La mano que mece la pena
Imagen: La Liga.

El Ángel Carro lucense bien parecía el Nuevo José Zorrilla en una noche de diciembre. Con niebla y el césped prácticamente cubierto de escharcha matutina dio comienzo un encuentro en el que el Pucela parecía adaptarse bien a las circunstancias, más habituales a las que se encuentra en casa que cuando juega a domicilio. Miguel Ángel Portugal observaba desde la banda cómo los suyos, en una alineación novedosa vistas las múltiples bajas que azotan a los vallisoletanos, saltaron al campo con ganas de prorrogar la buena dinámica iniciada en Zaragoza.

Ante las bajas de Marcelo Silva, Rodri, Samuel y Leao con respecto al once que formó en La Romareda, el entrenador burgalés dio paso a jugadores poco habituales en esas posiciones, pero que no tardaron en hacerle ver al técnico que ellos también quieren jugar. Delante, un Lugo que siempre es correoso ante su público, más ahora que Luis Milla quiere que los lucenses combinen y tengan la pelota por bandera.

A pesar del territorio hostil y las ausencias, el Valladolid se hizo fuerte en el centro del campo rival y no tardó en firmar alguna llegada con peligro. Óscar tuvo en sus botas dos oportunidades que el Óscar de temporadas anteriores hubiera convertido sin dificultad, pero que actualmente pierde el esférico ante la pugna con el defensa. Mejor suerte vivió el otro capitán de la plantilla, Álvaro Rubio, estupendo en la creación de fútbol y que, con sendos pases entre líneas, propició las ocasiones más claras del conjunto visitante.

Inesperado guion el del dominio morado sobre los de blanco y rojo, con una primera media hora de marcado protagonismo pucelano. Con Mojica en su línea, tan peligroso como torpón a la hora de tomar decisiones, Diego Rubio estuvo cerca de adelantar a los suyos, pero solo unos palmos impidieron su estreno de cara a puerta.

El paso de los minutos mostró al Real Valladolid en su tónica de equipo vulnerable, con un ex como Jonathan Pereira intentando generar peligro. El buen primer tramo de partido de los castellanos, cómo no, empezó a diluirse. El CD Lugo recuperó la posesión y devolvió a su rival a su triste realidad: equipo flojo y dominado en todos los sentidos. Tras alguna intentona sin mucho acierto, el descanso mandó a vestuarios a dos equipos que no merecieron el gol, pero que tuvieron sus respectivos datos de mandato.

Mojica lo cambia todo

La reanudación levantó la niebla, literal y futbolística, que imperaba sobre el Ángel Carro. No tardó en llegar la desgracia habitual sobre los de Portugal, ya no desgracia, sino poca inteligencia. Esta vez fue Mojica el responsable de firmar la tarjeta roja, algo cada vez más habitual, en una acción en el centro del campo. Agarrón, segunda amarilla y a casa. Quizá excesivo castigo, pero más castigo es ver cómo el colombiano sigue a un nivel indigno.

Con este caldo era cuestión de tiempo el tanto local. Efectivamente, así fue, nuevamente con error de la zaga pucelana. Hermoso se come a su marca, que cabecea sin que Kepa logre parar el remate en su estirada. 1-0, brazos en jarras y a sacar de medio, el pan de cada fin de semana. Lo único positivo, para el más optimista del lugar, sería que hubiera una reacción del Real Valladolid o que el Lugo se equivocara y se pegara un tiro en el pie.

Los primeros compases tras el tanto de Joselu mostraron a un equipo desorientado, más cercano de recibir un segundo gol que de mostrar carácter y alcanzar la igualada. Portugal movió banquillo ante la mayor posesión de los de Milla, en superioridad numérica, y curiosamente, ya que no es habitual que los albivioleta destaquen por su suerte, el rumbo del partido cambió, pero no por mérito pucelano sino por demérito lucense.

Sin más ocasiones que un rebote de Tiba y alguna inocente acción a balón parado, llegó el córner jamás esperado. El balón colgado salió repelido de puños, pero no a manos del portero, sino que Iriome se puso en la piel del guardameta y cometió un penalti no de libro, de auténtico manual. Tras la desgracia de Almería quedaba la duda de quién patearía desde los once metros. Con Mojica fuera de escena fue Guzmán el que asumió la responsabilidad de poder rascar un punto de tierras gallegas.

Su disparo entró, de milagro pero entró, y mostró cómo el azar que gobierna el fútbol también tiene a veces un guiño hacia el Real Valladolid. Muy rara vez, sí, pero nunca se puede decir nunca en este deporte. Con el 1 a 1 ya en los luminosos el Lugo trató de devolverle la alegría a su público, bastante descontento con el colegiado a juzgar de los cánticos que le dedicaron al del silbato. Entre insultos y pérdidas de tiempo, ya que aunque no abunde en Pucela también esa plantilla tiene algo de oficio, se puso fin a la visita al Ángel Carro.

Pese a no haber caído tras sufrir inferioridad numérica, las sensaciones generales siguen invitando a ese que si sí que si no que sigue caracterizando a los pucelanos. La primera media hora hizo ver el camino a seguir, con protagonismo con el balón y llegadas, aunque no materializadas, sobre el arco del oponente. El resto del choque, más allá de la mano que cometió el jugador del Lugo, recuperó la tónica gris y dominada, a expensas del rival y que depende solo de destellos de fortuna o acierto para conseguir algo positivo. 

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