Valerón, por los siglos de los siglos
Fotografía: Jonathan Alonso / VAVEL

Hay personas que son recordadas en la eternidad por su valía, principios, logros o un rehogado de todo ello. Hay, por tanto, futbolistas que ejercen de condimento para sazonar el corazón de una hinchada, la quintaesencia del deporte. Pero es también en otros ámbitos mundanos donde se encuentran personalidades admiradas con estupor. Nelson Mandela o Mahatma Gandhi, por ejemplo, pugnaron con firmeza por lograr que los derechos humanos fuesen una realidad palpable y no una marioneta en manos del poder.

Quizá a menor escala en el fútbol, los jugadores se convierten en ídolos de masas entre los seguidores del “deporte rey”, llegando al punto de casi no encontrar ningún detractor a su paso. Figuras de estas características nacen rara vez en la vida, y su pervivencia escapa más allá de los límites. En el efímero mundo del balompié muchos jugadores se convierten en capitán de un equipo, símbolo de mayor liderazgo en el terreno de juego. Pero los estandartes, los futbolistas en quienes un niño sueña convertirse, son pocos.

Un ejemplo de ello tiene el nombre de Juan Carlos Valerón. El centrocampista nacido en las filas amarillas es la encarnación de trabajo, entrega y humildad. Pero no hay que olvidar que sus cualidades humanas no son el único factor a tener en cuenta para analizar a “El flaco”. Su talento innato le ha hecho estar entre los mejores del fútbol español.

Desde su niñez se vio atraído por un balón, aunque a medida que iba creciendo le iban despreciando en los diversos clubes en que intentaba militar. El argumento esgrimido, su falta de corpulencia. A causa de ello se vio obligado a engordar casi 15 kilos en Las Palmas. Con 19 años debutó en el primer equipo, entonces en Segunda División B. Su primer contrato fue de 15 millones de pesetas, algo que le sorprendió al considerarlo una cantidad desorbitada.

Los inicios de una estrella

Finalmente recayó en el RCD Mallorca, tras su breve paso por las categorías inferiores de la Unión Deportiva Las Palmas. El equipo bermellón, dirigido por Héctor Cúper, se hacía con los servicios de un jugador estelar que encandilaría a la grada del antiguo Son Moix. Se incorporó a la disciplina mallorquina en la temporada 1997-1998, fue buscando su lugar y desbancó al brasileño Palhinha, referencia en la medular.

El “mago de Arguineguín” consiguió el puesto en un once con jugadores como Iván Campo. En Liga disputó 36 partidos, de los cuales completó 19; en 32 ocasiones fue titular, mientras que en las otras cuatro partió desde el banquillo. Su actuación ayudó al club a lograr una encomiable quinta posición, con 60 puntos.

En las Baleares ya se veían dotes de inmensa calidad en un chico de 22 años. Valerón soñaba con tener un balón en los pies y desplegar aquel juego capaz de maravillar a seguidores y detractores. Y es que Juan Carlos no solo repartía asistencias con la excelsa técnica que atesoraba (y atesora), sino también convertía goles, si bien no era su faceta predilecta. Con el Mallorca anotó tres tantos, uno de los cuales se recuerda con especial cariño por su bella factura.

En el verano del 98 decidió cambiar de aires. De la comunidad balear pasó a la capital. Le esperaba el gran reto del Atlético de Madrid, entrenado entonces por Arrigo Sacchi. El canario llegó a la península con la ilusión propia de un joven que emprenderá una aventura sin parangón. Sin embargo, su paso por la entidad rojiblanca fue complicado, marcado sobre todo por el descenso consumado en la campaña 99-00.

Pero Valerón empezó en la parroquia colchonera saboreando las mieles de un éxito del que pocos privilegiados disfrutan: enfundarse la zamarra de la Selección española. “El palanca” debutó el 18 de noviembre de 1998 en el partido de España frente a Italia, que concluyó con empate a dos. Durante toda su etapa en el combinado nacional tuvo la oportunidad de aparecer en 36 partidos y marcar cinco goles (cuatro de los cuales en la Eurocopa de 2004, en Portugal).

En el Atlético de Madrid se forjó una figura inteligente, hábil, pero que ya dejaba traslucir su fría, serena y mesurada personalidad. A orillas del Manzanares compartió vestuario con personalidades de la talla de Kiko Narváez o Rubén Baraja. En su primera temporada colaboró a que su equipo se mantuviera en una pobre decimotercera posición, pero fue ya en su segunda y última campaña cuando se produjo el declive más pronunciado.

El club que había tomado Claudio Ranieri en el verano de 1999 fue el legado que se encontró Radomir Antic a su llegada en la jornada 27. Sin embargo, tras la trigésimo séptima cita liguera, terminó descendiendo con Zambrano a la cabeza. “El maestro” Valerón disputó 87 partidos y anotó siete goles en total. Todo en dos cursos que le sirvieron para crecer como persona, pero además para terminar de dar el salto como futbolista.

Valerón y Bojan se abrazan en un partido de España | Fotografía: infodeportes.com
Valerón y Bojan se abrazan en un partido de España | Fotografía: infodeportes.com

Y el verbo se hizo carne

Recaló posteriormente en el Deportivo de La Coruña, actual campeón de Liga cuando el de Arguineguín rubricó su contrato con los gallegos. Este logro daba acceso a la Copa de Europa, y sería la temporada 2001-2002 la del debut europeo del grancanario. Los coruñeses quedaron primeros del Grupo G, igualados a 10 puntos con un Manchester United al que batieron en Old Trafford por un marcador de 2-3. Sin embargo, tras superar incluso la segunda fase, fueron eliminados por los propios diablos rojos en cuartos de final.

Asimismo, el “Euro Depor” destrozó el maleficio español en Múnich. Se convertía el cuadro de Javier Irureta en el primer equipo de La Liga en conseguir la victoria en el Olímpico de Múnich. Un sensacional Valerón que sirvió de guía a Makaay se lució en el terreno de juego. El marcador fue de dos goles a tres; los pases milimétricos de “El flaco” comenzaban a crear vanguardia en el viejo continente.

Andaduras europeas aparte (fueron seis apariciones en tantas temporadas), el Deportivo y su nueva estrella, Valerón, se alzaban con tres títulos en sendos años. El primero de ellos llegó en agosto del 2000. La escuadra blanquiazul se presentó como vigente campeón liguero a la Supercopa de España, que le enfrentaba al Espanyol, vencedor de la edición 99/00 de la Copa del Rey. Juan Carlos había llegado recientemente, por lo que no jugó ningún minuto. Pero tendría la oportunidad de redimirse inmediatamente.

En la campaña 2001-2002 llegó el primer título de la carrera para el “mago de Arguineguín”. El 6 de marzo de 2002 tuvo lugar la final de Copa del Rey, en el Santiago Bernabéu y ante el Real Madrid. La parroquia blanca celebraba ese día su centenario, pero el Deportivo le aguaría la fiesta. Una buena actuación del jugador insular ayudó a dejar encarrilada la final. En el minuto 62 fue sustituido por Duscher, cuando en el electrónico ya campaña el 1-2. Ese triunfo histórico adquirió el sobrenombre de “El Centenariazo”, que a la postre significó el segundo título copero para los gallegos.

Ese mismo año se consumó el segundo título en cinco meses para el Dépor, la segunda Supercopa de España en tres temporadas. Esta ocasión el rival sería el Valencia, que había conseguido el Campeonato Nacional de Liga comandado por Rafa Benítez. El global de la eliminatoria fue de 4-0. Valerón jugó hasta el minuto 73, pero le bastó para erigirse en uno de los mejores del choque de vuelta, donde se decidió la victoria final tras un 0-1 en Mestalla. Así fue creciendo, genio y figura, con madurez y perspectiva.

No fue fácil hacerse un hueco en el once de Irureta, ya que Djalminha ocupaba su misma posición. Sin embargo, su afán de superación le llevó, junto a la falta de rendimiento del brasileño, a ser titular. Se repetía la historia. Volvía a ocurrir lo mismo que en aquel entonces con Palhinha, en el Mallorca. Una nueva generación sucedía a “la vieja guardia”. El Deportivo de La Coruña ganó, así, un nuevo cerebro en la medular del campo, que tantas alegrías daría a la afición.

Tampoco fue tarea sencilla mantener su statu quo en el terreno de juego. El nivel competitivo del club brigantino decreció gradualmente, y ya tan solo aspiraba a las posiciones medias de la tabla. Las grandes estrellas se fueron difuminando, pero Valerón permanecía inmutable, certero y resplandeciente. Como siempre. Entretanto llegó la época más oscura de una entidad histórica. Irureta abandonó el banquillo y llegaron Caparrós, luego Lotina o incluso José Luis Oltra.

Todos conocieron el tremendo potencial de “El príncipe”, como también es apodado. En 2010 comienza la temporada quizá más complicada en la carrera futbolística del centrocampista canario. El Deportivo descendía en decimoctava posición, con 43 puntos, y se veía abocado al infierno de Segunda División. Pese a ello, Juan Carlos decía:

“Me hace la misma ilusión jugar con el Dépor
en Segunda que con la Selección”

Cumplió su palabra y se quedó en el equipo, para efectuar lo que todo el pueblo coruñés deseaba: regresar a la máxima categoría del fútbol español. Dicho y hecho. El mago sacó su varita y no dejaba de relucir en cada estadio. Frescura, lucidez y la ilusión del primer día conformaban un cóctel perfecto que Valerón encarnaba y encarna. Primero en Segunda División con 91 puntos y los de A Coruña que tomaban despegaban de nuevo el avión, esta vez rumbo a Primera. Como dicen: “Poco dura la alegría en casa del pobre”. Los deportivistas volverían al abismo en la 2012-2013, pero esta vez Valerón tenía tomada La Decisión, en mayúsculas.

Valerón controla el balón durante un partido | Fotografía: deporadictos.com
Valerón controla el balón durante un partido | Fotografía: deporadictos.com

La vuelta del hijo pródigo

Su deseo de volver a su casa, Gran Canaria, era un hecho evidente. Lo había estado barajando desde hacía algunas temporadas, pero fue en el verano de 2013 cuando lo hizo realidad. Su sueño estaba cerca de hacerse realidad y la vuelta de uno de los mejores canteranos amarillos, a punto de producirse. Así que no se lo pensó dos veces y decidió regresar a la isla. Fue recibido como un ídolo de masas, y no solamente como futbolista, sino como ejemplo a seguir en todos los ámbitos de la vida.

La temporada de su vuelta tuvo el protagonismo que merecía. 45 partidos en los que metió tres tantos avalaban a “El flaco”. Pero llegó junio de 2013, y con él la eliminatoria ante el Córdoba que decidiría el equipo que estaba destinado a volver a Primera División. El desenlace, momento en el que los espectadores locales saltaron al terreno de juego, sumió a todos los jugadores en un profundo desconcierto. Valerón, sin embargo, pidió calma, tranquilidad. Él más que nadie deseaba con anhelo el regreso a la élite. Él más que nadie merecía ese ascenso.

Los finales no siempre son felices, pero este no pudo ni con él ni con la afición. Era el sueño de todos. Así, un club desorientado consiguió encontrar un halo de luz por el que caminar. Su guía, Juan Carlos Valerón. Así pues, Paco Herrera no otorgó demasiadas oportunidades al jugador más veterano del equipo, pero asumió que su rol iba más allá de vestirse de corto. Pasó a ser un estandarte en el vestuario, un ejemplo en el que los más jóvenes se fijaban. Generaciones que cohabitan. Se convertía, de esta manera, el mito en leyenda.

2015 fue el año del ansiado retorno al templo de fútbol nacional para Las Palmas. Jugadores como Roque o Vicente Gómez tomaron el legado de Valerón para dignificarlo. Así pues, la escuadra amarilla se puso “manos a la obra” y entre todos fabricaron El Momento, que un día había sido La Ilusión. Un agónico partido ante el Zaragoza encumbró a la Unión Deportiva al olimpo de los dioses, que permitiría la despedida del centrocampista amarillo de los estadios que una vez le vieron en su máximo esplendor.

Valerón se despedirá de Riazor

La actual temporada no ha sido fácil para el conjunto de Quique Setién. Un equipo que empezó la temporada con Herrera vio cambiado su juego y con él un nuevo abanico de posibilidades. El técnico cántabro abogó por la filosofía que tanto gusta en Canarias: el buen fútbol. No está siendo un año fácil para Valerón, que tan solo ha intervenido en 15 partidos.

Sin embargo, ha deslumbrado en actuaciones de Copa del Rey que siguen permitiendo vislumbrar la calidad que lleva en sus botas. Ya tuvo la ocasión de jugar, además, en el Camp Nou, un premio para él. Ahora llega la visita a Riazor, el estadio que le vio crecer. Su segunda casa le espera el próximo lunes para recibirle como hace toda España, entre vítores y el clamor popular.

Setién medita darle minutos, con los que además pueda dosificar a futbolistas titulares como Roque o Tana. Un premio para un futbolista de época, de escándalo. Puede ser su última oportunidad de volver a La Coruña como jugador, aunque en su mente no cabe pensar en eso por el momento.

Muchos se preguntan si Valerón podría haber ocupado las filas de un club con más renombre, pero lo cierto es que la felicidad era un concepto no demasiado complejo para el mago. Disfrutaba del fútbol y seguirá haciéndolo hasta el día en que decida colgar las botas. Valerón, por los siglos de los siglos.

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