Una porción de historia que acaba en el Sánchez-Pizjuán
Durante la final (foto:delanterocentro)

Una porción de historia que acaba en el Sánchez-Pizjuán

Presidentes, grandes entrenadores y futbolistas en busca de la gloria en un club tan colosal y prestigioso como tradicionalmente inestable, el FC Barcelona.

JaviRoldan
Francisco Javier Roldán Pérez

El británico Terry Venables llegó al FC Barcelona en el ocaso del verano de 1984 como probable consecuencia a tanto cansancio, a tanta apuesta millonaria sin rentabilizar. Para conseguir que un club de tamaña entidad adquiriese una estabilidad en idea de juego y consecución de títulos -fluidez favorable negada desde la década de los 50 donde se lograron, entre otros, cuatro Ligas-, la junta directiva, dirigida en ese momento por Josep Lluis Núñez -en el cargo desde 1978- y antes por Agustí Montal Jr., había probado con lo más granado del panorama internacional, tanto sobre el césped como en el banquillo. Todos los pujantes y novedosos -hoy en día precarios dada la enorme evolución- estilos europeos desfilaron por el verde del Camp Nou durante varios lustros, aterrizando en principio con una documentación en régimen de permanencia pero, lamentablemente, viéndose reducido al de estancia, ya que cada uno de ellos claudicó a orillas del Mediterráneo y tuvo que regresar a su origen antes de lo previsto.

Con visión retrospectiva y desde un punto de vista presente es posible analizar y fácil concluir que desde que Johan Cruyff tomase la dirección en el año 1989 y hasta la actualidad pasasen tras él otros como Frank Rikjaard, Josep Guardiola o actualmente Luis Enrique -los indiscutiblemente cuatro mejores de la historia barcelonista-, el tipo de entrenador que un equipo como el Barça necesita, o el que mejor se adapta a su cultura futbolística -aunque, como veremos, descubierta y asentada en épocas no tan pretéritas-, es el naciente, el ex jugador talentoso de corta carrera en los banquillos pero con altas miras y palpables capacidades, mayoritariamente con pasado azulgrana e innegociablemente con el gusto por el buen trato del balón. Hoy, con tantos años transcurridos y resultados cosechados, es más sencillo que antaño el contratarlos, pero hubo que armarse de paciencia y realizar muchas y costosas probaturas para poder llegar a ello.

Una porción de historia azulgrana

En los primeros compases de los años 70 se pujó fuerte por el entrenador holandés del momento, precursor de la Naranja Mecánica y el pressing football, campeón de Europa con el Ajax en 1971, a quien Agustí Montal Jr. confió el cargo y gran parte de las decisiones en dos etapas. Rinus Michels y las principales figuras mundiales que, igualmente y de manera mayoritaria, también pertenecían a los Países Bajos viajaron a Barcelona prácticamente de la mano. Pero Michels, Johan Cruyff -Balón de Oro en 1971, 73 y 74- y posteriormente Neeskens (Johan II), únicamente pudieron levantar la Copa de Ferias de 1971 contra el Leeds United, una Liga - la de 1973/74, primer año de Cruyff y el recordado 0-5 al Real Madrid- que llegaba tras catorce años de sequía doméstica y la Copa del Rey de 1978, con la que daba fin el segundo ciclo de Rinus. El fútbol total orange, en esa primera toma de contacto, brilló en ocasiones pero no llegó a consolidarse.

"El fútbol es la guerra". Sentencia muy recordada en la que el técnico holandés mostraba su manera de ver el fútbol, haciendo gala de su etiqueta de contumaz trabajador y exigente director.

Rinus Michels abandonó el barco para llevar a la Holanda del 74 -a la que ya entrenaba- al subcampeonato del mundo en Alemania, y así se cambió el rumbo en el FC Barcelona, deteniéndose todo lo avanzado. Invirtiéndose. Ocupó su lugar el germano Hennes Weisweiler, campeón reciente de la UEFA de 1975 con el Borussia Mönchengladbach, que nunca estuvo cómodo ni realmente respaldado. Acabó enfrentado a Cruyff, quien ya era considerado un semidios en la ciudad, saliendo sin conseguir nada y con únicamente media centena de partidos en su haber.

Michels indicando (foto: falso9sports)
Michels indicando (foto: falso9sports)

Con él se abrió el baile de entrenadores que prácticamente no pasaban de una o dos campañas en la zona técnica. Fue seguido circunstancialmente por el cántabro Laureano Ruiz, en las inferiores del club desde 1971 y principal valedor de la cantera barcelonista. Tras unos pírricos catorce encuentros fue relevado por Rinus Michels, que regresaba tras su paso por el Ajax para correr similar suerte que la vez primera, desarrollando un juego de alto nivel pero no certificado en superioridad.

"Los técnicos sólo hacen correr a los jugadores, sin usar el balón en los entrenos". Laureano Ruiz. sorprendido a su llegada en 1971.

Con Núñez estrenando presidencia en la campaña 1978/79 arribaron el técnico francés Lucien Muller y el delantero centro austríaco Hans Krankl. A Muller, pese a su intención de no especular sino ganar mediante el dominio pleno de los partidos, el destino le depararía lo mismo que a sus antecesores inmediatos: el fracaso sin consolidar el estilo. Por su parte Krankl tomaría el testigo de Cruyff como estandarte para la afición, consideración ganada a base de goles con su galardón de Pichichi y sus 64 tantos en dos años. Joaquim Rifé, hombre de la casa, se hizo con el puesto a siete jornadas del final de la Liga, en principio como emergencia. Acabó manteniéndose más de lo esperado, ayudado por la consecución de la primera Recopa de Europa para la entidad en 1979, contra el Fortuna Dusseldorf. La final vencida no sirvió para que Rifé gozase de la confianza de la junta más allá de mantenerse victoria a victoria. Mientras, sobre el césped, Johan Neskeens, que tras cinco temporadas en el equipo se había convertido en ídolo absoluto, marchó tras conquistar la Recopa -de la que fue principal artífice- y en su lugar llegó un nuevo crack mundial. Allan Simonsen, extremo danés Balón de Oro de 1977, no pudo evitar que Joaquim no aguantase una segunda campaña, siendo destituido a mitad de ella cuando el equipo se situaba fuera de los puestos europeos.

Cruyff, Weisweiler y Neeskens (foto:sports)
Cruyff, Weisweiler y Neeskens (foto:sports)

Pese a que una de las metas de Núñez, que quizá acabó consiguiendo, era la de poner en orden las amplias pero afectadas arcas del club, lo cierto es que cuando comenzaron a venir mal dadas, volvió a sacar la nómina de viejos mitos azulgranas, a priori, altamente cualificados y por supuesto muy bien retribuidos. El laureado argentino Helenio Herrera, quien ya conquistase las ligas de 1959 y 1960 con una de las mejores plantillas que se recuerdan liderada por los húngaros Kubala -nacionalizado español-, Czibor y Jozsef Bozsik, y que había sido creador del Catenaccio con su Inter de Milan tricampeón del Calcio y bicampeón europeo y continental en 1964 y 1965, fue el primero a quien se recurrió, haciéndose con la vacante de Rifé para afrontar, en principio, los últimos once encuentros de la campaña 1979/80. Logró alcanzar los puestos de acceso a la UEFA, pero su periplo fue breve y dividido, ya que entre marcha y regreso, Ladislao Kubala, que hasta la explosion de Messi fuese considerado el mejor futbolista azulgrana de siempre, y dirigiese con similares resultados mediocres a la entidad en 1962 y a la selección española entre 1968 y 1980, también fue requerido por Núñez una vez extinguido su contrato nacional. Con ambos, lo acostumbrado. Kubala duró nueve fechas y Helenio Herrera, que volvió a coger las riendas, acabó conquistando la Copa del Rey del 81 tras vencer al Sporting de Gijón y selló con ella su retiro. En cualquier caso, títulos a cuentagotas y de escasa trascendencia que evidenciaron que las mejores épocas de ambos en los banquillos ya iban quedando atrás, que sus fichajes lo fueron más por sentimentalismo que por verdadera creencia de éxito y que Josep Lluis Núñez había involucionado mediante palos de ciego.

" Al fútbol se juega mejor con 10 que con 11 jugadores". Frase célebre del estratega Helenio Herrera.

Con ese nada desdeñable listado se daba por concluida una década con enormes intenciones iniciales, buenos momentos esporádicos que a punto estuvieron de cuajar el bello estilo buscado con Michels, Ruiz o Muller, pero cuyos avances acabaron tirados por la borda dada la apremiante necesidad de títulos. Fueron pasos muy cortos hacia el objetivo de alcanzar una dominante estabilidad.

Herrera entrenador azulgrana (foto:colchoneros)
Herrera entrenador azulgrana (foto:colchoneros)

En 1981 y tras el fin de la breve tercera etapa de Herrera, Udo Lattek, entrenador que había conquistado todo en la escuela alemana con el hasta ese momento mejor Bayern de Munich conocido -campeón de Europa en 1974 y tres veces de la Bundesliga desde la de 1972-, fue la nueva y multimillonaria apuesta de Núñez. La joven promesa teutona Bernd Schuster, fichado un año antes, acompañaría a Simonsen como líderes extranjeros y se unirían a los Carrasco o Rexach para intentar formar un respetable y eficiente grupo de la mano del excelente técnico.

Nuevamente el equilibrio estuvo cerca, pero otra vez la falta de paciencia lo impidió. El equipo de Lattek dominó la Liga y la perdió al final, quitándose el mal sabor de boca con la conquista de la Copa del Rey de 1981. Pero Núñez en su eterna fe por llevarse a los mejores con independencia de la necesidad y así mostrar su ostentosa bonanza económica, y pese al bueno juego desplegado en la campaña 1981/82, no se contentó con la dupla foránea disponible, y aprovechando el primer año grisaceo de Udo, la "veteranía" de Simonsen -30 años- y la explosión de un precoz Diego Armando Maradona en su Argentina natal, invirtió todo lo posible en la contratación del Pelusa, a pesar de que Lattek parecía no estar del todo de acuerdo ni con su llegada ni con la consecuencia de tener que rescindir al centrocampista danés.

Lattek y Schuster (foto:Madrid-barcelona)
Lattek y Schuster (foto:Madrid-barcelona)

El resultado con Udo Lattek y Diego Maradona fue el previsible. Tras menos de dos campañas, el entrenador no pudo definir la idea de fútbol laborioso, férreo, pragmático y efectivo a un tiempo de los alemanes, en gran medida porque Diego no estaba hecho para ello. Acabó saliendo por la puerta de atrás en la jornada 26, habiendo levantado únicamente la citada Copa y la Recopa de Europa de 1982, quedándose a las puertas de la Liga en ambas ocasiones, donde desperdiciaron holgadas ventajas finales que fueron aprovechadas por la Real Sociedad de Alberto Ormaetxea.

Para contentar a Maradona y buscando otra solución del máximo nivel, el sustituto en el banquillo fue el ansiado desde años atrás César Luis Menotti, campeón del mundo con Argentina en 1978 y amante del juego ofensivo y vistoso, que se sentó en la banca de inmediato para cubrir las seis fechas finales. Con el Flaco, Núñez quiso recuperar a la afición retomando el juego de posición y ataque constante de Rinus, dejado a un lado los últimos año en favor del diametralmente opuesto y rico en orden y compromiso de Herrera y Lattek, que, sin conllevar victorias con supemacía, era fácilmente criticado. Otra vez -como pasase con los cambios de Michels por Weisweiler y Herrera- dos maneras de ver el fútbol contrapuestas iban a ser aplicadas a la misma plantilla en pocos meses de diferencia. La brutal lesión de Maradona en su segunda temporada fue determinante para que el FC Barcelona volviese a mostrarse vacilante y errático. Copa del Rey 82/83 y Copa de la Liga 82/83, pero ni rastro de títulos europeos ni campeonato doméstico. El FC Barcelona, habiéndolo intentado todo con más o menos sentido, seguía sin encontrar su lugar.

Menotti y los crack (foto:vavel)
Menotti y los crack (foto:vavel)

Rozando el cielo en Sevilla

La junta directiva, tras años de inversiones a todas luces agresivas y ambiciosas, acabó derrotada. Núñez se rindió y decidió reducir la exigencia autoimpuesta desde su llegada e invertir el dinero del club de manera algo más moderada. Tras varios tanteos su apuesta final fue tan sorprendente como arriesgada, y acabó siendo un acierto. Una persona sin caché, un entrenador de futuro, con talento y ganas de crecer -como los Cruyff, Rikjaard, Guardiola y Luis Enrique-.

Terry Venables era un técnico británico cuya experiencia se reducía al Cristal Palace y, recientemente, al Queens Park Rangers. Núñez se fijó en él bien aconsejado por el también entrenador británico Bobby Robson, con quien mantenía buenas relaciones. Así, en el verano de 1984 y para sustituir a Menotti, Venables se convirtió en el primer inglés que dirigiría la entidad azulgrana.

Sin el Pelusa, que saldría al poco tiempo del fichaje del entrenador -muy a su pesar- con destino a Nápoles, el equipo quedaba huérfano de una estrella de primerísimo orden, después de más de una década dependiendo, o intentado depender, de ella. Y claro, Núñez había soltado las riendas en cuanto al entrenador, pero le costaría más hacerlo con los referentes en el campo. Varias opciones se tantearon, la más cercana fue la del goleador mejicano del Atlético de Madrid Hugo Sánchez, que finalmente acabaría fichando por el Real Madrid y convirtiéndose en mito blanco tras conquistar las siguientes ligas y alzarse máximo goleador año tras año. Venables, durante el proceso de selección de la estrella europea que acompañaría a Schuster, manifestó a la presidencia que su equipo no necesitaba a un jugador como Hugo, sino a un delantero más delicado en el que primase el juego de equipo sobre la propia capacidad anotadora e individualista. Finalmente, como con su contratación, se sorprendió a propios y extraños. El poco conocido a nivel internacional Steve Archibald, delantero de origen escocés que frisaba la treintena, acabó siendo el elegido.

Venables y Archibald (foto:pinterest)
Venables y Archibald (foto:pinterest)

Terry Venables desde el primer momento quiso armar un bloque, un conjunto en que todos destacasen por igual y los resultados se cosechasen por el esfuerzo común y no por el talento individual siempre tan a merced del azar. La cantera, con jugadores ascendidos de la Masía  -creada en 1979- como los titulares Rojo y Calderé, las estrellas de la selección española reciente subcampeona de la Eurocopa de Francia ´84 -derrota 2-0 contra la Francia de Platini, Tigana, Luis Fernández o Giresse- como Julio Alberto o Víctor Muñoz, los extranjeros Schuster y Archibald y la sólida base del equipo en futbolistas curtidos como Urruti, Alexanco o Migueli formarían el escuadrón que debería enfrentarse al gran Real Madrid dirigido por Amancio y lanzado por figuras como Stielike, Gallego o Butragueño, y al reciente bicampeón liguero, el Athletic de Bilbao de Javier Clemente. Difícil tarea para Terry, en cualquier caso, ya que como era tradición la carencia persistía, cumpliéndose casi once años del último campeonato liguero, el de 1974 con Cruyff y Michels.

Todo salió a pedir de boca. Para sorpresa hasta del propio Núñez, la solución había sido encontrada de la manera menos esperada. El debut de los hombres de Venables fue nada menos que en el Santiago Bernabeu. Un victoria por cero goles a tres abría la que sería una temporada liguera excelente. El equipo arrolló, dejando al segundo clasificado a diez puntos y levantando el que significaba el décimo título de la perseverancia, la Liga 1984/85, a cuatro jornadas del final. Archibald anotó 15 goles, certificando así otro acierto y Schuster firmó su mejor año desde que llegase en 1980, sin tener a su lado a Maradona. Sería la primera de Núñez y su mayor motivo de satisfación hasta los años 90.

Venables quiso evolucionar en cuanto al estilo que sus antecesores venían implantando. Adelantó la presión, priorizando ésta sobre el repliegue intensivo, y dotó al conjunto de un disposición ortodoxa no reñida con el ingenio. Schuster -la clase- y Muñoz -el oficio- dirigirían el esquema 4-4-2 desde la sala de máquinas, alternando el juego a ras de césped con los envíos largos de Bernd; Alexanco, Migueli y el gran Urruticoechea darían solidez en la retaguardia y Archibald, Carrasco, Marcos y Pichi Alonso o Pedraza pondrían la velocidad, la movilidad y mordiente en el frente de ataque. El londinense, sin duda, creó un gran equipo.

En la segunda temporada los azulgranas descuidaron la Liga que, tras haber quedado quinto en la anterior, el Real Madrid volvería a ganar de manera convincente. En contrapartida el Barça destacó en la máxima competición de clubes, una Copa de Europa sin equipos ingleses, sancionados por la llamada Tragedia de Heysel -estadio belga que acogió la final de 1985 que la Juventus ganó al Liverpool por uno a cero, donde hubieron altercados con más de seiscientos heridos-. Lo que tanto se ansiaba. Un cuarto de siglo antes, aquel equipazo comandado por Luis Suárez y el tridente húngaro y dirigido por Enrique Orizaola había desaprovechado la primera gran oportunidad del FC Barcelona de conquistar Europa, perdiendo en la final de Berna contra el todopoderoso Benfica de Eusebio por un vibrante 3-2. Venables quería hacer historia, pretendía convertirse en el primer técnico en levantar la Orejona en la Ciudad Condal y grabar a fuego su nombre. Pese a no conseguir lo primero, para muchos esto último lo logró.

Tras una exigente competición donde se fueron pasando rondas competidas contra los mejores equipos del momento, como el buen Sparta de Praga, el Oporto de Futre o la Juventus del mejor Platini de todos los tiempos y el mejor Laudrup juventino -1-0 en la ida con gol de Julio Alberto y empate a uno en la vuelta con tantos de Archibald y Platini-, se llegó a la semifinal, donde aguardaba el IFK Göteborg. El Barça llegaba eufórico tras vencer a rivales de tal calado, pero en tierras suecas se sufrió la mayor derrota del año, un contundente tres a cero. Tocaba épica para la vuelta... y acabó llegando. En el Camp Nou un hat trick de Pichi Alonso permitió llegar a la tanda de penlatis en la que se acabó venciendo agónicamente por 5-4.

Desolación (foto:cadenaser)
Desolación (foto:cadenaser)

Exhaustos pero treméndamente engrandecidos, los hombres de Venables llegaban a la deseada final, que se disputaría nada menos que en España, en el Ramón Sánchez-Pizjuán de la capital de Andalucía oriental, la tradicional Sevilla, el 7 de mayo de 1986.

FC Barcelona: Urriti/ Gerardo-Alexanco-Migueli-Julio Alberto/ Schuster-Víctor Muñoz-Marcos Alonso-Pedraza/ Carrasco-Archibald

Steaua de Bucarest: Duckadam/ Iova-Bunbescu-Belodedici-Babulencu/ Balan-Boloni-Majeru-Balint/ Lacatus-Piturca

Enfrente estaría la sorpresa de la competición, los rumanos del Steaua de Bucarest de la mano de Helmut, que se había plantado en la última ronda con una serie de partidos algo menos duros que los barcelonistas -Velje, Kispert, FC Latí y Anderlecht-, pero cuya tenacidad acabó teniendo la mayor de las recompensas. Pese a que los catalanes no llegaban en su mejor estado de forma a este final de año se les presumía una superioridad manifiesta y, jugando en casa, se esperaba su victoria. Pero qué sería del fútbol sin la épica, las sorpresas, las siempre controvertidas injusticias y, sobre todo, las recompensas al duro esfuerzo.

El FC Barcelona dominó y tuvo varias ocasiones que no acabaron en gol. Schuster y Archibald marraron sendos cabezazos a escasos metros del marco, Alonso un remate en el segundo palo con el portero batido, Archibald otra vez una ocasión en el área pequeña que, tras tiro de Pedraza, estuvo apunto de desviar hacia las mallas... El Steaua se acercó por medio del balón parado, la entrega constante de Lacatus en la punta de lanza y aguantó bien con unos imperiales Balan, Bumbescu y principalmente Belodedici. Schuster fue sustituido antes de la finalización y sacó a relucir su altivez de estrella marchándose del campo sin siquiera contemplar el desenlace -lo que sería el principió de su ostracismo la siguiente temporada y su marcha posterior al Real Madrid-. El 0-0 se mantuvo en la prórroga y, por tanto, no quedaba más que los lanzamientos fatídicos. En la tanda de penaltis Urruti pudo ser el héroe. Detuvo las dos primeras penas máximas pero quedó eclipsado por su homólogo rumano. Duckadam, el arquero rival detuvo los cuatro lanzamientos y dejó su nombre en los anales de la historia. El FC Barcelona había desaprovechado su segunda gran oportunidad, y Terry Venables, como sus predecesores, perdería gran parte de su crédito ante la figura de Núñez.

"Ni Hitchcock hubiera imaginado un guión así". Venables se lamentaba de lo sucedido.

Luis Aragonés sería el último entrenador probado antes del que cambiaría todo. Johan Cruyff sí consiguió levantar la primera Copa de Europa en 1992, sí logró lo que el club llevaba buscando desde su decimonónica fundación. Aquí queda un ligero resumen de una parte de sea enorme dimensión que es el Fútbol Club Barcelona.

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