El pulgar de Júlio César
Foto: Ricardo Palmeiro | VAVEL.com

Un viaje temporal al 13 de julio del año 100 antes de Cristo permite asistir a un parto poco convencional. El niño que acaba de ver la luz llevará por nombre Cayo Julio César y su destino será sentarse en los altares de la Historia como uno de los emperadores más importantes del Imperio Romano. Un hombre tan poderoso que con solo levantar el pulgar podía sentenciar a muerte, o bajarlo y salvar una vida. Como todos los grandes hombres, su sombra fue más alargada que su existencia.

Cien años después se data el nacimiento de otro hombre que cambiaría la Historia. Un hijo de Dios. Como suele ocurrir, la importancia de la carne se difuminó en la fuerza de su legado. La línea cronológica saltaba hasta 1931. La fe dio a luz una idea en la mente de Héctor Da Silva Costa y en la mano de Paul Landowski. Cinco años, más de mil toneladas de hormigón armado y 38 metros de altura se unieron para dignificar la figura del Cristo Redentor sobre la ciudad de Río de Janeiro.

El tiempo vuelve

Las leyendas son circulares en el tiempo y en el espacio. Precisamente en Río de Janeiro, unos años más tarde, en 1979, brota de su tierra un niño con el futuro grabado a fuego. Crece allí, ajeno aún al peso de su nombre. Los incrédulos achacarán a la casualidad su decisión de ocupar la portería. En un país donde los ojos en la cancha nunca miran atrás, ese niño elige florecer bajo palos. Vive en una posición donde su pulgar por extensión de manos puede salvar o condenar a muchos hombres. Existe en su ciudad natal bajo la atenta mirada del Cristo del Corcovado, cuya inclinación de cabeza lo busca a él.

Los tres personajes, el histórico, el milagroso y el humano, se han dado cita en Brasil, pero su leyenda era excesivamente plana. Después de defender los colores del Flamengo, el portero viaja a la Península Itálica arrastrado por las raíces de su bautismo ancestral. El siete es el número perfecto según la Biblia y el guardameta, siguiendo la doctrina del padre adoptivo que cuidaba de él desde el cerro del Corcovado, soportó siete años en la custodia de la meta neroazzurra del Inter de Milán. Este paso por el equipo italiano le premió con la ofrenda de la elástica verdeamarela, donde forjará su verdadera mitología.

Entronizado, destronado

La demente espiral temporal desemboca en 2006. Siendo aún un joven inexperto, el portero de Río necesitaba un maestro. El arco de la selección brasileña, huérfano de líder durante muchos tramos de su existencia, conservaba un referente: Dida. Él fue el mentor. En 2010, su discípulo asumió el puesto, con las enseñanzas en la retina. A pesar de un comienzo firme, en el que solamente abrió la puerta en dos ocasiones durante cuatro partidos, el equipo y su guardián se toparon con unos tulipanes venenosos en cuartos de final.

Robinho adelantó a Brasil. El cielo despejado. Sin embargo, el minuto 52 anunció tormenta y la tempestad llegó con un balón llovido desde la banda derecha. El guardameta olvidó la grandeza de su nombre, la protección de su padre adoptivo y calculó un error. El diluvio no cesó y minutos después, otro balón aéreo certificaba la caída del arquero. Todos los pulgares se alzaron, señalándole como culpable. El pueblo brasileiro se personificó en su particular Bruto y una puñalada colectiva le condenó al exilio. La leyenda, borrada por las primeras lágrimas. Incluso el Cristo Redentor esquivó su mirada y la posibilidad de perdón.

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Dos años después, su nombre continuaba en caída libre. Un descenso con el Queens Park Rangers y su vuelo a la Major Soccer League empañaron su vuelta a la Seleçao y su pequeña redención en la Copa Confederaciones de 2013. Aquel no era final para una historia de milagros y lágrimas. De la cuna del fútbol al olvido norteamericano. Ni siquiera en Estados Unidos podía confiar en un puesto como titular, discutido con Joe Bendik.

La espiral se expande

Necesitaba una voz interior, la fe perdida. Y llegó Felipão. Scolari le habló a su confianza y la regó con palabras inspiradas por el Redentor. El perdón volvía a mirar al portero a la cara. La caprichosa cronología marcó con una cruz roja el calendario en 13 de julio. El mismo día en que empezó todo. ¿Tendría el recuerdo de aquel emperador romano algo que ver? La aún más caprichosa geografía marcó con una cruz roja el mapa en Río de Janeiro. Maracaná. La espiral se expandía en ondas elípticas hacia el círculo.

La fase de grupos significó la primera piedra. Traicionado por Marcelo, emulando otra vez a Bruto, traicionado por la mano de su propio compañero, el portero carioca se temió lo peor desde ese inicio. Pero se venció ante Croacia y ante Camerún, y a pesar del empate frente a México, su selección se clasificó. La red de seguridad fue retirada y llegaron los octavos de final.

Pulgar abajo

Frente al áureo amarillo y verde tropical brasileño, el pasional rojo de Chile. Su equipo, su grada y su país se adelantaron en el marcador, pero los chilenos convencieron a la desventura de Hulk para que les cediera un balón y aprovechar a herir, quién sabe si de muerte, al portero abandonado. Los minutos caían, al reloj le flojeaban las piernas y el partido desfalleció. Quedaba el tiempo extra. Cuando este también moría, Pinilla se adentró en la tupida flora de la zaga brasileña. El guardameta vislumbró el disparo que le ejecutaba sin remisión. Entonces, el milagro. Cristo Redentor, aquel que había despreciado su mirada suplicante cuatro años antes, volvió a encorvarse y a perdonar. El balón asesino se topó con la madera.

Con el empate en el marcador, los incrédulos achacaron de nuevo el desenlace del encuentro al azar. ¿Acaso no estaba escrito de antemano lo que ocurriría a la postre? El portero carioca rezó a su único Cristo verdadero y lavó su pasado en lágrimas. Sus segundas lágrimas, antes de medirse al destino. Pinilla fue designado el primer verdugo desde los once metros. Sin embargo, el portero desterró la decepción y, con su pulgar señalando el suelo, obligó a su supuesto ejecutor a soltar las armas. Alexis Sánchez trató de corregir a su predecesor y dar muerte al arquero. Pulgar hacia abajo. Brasil salvaba la vida de nuevo.

La leyenda escrita en círculo

El clímax estaba por llegar. Brasil había marcado tres de sus cinco penaltis. Chile, dos de cuatro. Jara era el último lanzador chileno. El portero se sintió inmerso en la espiral. Revivió el nacimiento de su nombre en Roma siglos atrás, la vida de su fe cien años después que condujo a la construcción de su padre adoptivo en 1931, sus novatas estiradas en la playa de Río de Janeiro, los consejos de Dida, la tormenta holandesa que provocó su caída y exilio, la voz interior con el acento de Scolari. Voló el cuero y el portero hacia él. No llegó. ¿Le negaban el perdón en el momento justo en que la espiral cerraba el círculo? Desde Río de Janeiro, el Cristo del Corcovado obró el milagro, desviando el disparo de Jara hacia la madera y protegiendo de nuevo a su apadrinado. Pulgares abajo. Brasil, salvado. Las terceras lágrimas, de alegría.

Foto: FIFA.

El dictatorial tiempo quiso el 13 de julio. Al espacio se le antojó Río de Janeiro. El emperador romano y el Cristo Redentor brasileño acunan la historia y la encierran en los guantes de un portero carioca apellidado Soares Espíndola y que lleva por nombre...

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