Plácido póker
Dalmau celebra su segundo gol

Una racha de 17 años no se rompe así como así. Es necesario estar a la altura, igualar intensidad del rival, no dar un balón por perdido. L’Hospitalet no hizo nada de esto. Simplemente hizo aguas por todos lados. El Espanyol B, en cambio, sí supo tratar con mimo a la pelota; y si la tratas bien te sabe recompensar. Y vaya si lo hizo.

A fuego muy lento se fue cocinando el partido. Balón para un lado del campo, pelotazo de vuelta. Los pases largos se adueñaron de los primeros compases hasta que el filial periquito fue mostrando su personalidad. La imagen de un Hospi intimidante y poderoso en sus desplazamientos se fue resquebrajando con cada posesión larga del Espanyol B. Martillazo a martillazo el conjunto ribereño cayó a las primeras de cambio.

El Espanyol B tocaba y tocaba, el Hospi defendía y defendía. Marc Navarro lanzó una falta que Aulestia paró sin problemas y Dalmau puso algo más de miedo en el cuerpo de los visitantes, que no daban abasto para perseguir las piernas espanyolistas.

Los rebotes sonrieron de forma macabra a L’Hospitalet. Pasara lo que pasara no les iban a favorecer. Un giño siniestro que acabó decantando el encuentro para los locales. Un toque a destiempo del central, el balón por los aires, un disparo a bocajarro que desvía al portero y la pelota que cae en Robert Simón. El habilidoso extremo apuntó al centro, donde no había nadie bloqueando su tiro, para abrir el gol. Simón hizo con las manos una ‘P’ de primer gol, una ‘P’ de papá.

El gol fue el preludio de un bochorno que acabó con la afición ribereña pidiendo la cabeza de Martí Cifuentes. La distancia entre Espanyol B y Hospi se fue haciendo insalvable. Mientras Borja Martínez y Marc Roca encontraban a sus compañeros con facilidad Ton Alcover tenía que incrustarse en la defensa para iniciar los escasos ataques visitantes. Xavi Puerto, uno de los jugadores con más talento de L’Hospitalet, ni siquiera apareció.

Los periquitos decidieron hacer leña del árbol caído. El incisivo Navarro, que está cuajando un gran inicio de temporada, cogió el carril derecho para mostrar una velocidad impropia de un jugador tan alto. El lateral llegó y centró al corazón del área. Un fuego fatuo, otro giño tenebroso. Batiburrillo de piernas, nada en claro del tuya o mía y Adrià Dalmau, que no perdona una, aprovechó la marabunta para empujar de cualquier manera el esférico.

El mínimo esfuerzo le había valido al Espanyol B para hacerle un traje al Hospi. El panorama desolador continuó para los visitantes en la segunda parte, cuando en la fiesta blanquiazul se dejaron de servirse refrescos para dar paso al agua con misterio. Pibe alegró todavía más la fiesta. El jugador colombiano fue sorteando todos y cada uno de los rivales que le iban saliendo al paso. Cuando se cansó de burlarse de los jugadores ribereños con un catálogo interminable de regates cedió la pelota a Rufo, que entraba desde segunda línea sin que nadie, de forma incomprensible, se diera cuenta. Ya era el tercero, pero la cosa no iba a quedarse ahí.

La renta era suficiente pero no reflejaba toda la superioridad del Espanyol B. Había tiempo de sobras para meter un par más, o tres. L’Hospitalet estaba totalmente rendido y el filial hacía un rondo para acrecentar la frustración de los de Cifuentes. El buen juego espanyolista fue culminado con otro gol de Dalmau, esta vez de bella factura. El delantero mallorquín controló el balón con el pecho a la carrera, dejó botar y fusiló al portero visitante. Manos al cielo.

El destino fue benevolente con un Hospi que pedía a gritos un par de goles más. A punto estuvieron de caer tres más si Rufo hubiera definido correctamente, si Ripoll hubiera cabeceado un poco más cruzado y si el árbitro hubiera señalado un penalti evidente sobre el delantero balear. Pese a la avalancha de goles interrumpida los cuatro tanto fueron suficientes para que el Espanyol B ganara sin apenas esfuerzo a un Hospi en crisis.

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