Apartheid y fútbol
Aficionados separados por raza en el Ellis Park, antiguo estadio del Orlando Pirates

Imaginemos por un segundo una España alternativa, donde los políticos son antiguos futbolistas. El país está presidido por Raúl González, y Xavi Hernández es el rey. Parece de locos, ¿no? Cambia los nombres, y tienes Sudáfrica, un país que ha dado un nuevo significado  a “fútbol político”.

Todos los focos fueron a parar a Nelson Mandela y a su papel durante el triunfo de Sudáfrica en el Mundial de Rugby de 1995. Dicha proeza fue capturada con la película Invictus. Sin embargo, Sean Jacobs, el historiador sudafricano más prestigioso, nacido en Ciudad del Cabo, sostiene que aquello no fue sino un bache en el camino. La verdadera historia estaba en el fútbol.

La verdadera historia empezó varios kilómetros más allá de Ciudad del Cabo. Fue en Isla Robben, lugar al que los aficionados no pararon de acudir durante el Mundial 2010. La isla convertida en cárcel fue el hogar de miles de presos políticos durante la era del apartheid. Dentro de la prisión había una liguilla, y de aquellos jugadores han salido un gran número de figuras importantes en modelar la nueva Sudáfrica.

En los rangos se incluye al presidente Jacob Zuma, al líder de la oposición Mosiuoa Lekota, al ex Ministro de Asuntos Humanos Tokyo Sexwale y a Kgalema Motlanthe, vicepresidente durante el mandato de Mbeki. Mandela nunca jugó; veía los partidos, aislado en su torre hasta que construyeron un muro para que no pudiera ni disfrutar los goles.

Los oficiales del régimen apartheid nunca fueron fanáticos del fútbol. Les gustaba el rugby y el cricket, pero no el fútbol. Lo veían cosa de negros. Al principio ignoraban tal deporte. Luego empezaron a suspender partidos. En abril de 1963, en Johannesburgo, clausuraron el estadio y dejaron una nota como notificación una hora antes del partido. Cinco mil aficionados escalaron la puerta y colocaron unos postes donde antes habían estado las porterías. El partido siguió su curso.

El gobierno buscaría más tarde un plan B, organizando un partido anual entre blancos y negros. El plan, sin embargo, no sirvió de nada.  El racismo estaba ya mecanizado en la mente de ambos bandos. Todo y eso, significó un paso adelante en la lucha. En 1976, el gobierno aprobó una selección de futbolistas mixtos para jugar contra Argentina. Blancos y negros se mezclaron en el césped, todo y que las gradas seguían segregadas. Ganaron 5-0. Todas las sensaciones fueron inútiles, puesto que dos semanas más tarde 500 negros morían en el Levantamiento de Soweto.

Los oponentes al Apartheid se dieron cuenta del poder de este deporte para conseguir apoyo y recaudar fondos.  El Congreso Nacional Africano (CNA), movimiento posteriormente prohibido, se percató que donde había un partido, había gente. Sufrieron un problema en 1976, pero era demasiado difícil impedir que los políticos fueran a las gradas entre miles de personas. Zuma, por ejemplo, fue de los primeros en hacerlo, apoyando a los Zulú Royals.

En la década de los ochenta, los activistas se organizaban en equipos de fútbol para confundir al régimen. Podían viajar fácilmente, cruzar la frontera y conseguir fondos para la causa.

El fútbol seguía siendo parte de la lucha –  los equipos blancos sabían que debían demostrar su valía ante los negros, así que los amistosos cada vez eran más frecuentes. La verdad era clara: la liga ‘blanca’ era secundaria.

A principios de los noventa, el fútbol era ya el centro de la política. Banderas de la CNA – aún vetadas – eran vistas constantemente en los estadios, símbolo de la debilidad del régimen. En 1991 se fundó la federación. En su presentación dijeron: “La formación era algo natural. El fútbol marca el camino en la lucha racial”. Valiente discurso, hasta podría decirse que peligroso, pues aún quedaban dos años .

Mientras que el combinado nacional llegaba en su máximo esplendor en la escena internacional, ganando la Copa de África 1996 y clasificándose para los dos posteriores mundiales, en 2010 llegaron un tanto más flojos. Sus mejores jugadores jugaban en Europa, pero cuando volvían a su país para los partidos internacionales, se encontraban con que la federación les había organizado amistosos contra países de segunda.

Todo y el enorme progreso cosechado, aún queda mucho trabajo por hacer antes de que el fútbol derrote al apartheid. Los Bafana Bafana tienen solo un futbolista blanco. Sí, el Mundial supuso un soplo de aire fresco; los estadios se llenaban con gente de todas las tonalidades y culturas, pero las ligas locales seguían siendo cosa de negros.

Sin embargo, con la Copa del Mundo se dio el primer paso. Ya se ven niños blancos con la camiseta de su selección. Cuando el torneo empezó hubo mucha especulación acerca de si el torneo haría rico al país. En términos económicos, la respuesta es rotundamente no. Los anfitriones construyen toda la red de infraestructuras, pero la FIFA se queda con el dinero de las televisiones y la publicidad. Aún así, el torneo tiene un valor incalculable. Dio al país la oportunidad de mostrarse ante todo el mundo. De mostrar como había avanzado desde el apartheid, y del trabajo que aún queda por hacer. Incluso con el apartheid muerto, la historia del fútbol aún vive en los corazones de los políticos sudafricanos.

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