La sangre azul de Conte
Antonio Conte, dirigiendo un partido de la Juventus. Foto: FootballSpeak.com.

A diferencia del marqués Del Bosque, Antonio Conte no tiene más título nobiliario del que otorga un apellido bastante fácil de traducir al castellano. Aunque viene del sur, su condado está en Turín, donde sus millares de vasallos ondean el blasón blanquinegro. Ahora acaban de coronarle como rey, pero su ambición es tal que no escatimará esfuerzos en su afán por convertirse en emperador de toda Europa.

Porque aunque Conte ha alcanzado las cotas más altas de la hidalguía, nadie debe olvidar que salió de la base de la pirámide. Él mismo es consciente de su origen plebeyo, en la modesta y remota Lecce que, como tantos otros alejados de la corte, considera gloriosa y heroica la simple permanencia. Allí, a la sombra de Carletto Mazzone (uno de esos que son perros viejos desde el principio de sus días), aprendió a luchar, a sacrificarse, a superar las adversidades. No hay pierna rota que pueda parar a quien está convencido de la victoria.

Si hay algo fundamental, eso es la solidez defensivaA la Juventus llegó como escudero, pero no tardó mucho en convertirse en capitán general. Ni de lejos estaba entre los que más brillaban, no se le podía pedir que marcara 10 goles por temporada, o que diera pases inverosímiles, o que su repertorio de gestos técnicos dejara al público maravillado. Antonio, de jugador, era un agonista en el sentido más estricto de la palabra. Simeone le ha puesto palabras ahora en España, pero lo de "el esfuerzo no se negocia" lleva décadas usándose en Italia, y Conte era uno de los ejemplos más claros. Así llegó a capitán y pieza clave de una Signora que, con él, se cosió cinco scudetti y una coccarda, además de alzar una UEFA y una casi neonata Champions League.

No se añade tanta vajilla a la sala de trofeos simplemente corriendo y echándole sudor. En los muchos años de Conte en la capital piamontesa, tuvo a su lado a hombres de indiscutible calidad: Baggio, Vialli, Ravanelli, Zidane, Del Piero y tantos otros compartieron vestuario con él. Por eso, el actual seleccionador nacional sabe que el talento también es muy necesario para llegar al éxito. Entre uno que se esfuerza mucho y otro que se molesta poco, normalmente ganará el primero (siempre hay excepciones), pero entre dos que se preparan con igual intensidad, el triunfo suele ser para el que mejor sabe tocar la pelota.

Por eso, los equipos del Conte entrenador son similares a los de su época sobre el césped. Si hay algo fundamental, eso es la solidez defensiva. A su Italia, igual que a su Juventus tricampeona (o a su, no lo olvidemos, Bari de 2009 que ascendió tras ganar la B, o a su Siena subcampeón de 2011), va a ser dificilísimo hacerle goles. No será extraño ver una retaguardia superpoblada, con hasta tres defensas centrales. Eso sí: los laterales serán de largo recorrido, de esos a los que ahora se llama carrileros, y el centro del campo estará lleno de perros de presa encargados de darle el balón al bueno (si no está Pirlo, un Verratti) para que éste ordene y disponga. Justo lo que hacía él hace dos décadas.

Pocos seleccionadores se atreverían a apostar por jugadores del Empoli y el SassuoloSi Conte se mantiene fiel al esquema que le hizo ganar en su ciudad adoptiva, será habitual ver a la Nazionale en formación 3-5-2. Los nombres, sin embargo, serán muy variables. Porque un aspecto que caracteriza al nuevo jefe es que no se casa con nadie, por mucho pedigrí que tenga. Lo ha dejado claro en su última convocatoria, dejando fuera ni más ni menos que a Mario Balotelli e incorporando a la lista al semidesconocido Graziano Pellè, que la está rompiendo en el modesto Southampton inglés. 

De hecho, el nuevo monarca del fútbol azzurro está dispuesto a hacer una buena purga entre sus caballeros y a formar un ejército con espadas recién afiladas, no melladas tras años de desgaste. Los veteranos no quedan aparcados del todo, ni mucho menos, pero hay mucho jovenzuelo ansioso por entrar en combate, como Zaza o Rugani. Estos dos muchachos, además, aportan un matiz interesante que dice mucho de la personalidad de Antonio, porque pocos seleccionadores se atreverían a apostar por jugadores de equipos menores como el Sassuolo o el Empoli.

En definitiva, se avecina una época de grandes cambios en una selección italiana que quizás, autocomplacida por el notable segundo puesto en la última Eurocopa y por el ya lejano Mundial de 2006 que aún colea en el recuerdo, se había acomodado en exceso. Conte llega para recordar a todo el país que el fútbol no es como las monarquías medievales, y que para estar en los puestos más altos del escalafón no vale con el linaje, sino que hay que ganárselo día a día. Y se puede, vaya si se puede. Él ya lo ha hecho varias veces. 

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