentamiento, besándose el escudo en dirección a las cuatro gradas, delataban que los canteranos vigueses, siete en el once inicial, sentían algo similar a su afición. Y quizá ese cóctel de emociones, que no es malo en sí mismo, afectó a unos jóvenes futbolistas, que tuvieron que remar, y mucho, para levantar un dos a cero, y para morir en la orilla con tanto del gallego, y antiguo aficionado celtista, Borja Fernández.

El punto culminante

Los derbis de Segunda le otorgaron la supremacía gallega al Deportivo, que ascendió como campeón acompañado por el Celta. Ambos equipos se habían citado ya en Primera con todas las ganas para un nuevo desquite. Pero otra vez le tocó al Celta el papel de equipo acelerado, con algo que demostrarse a sí mismo y a los demás. La primera cita llegó enseguida, en octubre, en Balaídos, pero estuvo protagonizada por la decisión del árbitro de dejar con diez al Celta que, por una vez, había conseguido adelantarse en el marcador con seis gallegos en el once y una de las famosas ‘bermejinhas’. Juan Domínguez, otro gallego, empató antes de la expulsión, e hizo que el Celta siguiese esperando ansioso la victoria en un derbi.

En el vestuario vigués había algunos futbolistas que necesitaban madurar para afrontar las exigencias de un derbi

Seguramente el ejemplo más claro de la tesis que intentan demostrar estas líneas se produjo en el clásico de la segunda vuelta, al que llegaban un Deportivo casi desahuciado y un Celta con muchísimas urgencias, ya sin Paco Herrera en el banquillo. Tampoco estuvo en el césped Hugo Mallo, pero el canterano de Marín, y hoy uno de los capitanes del equipo, fue el primer protagonista del encuentro cuando trascendió una foto suya en uno de los autobuses que viajaban hacia A Coruña. Una burla que el deportivismo se tomó como una afrenta, y que influyó en un ambiente infernal. Demasiado para los nervios de otro canterano, Iago Aspas, que dejó a su equipo inexplicablemente con diez a la media hora. Suficiente para que un Celta con cinco canteranos sucumbiese ante un Deportivo en el que solo jugó un gallego, pero que se llevó el partido. La posterior entrevista a Bermejo, que ejerció de hermano mayor sin paños calientes, aumentó esa sensación de que en el vestuario vigués había algunos futbolistas que necesitaban madurar para afrontar las exigencias de un derbi.

La cura llegó de Argentina

El descenso deportivista evitó los derbis la temporada siguiente, y le dejó clavada una espinita al celtismo, que seguía esperando una victoria ante el eterno rival desde su obligada catarsis. En ese intervalo llegó Luis Enrique, el Celta dio un salto de calidad al tiempo que el peso de la cantera iba menguando en la plantilla y, sobre todo, en el once inicial. Tras un año de éxitos, el asturiano emprendió su deseado camino al Camp Nou, y dejó su lugar en el banquillo a Eduardo Berizzo, un vestigio de la edad de oro de o noso derbi. Como buen argentino, el Toto completó la transición de las emociones por el derbi desde el césped al banquillo. Sus arengas antes de los clásicos, aunque fueran amistosos, como el de Pasarón, tuvieron el efecto deseado, ni más ni menos.

El descenso en número de canteranos ya se apreció en Pontevedra, donde Eduardo Berizzo tenía la opción de utilizar a toda su plantilla. En el encuentro solo llegaron a jugar siete gallegos, sumando a los del primer y segundo equipo. En el once titular formaron cuatro, y participaron de una victoria premonitoria, que probablemente tuvo un efecto balsámico en los enfrentamientos ligueros que vendrían después. Nolito y Larrivey, que se empezaba a erigir como el señor de los derbis, obraron el milagro.

Falta encontrar un equilibrio perfecto entre la pasión de estos choques y la sangre fría necesaria para llevárselos

Quien sabe si espoleados por el resultado de Pasarón, o por sentirse superiores al eterno rival, los celestes supieron sobreponerse a ese estado de ansiedad que les atenazó en anteriores citas. El primer derbi liguero llegó ya en septiembre, con tres gallegos en el equipo titular. Y a pesar de los buenos augurios, a los vigueses les temblaron las piernas en algunos tramos del partido. Por suerte para el Celta, contaba con un Nolito que no entiende de estados de ánimo y sí de encarar y encarar hasta lograr su objetivo, y con un Larrivey que prolongaba su espectacular arranque de temporada a la salida de un córner. Para acabar de espantar a las ‘meigas’, la victoria la aseguró Sergio Álvarez parando un penalti sin tiempo más que para celebrar, por fin, un triunfo en el clásico.

La confirmación final de que el Celta había completado su transición, y le había perdido el miedo a los derbis, llegó en Riazor. Fue el día en que la representación gallega alcanzaba cotas mínimas, y comenzaba a recordar a la de los legendarios clásicos protagonizados por Djalminha y Mostovoi. Solo dos gallegos formaron parte del once por cada equipo: en el Celta, Sergio y Jonny, aunque Álex López entraría de refresco en la segunda mitad. Por el Deportivo, Álex Bergantiños y Lucas Pérez, que vivía su primer derbi en Riazor. Y fue el coruñés, con una amplia trayectoria a sus espaldas, el que mostró mayor ansiedad, más prisa por hacerlo todo bien, con resultado negativo para su equipo. La victoria cayó otra vez del lado vigués, con goles de Charles y Larrivey, fruto de la calma y aprovechando errores del rival. Algo parecido a lo visto en aquellos primeros clásicos de la temporada 2011-12. Una época que, para el Celta, parece ya muy lejana.

Es inevitable deducir que el peso de la cantera ha ido menguando a medida que el Celta crecía y revisaba sus objetivos. Una mala noticia para A Madroa, inevitable en el mundo del fútbol cuando un club aspira a cotas más altas. Sin embargo, por lo visto, esta tendencia ha tenido una influencia positiva en los resultados de o noso derbi. Falta encontrar un equilibrio perfecto entre la pasión de estos choques y la sangre fría necesaria para llevárselos. El sábado, salvo sorpresa, los ojos estarán puestos en cuatro canteranos en Riazor: Sergio, Jonny, Hugo Mallo y Iago Aspas. De ellos depende demostrar que han aprendido lecciones pasadas, y que están listos para cargar con el peso de un escudo, de una ciudad y de aproximadamente la mitad de Galicia en el clásico.

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