Muhammad Ali, el día en el que el boxeo murió

El pasado 3 de junio de 2016, ha quedado grabado en el calendario mitológico del deporte como aquel en el que se nos marchó otro trocito del siglo XX y como el día en el que el boxeo murió.

Muhammad Ali, el día en el que el boxeo murió
Foto: JOHN ROONEY (AP)

En un hospital  de Phoenix el tiempo transcurre con una lentitud inusitada, los segundos pesan como una losa y los minutos  constituyen el instante detenido de una inmensa contradicción, en una de sus habitaciones se apaga muy lentamente la llama de Cassius Marcellus Clay, Jr. de Muhammad Ali. La maldita paradoja de la vida puso en el camino de uno de los mejores deportistas del siglo XX el párkinson, precisamente en el del boxeador con los pies más rápidos de la historia, poseedor de un golpe fantasma que ni aficionados, comentaristas, ni rivales (que cobraban conciencia del golpe una vez en la lona), eran capaces de vislumbrar, se ensañó con virulencia la devastadora enfermedad de la lentitud. Una de las enfermedades que más afectan al sistema motor fue paralizando lentamente los movimientos del que en otro tiempo revolucionó la historia del boxeo con su ingravidez, su velocidad y su gracilidad de movimientos. El que por su incontenible verborrea y desvergüenza verbal  fue conocido como el Labio de Louisville, provocador profesional, quedó desposeído también de otra de sus grandes armas: el habla.

Posiblemente el deterioro cognitivo que le había producido la enfermedad del párkinson, con la que convivió durante treinta y dos años, no permitió que le llegarán los gritos de otro tiempo que inundaban su habitación a cada golpe de entrecortada respiración '!Ali bomaye! !Ali bomaye!' (¡Ali mátalo! ¡Ali mátalo!). Poco a poco los gritos fueron ahogándose en un hondo silencio que apagó la llama del hombre con el ego más grande Norteamérica. Cuentan que en ese momento se pudo escuchar un grito desgarrador: ¿Cuál es mi nombre?, mientras que la señora noqueada de la guadaña que se lo llevaba, respondía sumisa: Muhammad Ali. Su fallecimiento quedó certificado un 3 de junio de 2016, pero su partida había comenzado treinta y dos años atrás, pues de su desafiante e impactante figura tan solo quedaba la temblorosa sombra chinesca de una montaña que en otro tiempo jamás tembló. La muerte de Ali hace desenterrar los labios de una buena parte de la historia de EEUU, pues su cuerpo, ya inerte, representa la metáfora más inmensa del boxeo y una década crucial para la sociedad norteamericana, la de la efímera victoria, y la eterna derrota.

Por una acera de Harlem

Macolm X y Ali / Foto: povijest.hr
Macolm X y Ali / Foto: povijest.hr

Por una acera de Harlem en 1963 caminan juntos  Muhammad Alí y Malcolm X, la pegada de la palabra y la acción de la palabra, un tipo de 36 años que quiere cambiar el mundo y los derechos civiles de los negros, y un joven de 21 años con un ego enorme que está a punto de tocar la cima del mundo del boxeo con la conquista del cinturón de campeón mundial de los pesos pesados. Buena parte de la historia de EEUU en el siglo XX paseaba por aquella calle, pero la historia de Ali comenzó varias generaciones atrás, en el corazón de África, donde su bisabuelo, que podría haber sido un guerrero watusi, acabó recogiendo algodón en una plantación de EEUU.

Nacido en Louisville, Kentucky, un 17 de enero de 1942, era hijo de un modesto cartelista, y a diferencia de otros chicos de color, no pasó la desgarrada necesidad de otros, que vieron en el boxeo su única oportunidad para salir de la miseria e intentar vivir como blancos. Chicos que iban dando tumbos de gimnasios en gimnasios, encajando golpes en busca de ser uno entre un millón. Clay en cambio llegó al boxeo de una forma mucho más casual; a la edad de doce años unos pandilleros le robaron la bicicleta y fue a denunciar el robo a un policía llamado Joe Martin, que a su vez era encargado del Gimnasio Columbia de la ciudad de Louisville. El chico quiso tomarse la justicia por su mano, pero antes de ello Martin, le recomendó que debía aprender primero a boxear. El joven Cassius no tardó en convertirse en rostro habitual al que golpear en el modesto ring del policía boxeador, que sin ser consciente de ello abrió el camino pugilístico de una leyenda. Creció durante un tiempo al abrigo de los consejos de Joe Martin, para luego pasar a manos de Fred Stoner, entrenador del Grace Community Center, que dirigió su carrera amateur.

Un fenómeno del boxeo con un ego desmesurado

Con Stoner y gracias a un trabajo ciertamente duro comenzó a evolucionar, a moldearse la columna de bronce de un campeón. Su insolencia le llevaba a retar a chicos mayores, a los que por entonces solo provocaba la risa, pero en poco tiempo el joven conestatario y rebelde, comenzó a convertirse en algo más. En algo mucho más serio para el mundo del boxeo, de esta forma en 1956, con catorce años, ganó su primer título de importancia: el Golden Gloves Championship, que luego ganó en ocho ocasiones prácticamente sin despeinarse. Comenzó a labrarse un nombre que confirmó con su consagración como campeón nacional de la Unión Atlética Amateur (AAU) en 1959, en la categoría de semipesado. Aquel chico era tremendamente obstinado, pero excepcionalmente rápido, capaz de anticiparse a los movimientos de sus oponentes. Para entonces, con su ego creciendo cada día más, se sentía prácticamente indestructible, 36 victorias consecutivas. Una racha que concluyó el 1 de mayo de 1959, cuando cayó derrotado en tres asaltos ante el recto de izquierda que le endosó el marine Amos Johnson, por la clasificación a los Juegos Panamericanos. Cabe destacar su nombre porque Johnson fue uno de los pocos seres humanos que pudieron derrotar a Ali en su camino hacia la leyenda y, dicen las crónicas de su tiempo, que lo consiguió porque en aquel momento era casi tan rápido como él.

Angelo Dundee, 'el padre de Ali'

Dundee con su pupilo / Foto: www.cbc.ca
Dundee con su pupilo / Foto: www.cbc.ca

Clay era un fabuloso vendedor de sí mismo, la historia de su vinculación al mejor preparador de la historia del boxeo, es la clara demostración de ello: 19 de febrero de 1957, Angelo Dundee y su pupilo, Willie Pastrano, se desplazan a Louisville para enfrentarse a John Holman. En la noche previa al combate ambos se encontraban descansando en la habitación del hotel mientras veían la televisión. En aquel momento sonaba el teléfono de recepción, y al otro lado del hilo telefónico el tono grave y decidido de un chico de 15 años sorprendió a Dundee, que le escuchó expresarse en los siguientes términos: “Soy el Sr. Cassius Marcellus Clay, tengo el campeonato de los Guantes de Oro y muchos más premios, voy a ganar los Juegos Olímpicos y algún día seré campeón del mundo de los pesos pesados. Me gustaría hablar con usted”.

La insolencia y el arrojo de aquel chico llamaron la atención de ambos, que lo dejaron subir junto a su hermano. Dundee y Pastrano compartieron su pasión durante horas con los hermanos Clay. Cassius se despidió con la certeza de que el destino, su destino le aguardaba en aquella habitación de hotel, en la figura de Dundee, aquel que se convertiría en su prócer y ángel de la guarda durante toda su carrera. Dos años más tarde y nuevamente en la ciudad de Louisville, la insistencia de aquel atrevido joven (que ya contaba con 17 años), dio sus frutos. Clay convenció a Angelo para hacer de sparring de Pastrano durante un par de asaltos. Un par de asaltos en los que el insolente Clay machacó a Willie, que tras la exhibición del chaval de Louisville solo acertó a comentarle a Angelo lo siguiente: “Mierda, qué paliza me ha dado el chico este”

Dundee-Clay, una sociedad perfecta

Desde que Dundee asumió la preparación de Clay en 1960, le llevó a la conquista de tres títulos mundiales de los pesos pesados, un record histórico. Tal y como dijo el más célebre comentarista de la historia del boxeo, Howard Cosell, el talento de Ali era una cuestión sobrenatural, pero el boxeador que saltaba a las dieciséis cuerdas, era una creación de Angelo Dundee. Las horas de preparación, el estudio de las flaquezas propias y de sus adversarios, la inigualable capacidad de Angelo para motivar a sus púgiles. Él creó aquella mariposa y abeja jamás nunca vista, potenció sus cualidades y minimizó al máximo sus defectos. Si Ali fue un Dios de barro del boxeo, Angelo fueron las manos que moldearon al mito. Dundee jamás se quiso entrometer en las cuestiones políticas e ideológicas que rodearon su carrera, pero siempre estuvo dispuesto para tocar la tecla necesaria como para que no descuidara su preparación y llegara a los combates con la motivación por las nubes y los puños ávidos de gloria.

Algo cambió en Ali tras los JJOO de Roma de 1960

Posiblemente la carrera de Cassius comenzó a cambiar al regreso de los JJOO de Roma de 1960, cuando lo hizo como campeón Olímpico del semipesado. Durante los JJOO no había dudado en defender a su país ante las preguntas de los periodistas rusos, proyectando la imagen de 'negro bueno' que los norteamericanos querían ver. Pero algo fue cambiando en la mentalidad de aquel chico, cuentan que nada más poner un pie en el aeropuerto pudo comprobar el amargo sabor de aquella ficticia gloria, y no le gustó nada la que vio. Aquel joven de dieciocho años se sintió un instrumento más de la maquinaria de un mundo blanco en el que nunca le dejarían entrar, sintió la envidia, la discriminación y el recelo de ese mundo cerrado. Un tipo con un ego tan grande como el suyo no podía permitir sentirse como un Rey en el ring y por cuestiones de segregación racial un mendigo en la calle. Creyó que con el oro sería como un blanco más, sin percatarse de que vivía en un mundo que seguía esperando a la “Gran esperanza blanca”. Un mundo que se resistía a aceptar que en el Juego de Tronos del boxeo (mucho más en el peso pesado), no existe otro color ni Rey que el negro. En aquel momento pudo identificar en muchos rostros la mirada de aquellos que lanzaron las redes para cazar a su bisabuelo, y el activismo encontró en Ali la imagen icónica ideal para emprender su gran cruzada.

Progresivamente fue rompiendo con el establishment Norteamericano de la época, durante muchos años estuvo vigente la leyenda de que Cassius, (respaldada por el propio Ali en una autobiografía) que no se quitaba la medalla de oro ni para dormir, tuvo que lanzarla al Río Ohio tras vivir un episodio de racismo en una cafetería, pero el propio Ali confirmó años después que en realidad la había perdido. En cualquier caso, el joven campeón olímpico vivió en primera persona la discriminación racial, y todo ello fue minando en una personalidad absolutamente ególatra, explosiva y provocadora como la suya.

Sonny Liston-Clay

Clay - Liston / Foto: www.nydailynews.com
Clay - Liston / Foto: www.nydailynews.com

Mientras los rivales caían desplomados a sus pies, Cassius se agigantaba e iba apartándose de un mundo al que creía no pertenecer. Tan solo Angelo Dundee parecía comprenderle y animarle a expresarse tal como era. Mientras contemplaba receloso lo que acontecía, tanto en la sociedad civil como en el viejo mundo del boxeo, Cassius se dedicó a hacer lo que realmente sabía: provocar y boxear de una forma revolucionaria. Un dos, un dos, tap, tap, jab, jab, rival a la lona, Archie Moore, y Cleveland Big Cat William cayeron anestesiados bajo el pesado cloroformo de sus manos y enloquecidos ante la velocidad de sus pies. Clay tan solo pasó por un momento de incertidumbre, el 18 de junio de 1963, cuando El Más Grande hizo acto de presencia en la catedral de Wembley, el sancta sanctorum del deporte inglés. Allí ante 55.000 espectadores, y en el cuarto round, un gancho con la zurda de Henry Cooper, mandó contra las cuerdas a Clay justo cuando sonaba la campana. Dundee, listo como nadie le dijo al árbitro, Tommy Little, que se le había roto un guante, dándole seis segundos de aire vitales a Cassius, que resultaron cruciales para él y quizás para la historia del boxeo. Seis segundos que le dieron la vida a Clay para salir en el quinto asalto y machacar literalmente a Cooper. Pese a ello, cuando Clay tocó por primera vez la cima del mundo de los pesos pesados, era considerado poco más que un lenguaraz.

El baile de Ali

Desde meses atrás se estuvo especulando entre la pelea entre Liston y Clay. Sonny Liston era el poseedor de todos los títulos de campeón y a Clay, tanto la crítica como la opinión pública, le consideraban perdedor en todas las apuestas. No podían imaginar que aquel descarado y simpático púgil iba a poder con la salvaje leyenda de Liston, su pasado vinculado a la mafia. Para aquel 25 de febrero de 1964, Clay había soltado ya toda su verborrea de destrucción masiva, llamando Oso horrible a su oponente, exhibiendo además a las puertas de su casa una trampa para osos. En el Convention Hall de Miami Beach, de Florida, se inició la leyenda del boxeador que volaba como una mariposa y picaba como una abeja. Angelo fue aquel que hizo bailar a Ali durante todo el round, cuando el entrenador de Liston, usó Monsel’s solution (una sustancia ilegal) en el corte sobre el ojo de su pupilo, que acabó contaminando los guantes de ambos púgiles, cegando también a Ali. Pese a ello en el sexto asalto, Clay dominó claramente el combate, al toque de campana, el vigente campeón declinó continuar aduciendo problemas en el hombro. Clay se convirtió en campeón del mundo al ganar a Liston por nocaut técnico, que poseído por su ego, explotó gritando al público y los periodistas: ¡Tráguense sus palabras! ¡Tráguense sus palabras! ¡Soy el mejor! ¡Soy el mejor!

Phantom punch

Histórica instantánea de Leifer / Foto: Neil Leifer
Histórica instantánea de Leifer / Foto: Neil Leifer

Posteriormente Liston consiguió su revancha, pero el nuevo monarca sorprendió al mundo, primero anunciando que cambiaría su nombre a "Cassius X"; y días después revelando que tomaría el nombre de "Muhammad Ali", adoptado por su adhesión a los 'Musulmanes Negros' de Elijah Muhammad. El Loco de Louisville, el héroe comenzó a convertirse en villano. En Lewiston, Maine, en el pequeño auditorio de St. Dominic's Hall, un 25 de mayo de 1965, Neil Leifer captó el instante legendario, una de las mejores fotografías deportivas de toda la historia. La instantánea del phantom punch (directo fantasma) que nadie vio. Instante mágico en el que su dedo índice apretó el disparador y el obturador de su Nikon se abrió para la leyenda.

Vuelo como una mariposa y pico como una abeja

Envuelto en el traje del fantasma Ali dio el golpe que nadie vio, el que forjó la leyenda de una pluma de acero que poseía su mejor defensa en la rapidez. La insólita habilidad para calibrar el golpe del adversario y apartarse lo justo para que no le acertara, devolviéndolo de inmediato. Una eléctrica devolución cimentada en la envenenada trayectoria de sus golpes de izquierda, en aquellas vueltas de puntillas con sus manos colgando. Talento, velocidad, pegada y encaje, un genio que en alguna que otra ocasión hizo gala del “rope a dope”, una estrategia que consistía básicamente en apoyarse en las cuerdas, dejándose golpear hasta cansar al otro para en cuanto percibir una apertura, lanzar un contraataque. Un tipo desesperante, desafiante y muy inteligente sobre el cuadrilátero, cuya circulación por el ring de puntillas, sus manos colgando y sobre el aire sanguinolento de la pelea flotando dieron lugar a la legendaria frase: “vuelo como una mariposa y pico como una abeja”. Liston sobre la lona se levantó a los trece segundos, y la polémica se instaló definitivamente en la leyenda de aquella pelea, porque cuando parecía que se iba a reanudar el combate, el árbitro Joe Walcott no había coordinado el tiempo transcurrido con el encargado de llevar el cronómetro.

El antihéroe de Vietnam, bandera de sí mismo

La consumación de Ali como antihéroe americano se consolidó cuando se opuso activamente a la Guerra de Vietnam. Para buena parte de la sociedad, con aquella decisión manchó la bandera de las barras y las estrellas, mucho más cuando en el centro de entrenamiento de las Fuerzas Armadas en Houston, Texas, rehusó a enrolarse en el ejército estadounidense dictando sentencia con estas palabras: "No tengo nada contra ningún 'vietcong'. ¿Por qué debería ponerme un uniforme e irme a tirar bombas contra gente en Vietnam cuando los negros son tratados como perros en las calles de Louisville y se les niegan simples derechos humanos? En realidad, llevamos 400 años en las cárceles de este país". Un tipo como Ali solo estaba dispuesto a enarbolar la bandera de sí mismo

Bandera de los desposeídos

Poco antes de cumplir su suspensión lanzó a la lona a Ernie Terrell,  gritando como un poseso: "¿Cómo me llamo yo, cuál es mi nombre...?" Mi nombre es Muhammad Ali. Hechos y declaraciones que provocaron su suspensión del boxeo y el desposeimiento del título mundial de los pesos pesados.  Ali se convirtió en bandera de los desposeídos, en una especie de Malcolm X con guantes, icono deportivo de la reivindicación de los derechos civiles de la minoría negra. Su personalidad fue adoptada como propia y de forma icónica por la rebeldía juvenil de la década. Consiguió sacudir la conservadora sociedad estadounidense de los años sesenta, ganándose la enemistad de la mitad de los norteamericanos, que deseaban ávidamente su derrota. Sus detractores se multiplicaron, pero de Ali quedaba aún mucho por ver, por vivir y por contar…

La suspensión, tres años fuera de combate

Estuvo tres años y medio sin combatir (entre marzo de 1967-octubre de 1970), y la mariposa regresó como un elefante. Ali ya no poseía la velocidad de antaño, había perdido más de medio paso. En Ali, más que en ningún otro, se pudieron identificar dos boxeadores, la del primer boxeador, que revoloteaba como una mariposa y picaba como una abeja y, la de un segundo que regresó moviéndose como un elefante, pero poseyendo aún la precisión de un cirujano en sus  manos devastadoras. El cross de Ali seguía siendo temible y verle fallar un jab era tan complicado como que la Tierra dejara de rotar, además seguía siendo asesorado por Angelo Dundee. En cualquier caso, a su regreso los tiempos habían comenzado a cambiar, corrían nuevos y esperanzadores vientos en la sociedad norteamericana. Ali volvió a ser atractivo para los medios de comunicación, representaba el movimiento antibélico de los años 1960, y en su camino se cruzó Joe Frazier, un púgil mucho más discreto y cercano al establishment. Frazier era el campeón oficial, pero Ali era el campeón moral; vetado en las dieciséis cuerdas, en toda la comunidad pugilística flotaba la sensación de que la corona aún le pertenecía.

El combate del siglo

Por ello Ali era favorito y caía más simpático, pero sin duda se infravaloraron las capacidades pugilísticas de Frazier, que tenía pura dinamita en sus guantes. Ambos representaron mucho más que a dos iconos del boxeo, representaron una era y a una de las más profundas grietas del pueblo norteamericano. Frazier era un campeón y Ali era un héroe; Joe era un tipo ordinario, mientras que Ali era un tipo excepcional.... La gente no tuvo otra opción que alinearse a un lado u otro. Así un 8 de marzo de 1971, el Madison Square Garden acogió el considerado por los libros de historia del boxeo como el “Combate del siglo”:

Combate del siglo / Foto: deportes.elpais.com
Combate del siglo / Foto: deportes.elpais.com

La guerra encarnizada entre el de Louisville y el de Beaufort traspasó las fronteras del deporte y el boxeo. El de Louisville emprendió nuevamente su devastadora guerra psicológica sobre Smokin Joe. La lenguaraz personalidad de Ali dio rienda suelta a su desvergüenza y definió a Frazier como gorila y “Tío Tom”. Ali hizo todo lo posible para desestabilizarle, pero Frazier supo enojar sutilmente al volcán de Louisville llamándole por su nombre original (Cassius Clay), y refiriéndose a él como el prófugo. “Me dedicaré al Rock hasta que este Ali o Clay, o como demonios se llame, se suba al ring conmigo”, dijo Frazier.

En el centro del ring el árbitro intentó recordar las reglas, pero los púgiles no escuchaban, se despedazaron con sus miradas y palabras. En una esquina, Smokin Joe, un púgil tosco y pequeño para la categoría de los pesados, (medía 6 pies de altura) que compensaba la citada inferioridad con un ataque poderoso, demoledor y constante. Frazier lanzaba muchos más golpes que la mayoría de los pesos pesados, era un martillo pilón, siempre dando pasos adelante. Poco antes de protagonizar el primero de los tres épicos combates ante Muhammad Ali, la revista Time le definió como una especie de Rocky Marciano motorizado. Fue entonces cuando Alí conoció al que seguro fue su más duro rival, un tipo que jamás daba un paso atrás. Su gran arma era su ofensiva constante, cimentada en una exhaustiva preparación. Frazier casi no guardaba la distancia, abrumaba a sus rivales sin dejarlos respirar, lanzando su destructivo gancho de izquierda.

Fueron quince asaltos para la memoria de los espectadores, la extenuación e historia del boxeo, quince campanadas acompañadas por golpes que ningún ser humano hubiera soportado y que solo dos fenómenos de la naturaleza como aquellos hicieron posible. En el asalto quince y con ambos púgiles al borde del desmayo, Frazier soltó un demoledor hook de izquierda al mentón, que logró hacerle volar la mandíbula del genio, formando ya parte de la leyenda del boxeo. Un instante para la leyenda que convirtió a Frazier en el primer púgil en derrotar a Ali, aunque no el primero que le hacía besar la lona. Frazier se convirtió en campeón oficial y moral de pleno derecho, ambos púgiles fueron hospitalizados tras la pelea y Joe, no pudo volver al ring hasta diez meses después.

¿El final de Ali?

Aquella contundente derrota puso de manifiesto que Ali ya no era la mariposa, sino el elefante, algo que se pudo constatar tras una nueva derrota ante Ken Norton. Muchos creyeron ver acabado al de Louisville, que continuó luchando para reconquistar el cetro mundial de los pesos pesados. Pero para ello debía de afrontar con anterioridad la revancha ante Frazier, que había sido desbancado contundentemente del título de campeón por un imponente George Foreman. Muhammad llegó a la pelea en la mejor forma desde su retorno a los cuadriláteros, castigando seriamente a Frazier durante la pelea y aunque llegaron a los doce asaltos, los jueces dictaminaron por unanimidad la victoria de Ali, que una vez más estaba de vuelta.

“The Rumble in The Jungle"

the Rumble in The Jungle / Foto: www.bbc.co.uk
the Rumble in The Jungle / Foto: www.bbc.co.uk

En su camino de retorno al título mundial, Ali se encontró ante otro reto de proporciones inmensas llamado George Foreman, cuyos rivales en sus ocho peleas anteriores no habían pasado más allá del segundo asalto. Tras serios problemas de Don King para conseguir el patrocinio de la pelea, consiguió que el presidente de Zaire, Mobutu Sese Seko, lograra cubrir la elevada cuantía de la bolsa. En Zaire Ali era un ídolo absoluto, la pelea fue programada en Kinsasa para el día 25 septiembre de 1974. Fue publicitada como “The Rumble in The Jungle" y acabó disputándose el 30 de octubre en el estadio del 20 de mayo de Kinsasa, ante 60 000 enfervorizados espectadores que hicieron célebre el grito de ¡Ali bumaye! (¡Alí, mátalo!).

Mailer y Ali / Foto: www.thefightcity.com
Mailer y Ali / Foto: www.thefightcity.com

Respecto a la citada pelea, el célebre escritor Norman Mailer le dedicó la inolvidable crónica titulada El combate. Auténtico heredero de Hemingway, Mailer hizo una maravilla literaria y periodística. Desde siempre fascinado por la figura de Ali, posiblemente porque poseía un ego casi tan grande como el suyo, describió fantásticamente el momento en el que entró en el vestuario de Ali. Aquel vestuario parecía un funeral, todos respiraban pesimismo menos el propio Ali, que no albergaba una sola duda sobre que sería ganador. Leer a Norman Mailer es una buena forma de descifrar a Ali, a una de las personalidades más complejas del siglo XX, y su obra En la cima del mundo, representa la perfecta disección vital de un hombre que convirtió su ego en el mejor mecanismo de defensa, el arma fuera del ring de un tipo tan genial como absolutamente impredecible. Mailer le definió como “El espíritu mismo del siglo XX, el príncipe del hombre de masas”, “Si alguna vez un boxeador llegó a demostrar que el boxeo era un arte del siglo XX, ese fue Alí”, “Ali, el hombre con el ego más grande de Norteamérica”.

En la cima del mundo nuevamente

Ali estaba tan seguro de su victoria que llegó a declarar: “El mundo está conmocionado por la dimisión de Nixon, pero esperen a ver cómo pateo el culo de Foreman”. El único que parecía dispuesto a bailar parecía Ali, pues en los rostros de su vestuario se dibujaba el miedo. Y sorprendió a todos bailando, recuperando por momentos su técnica de “rope a dope”. Quería mover a Foreman, y de cuando en cuando encajaba los tremendos golpazos del que en Kinsasa conocían como el belga negro, porque llegó a El Zaire con su perro pastor alemán. La táctica de Ali funcionó, porque Foreman comenzó a mostrar claros síntomas de cansancio. En el quinto asalto Ali comenzó a soltar su izquierda, y en el séptimo ya se acercaba desafiante a Foreman diciéndole: ¿Esto es todo lo que tienes George? En el octavo, pocos segundos antes de concluir el asalto, Ali consumó su hazaña, tocó nuevamente la cima del mundo con un derechazo que envió a la montaña a la lona. El árbitro Zach Clayton no dejó continuar la pelea, certificando una década después de su legendario combate ante Liston, que seguía siendo el mejor. ‘El acabado Ali’ se coronó campeón de la WBC y la WBA ante un rival que a priori parecía imbatible, una palabra que jamás existió en el vocabulario de Muhammad. Para muchos Ali no fue más que un payaso, pero como le confesó Frazier a Julio César Iglesias en una entrevista, hasta en eso era el mejor, el mejor payaso del mundo.

“Thrilla in Manila”

Foto: http://cines.com/
Foto: http://cines.com/

Con Foreman fuera de circulación (entró en una grave depresión tras la derrota), a Ali le quedaban pocas motivaciones para seguir, tan solo Joe Frazer podía inquietar su leyenda. En el contador head to head, ese empate a uno no satisfacía para nada a un tipo con un ego tan inmenso como el de Louisville, por lo que Don King vio el cielo abierto en Filipinas. Un 1 de octubre del 75, Ali abrió nuevamente el libro de su leyenda con la histórica pelea que pasó a la historia con el sobrenombre de Thrilla in Manila”.

¡Habrá matanza en Manila cuando me enfrente al gorila!, vociferaba Alí, que por entonces era ya un viejo con piel de dinosaurio que depuraba su pasado en lugar de mirar al futuro. Pero aquella pelea puso de manifiesto en una ocasión más, que sobre un cuadrilátero, Ali formaba parte de un Olimpo diferente al del resto de los mortales. Curiosamente la muerte nunca volvió a estar tan cerca de dos púgiles encima de un ring, pues a cuarenta grados de temperatura, Filipinas presenció posiblemente el combate con el mayor alto grado de devastación de toda la historia. El intercambio de golpes de munición pesada fue terrible, mucho más allá de los límites de todo dolor y agotamiento. Angelo Dundee fue el que le mantuvo en pie en aquella mortífera pelea, con ambos púgiles al borde del colapso y un frenético diálogo que pasó a la leyenda eterna del boxeo:

Ali: “No puedo más. No puedo más”; Dundee: “Sólo quiero una cosa. Levántate y sobre todo mantente en pie cuando suene la campana” Todo ello instantes antes de que Eddie Futch, arrojara la toalla al ring y dijera en alto las siguientes palabras: “Joe, es suficiente. Jamás olvidaremos lo que has hecho hoy aquí”.

Tras la hazaña inédita de coronarse campeón mundial por tercera vez, frente a Spinks, en 1978, Ali se despidió en 1981 con aquella infamante derrota en Nassau ante Trevor Berbick, que moriría asesinado en Kingston, Jamaica. El epílogo fue lo de menos, con 56 victorias (37 por KO) y apenas cinco derrotas, en la historia de la lucha, del combate cuerpo a cuerpo, solo han existido dos dioses: Bruce Lee y Muhammad Ali. Ali fue un Hombre de Vitrubio de color cobrizo, y líneas apolíneas huidas de las manos de Leonardo, su figura imponente dejaba helado a todo aquel que estuviera a medio metro suyo. Su mirada directa parecía estar midiendo las distancias para encontrar el recoveco exacto por el que lanzar el jab con el que podía dejar ko a su oponente, que para Ali fueron todos los que osaron cruzarse en su camino.  

Gay Talese y el Ali perdedor

Ali aquejado ya de párkinson en La Habana / Foto: www.razon.com.mx
Ali aquejado ya de párkinson en La Habana / Foto: www.razon.com.mx

Tras todo boxeador existe una potente historia, pues todos y cada uno de ellos poseen el encanto único que genera el perdedor. Dicen que un hombre después de cien combates nunca vuelve a ser el mismo, pocas imágenes simbolizan tanto la destrucción como la de un boxeador retirado, aquella mirada perdidamente perdida, aquel brazo al vacío que lanza una derecha oblicua al limbo imaginario de una nariz que en otro tiempo fue la metáfora de su gloria. Uno de los grandes maestros del periodismo que se encargó de perfilar de forma magistral ese perdedor que también fue Ali, fue Gay Talese. Lo hizo en su crónica "Alí en La Habana", en la que describió la dolorosa e involuntaria quietud del perdedor, su rictus hierático e inexpresivo que le confería la helada máscara del párkinson. Talese describió magistralmente el desgarrador silencio de su encuentro con Fidel, la mudez de aquel que casi no podía balbucear palabras, la viva imagen del perdedor. La siempre preferida por el maestro Talese, que nunca se cansó de decir que el deporte es una constante derrota, pues son pocos los que ganan en comparación a los que pierden. Pues fue Talese aquel periodista que arrancó a Floyd Patterson las palabras justas para definir el estado de nocaut: "Estar noqueado no es una sensación desagradable -dijo-. De hecho, es agradable. No duele, sólo que estás muy aturdido (...). Pero luego -continuó Patterson sin dejar de caminar- ese sentimiento agradable te abandona. Te das cuenta de dónde estás, de lo que estás haciendo y de lo que te acaba de ocurrir. Y lo que sigue es un dolor, un dolor confuso (no un dolor físico), un dolor combinado con rabia; existe dolor de qué dirá la gente; es el dolor de estar avergonzado de mi propia ineptitud... y todo lo que quieres en ese momento es que haya una trampilla en medio del cuadrilátero, una trampilla que se abra y que te permita caer y aterrizar en tu vestuario, sin tener que salir del ring y hacer frente a toda esa gente. Lo peor de perder es tener que salir del ring y hacer frente a toda esa gente".

32 años nocaut, el día que murió el boxeo

Desde que a Ali se le detectó el párkinson a la edad de 42 años, desde ese momento se inició la cuenta atrás, el tiempo comenzó a detenerse y lo mantuvo nocaut durante treinta y dos años de su vida, en los que se fue apagando lentamente. El hombre más veloz comenzó de repente a detenerse, el que jamás tembló, comenzó a temblar cada vez más, al punto de que con cincuenta años tenía que emplear más de treinta segundos para estampar la firma de su autógrafo, tiempo en el que en otro tiempo le hubiera sobrado la mitad para mandar a la lona al segundo hombre más fuerte del planeta, porque sencillamente el primero siempre fue él. Por todo ello, aunque Talese siempre defendió que hay historias que nunca mueren, la suya se llevó muriendo tres décadas y el pasado 3 de junio de 2016, ha quedado grabado en el calendario mitológico del deporte, como aquel  en el que se nos marchó otro trocito del siglo XX y, como el día en el que el boxeo murió.